R. Valle

El tatuador que preside el Club de las Tetas Felices

Desde el 2016, con su arte reconstruye gratuitamente las areolas mamarias de mujeres que sufrieron cáncer de mama. Por esta tarea fue distinguido en el Congreso. Además, con su equipo realiza tareas solidarias en escuelas rurales del interior. Un tipo al que hay que conocer.

Por el caudal de historias que lo tienen como protagonista, Diego Staropoli es de esas personas que parece haber vivido unas cuantas vidas en una sola. A pesar de la cantidad de actividades que realiza día a día en sus roles de tatuador y empresario, no se permite quitarle espacio a su familia, como tampoco descuidar esas tareas solidarias que, según admite, jamás imaginó que lo iban a marcar tanto en lo humano.

En 2016 comenzó a reconstruir areolas mamarias y a tapar cicatrices de mujeres que habían padecido cáncer de mamas. Lo hizo y lo hace sin cobrar un solo peso. Siente en ese auténtico gesto de empatía un compromiso que ya no tiene retorno. Aunque reconoce que cada vez tatúa menos y que no se muere por dejar su sello en la piel de un famoso, su agenda con el Club de las Tetas Felices (nombre con que se autodenominan las propias beneficiarias de su arte reparador) nunca está vacía.

Hace casi 30 años, Diego empezaba a pergeñar sus primeros tatuajes en un sombrío baño del Mercado Central. Sin buscarlo, sentaba así las bases en el país de un oficio que hoy celebra su apogeo. En la otra punta del camino, ahora atiende el teléfono debajo de una palmera, al borde de la pileta y acompañado por su perro. "Cuando empecé a tatuar, ni en mis sueños más locos hubiera pensado que algún día podría vivir de esto", confiesa en la #EntrevistaWok el dueño de Mandinga Tatoo, el estudio de tatuajes más grande de Latinoamérica. 

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-¿Cómo se te ocurrió que con tu arte podías hacer un aporte tan importante para las mujeres que habían atravesado un cáncer de mama?
-Todo arrancó con un mensaje que me llegó en Facebook contándome que en Centroamérica, por el día del cáncer de mamas, un tatuador iba a hacer reconstrucciones de areolas mamarias gratis a mujeres que sufrieron de cáncer de mamas. Mujeres a las que les extirparon los pechos y a las que si bien las obras sociales les cubren la protesis, nunca vuelven a recuperar las areolas mamarias. A pesar de la prótesis de silicona, no tienen la posibilidad de pararse frente al espejo y verse como antes. Es un tema muy traumático. Hacía poco menos de un año que mi vieja había enfermado de cáncer de mama y mi abuela lo había padecido hasta los 60 años. Ella por suerte pudo salir adelante, pero le extirparon los dos pechos. Además, mi viejo falleció de cáncer, tengo un hermano que está padeciendo algo similar, así que decidí hacerlo pero no a modo de campaña sino de forma permanente en el local. 

"Me propuse dedicarle dos o tres días por semana a hacer esto de forma gratuita, pero no únicamente por la semana del cáncer de mamas sino todos los días". 

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-¿Imaginabas en aquel comienzo que ibas a lograr una una respuesta tan impresionante?
-Empecé a hacerlo sin saber todo lo que venía detrás. Ayer, por ejemplo, tatué a la mujer número 400 en lo que va de estos dos años. Esto lo hago solo. Como soy el dueño del local puedo darse el gusto de hacerlo. Si bien hay 12 tatuadores más, ellos tienen sus gastos y la necesidad de trabajar por su dinero; no puedo exigirles que dediquen parte de su día a lo que hago yo.

-A estas mujeres sin dudas les cambió la vida. Y a vos, ¿te pasó lo mismo? ¿te marcó un antes y un después ?
-Sin duda. A mí me baja a la tierra todo el tiempo. Hace que uno no se haga tanta mala sangre por las cosas que se nos presentan todos los días y que creemos que son terribles. Al escuchar las historias de ellas te das cuenta de que estamos lejos de padecerlas. Si bien yo las padezco por mi familia, muy golpeada por el cáncer, a mí me hace muy bien y el vínculo que establezco con ellas no se rompe, a pesar de que en general a la mayoría no las vuelvo a ver. Por suerte, porque ya no me necesitan. Ese ida y vuelta me sigue sorprendiendo. Es muy fuerte. 

-Me imagino que es toda una ceremonia, algo muy íntimo. No sólo trabajás sobre su cuerpo sino que comparten sus historias con vos. Casi un confesionario...
-Es fuerte porque imaginate que en general superaron los 40 años y muchas de ellas nunca entraron a un lugar de tatuajes. Quedar desnudas delante de un tipo todo tatuado que no vieron en su vida, con la vergüenza de que uno les vea las cicatrices y el miedo al dolor. Mi misión con ellas no es sólo tatuarlas sino también contenerlas, acompañarlas, hacerlas sentir cómodas. Es como un ritual.

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-¿Quién lo bautizó como el Club de las Tetas Felices? ¿La idea fue desdramatizar y darle un tono más optimista a todo este proceso?
-Sí, básicamente esa es la consigna. Fue una idea de las chicas... yo les digo chicas. Una de ellas dijo "éste es el Club de las Tetas Felices de Mandinga" y quedó. Por supuesto, hay que difundirlo porque sino muchas mujeres nunca se enterarían de que existe esta posibilidad. En las redes sociales habíamos puesto algo más rígido que decía "reconstrucción de heridas mamarias" y la verdad es que esto del club nos pareció más relajado e informal. Yo lo hago en una parte del local que está aislada del resto y en la puerta de entrada a ese lugar está dibujado "El Club de las Tetas Felices". Soy un agradecido de la vida que me dio esta posibilidad de ir adelante con esto.

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-Tu tarea social no termina con estas reconstrucciones. También apadrinás escuelas rurales y juntás fondos para mantenerlas o arreglarlas. Contame en qué consiste ese trabajo solidario.
-Esa historia ya lleva doce años. Hoy las escuelas a las que ayudamos son cinco. Este domingo haremos una jornada solidaria muy grande. Damos 300 turnos, se tatúan 300 personas y se cobra el 50%. Somos casi 20 tatuadores trabajando todo el día, de las 9 de la mañana a las 9 de la noche. Lo que se recauda nos ayuda a pagar el viaje. Van tres vehículos, un camión, una estructura muy grande que demanda muchos gastos. Como en general logramos solventar el viaje, el resto del dinero se usa para comprar instrumentos, material deportivo y si sobra lo dejamos para otros gastos. Pasamos el día con los chicos, pero en la tarde tatuamos. Lo hacemos en Tilcara, San Salvador de Jujuy, la Quebrada de Humauaca, en el norte de Santa Fe, en un pueblito que se llama Colonia Alejandra, también en algún hospital rural. Ese tour lo repetimos todos los años; la época fuerte es esta. Arranca en Buenos Aires hasta Jujuy; ahí estamos en tres escuelas. Las directoras de las escuelas son las que cobran los tatuajes y ellas se quedan con la totalidad. Con eso pintan las escuelas y compran mesas, sillas, cubiertos y otras cosas que necesitan. Vamos con un camión enorme que va repartiendo todo lo que juntemos este domingo.

-Cuando arrancaste con los tatuajes, ¿ya pensabas que querías ir un poco más allá de lo meramente artístico? ¿O el "chip" solidario se te activó después?
-No, para nada. Este año el local cumple 25 años, así que habían pasado más de 12, 13 años hasta que empecé con esta historia. La vida te acomoda y te presentando opciones y elecciones donde yo elegí esta y no me arrepiento. Hoy hasta soy padrino de la hija de una de las alumnas que apadrinaba cuando empezamos con esto. Han pasado cosas muy fuertes. Es un poco cansador, ya tengo 46 años, empecé a los 32 y no es lo mismo estar cerca de los 50. Hoy, por ejemplo, estuvimos cargando donaciones y la espalda ya empieza a doler. Los viajes son cansadores, pero cuando arranco para la montaña y el campo siento que me devuelve juventud y felicidad. Está claro que no todo es color de rosas, si vamos desde hace tantos años a una escuela es porque tiene sus necesidades. No pueden prescindir de lo que hacemos porque tienen muchas necesidades. Hemos techado algunas escuelas, armado salas de computación, bibliotecas. Hasta un equipo de ecografía llevamos a un hospital. Tenemos una relación muy fuerte con esas comunidades. 

"Siempre me rehusé a hacer política con esto. No tengo una fundación ni una ong, no lo quiero tener. La mayoría de estas entidades traen condiciones para corromperse. Así todo cuesta el doble, pero yo disfruto más no transando con nadie".

- A pesar de rechazar hacer política con tu laburo solidario, igual llegaste al Congreso. A principios de marzo recibiste una distinción por tu tarea con las mujeres que padecieron cáncer.
-Sí, la verdad que fue raro. No me puse una corbata para ir, soy tatuador y si mi invitan soy eso. No esperen recibir a un intelectual o a un abogado. Fui en mi rol a recibir la distinción que me entregaron. Ni siquiera sé de qué ideología eran. Me daba lo mismo porque la política es algo que nunca me enamoró ni me hizo sentir orgulloso. Por supuesto, soy un tipo educado y agradecido. No todo el mundo tiene esta posibilidad. Mi vieja me vino a ver, con mi mujer y mis hijos. Estaba emocionada. Así que cuando bajé del escenario con la plaqueta, lo primero que hice fue dársela a mi vieja y se la llevó a su casa. Básicamente lo hice en honor a ella. Cosas raras que te pasan en la vida.

Libro Cosa e mandinga Diego Staropoli Buscar con Google

-Todo este cúmulo de historias de vida y de trabajo solidario, ¿pensás en algún momento darle formato de libro o, por ejemplo, plasmarlo en un documental?
-Precisamente el martes voy a estar en la Feria del Libro presentando Cosa 'e Mandinga, nuestro segundo libro, que habla de los 25 años del estudio. También estamos filmando un documental desde hace algunos años acerca de lo que hacemos en las escuelas rurales y calculamos que en el 2019 lo vamos a estar presentando. Ni el libro ni el documental tienen un objetivo comercial. También tenemos un equipo de sóftbol. Hace poco fuimos a jugar un torneo a Miami. El equipo se llama Mandinga Tattoo. Somos cuatro hermanos y todos jugamos. 

-En más de 25 años de oficio has tatuado a reconocidos músicos, actrices, futbolistas. ¿Cómo es el trato con los famosos? ¿Condiciona tu laburo? 
-No, para nada. Nosotros hoy somos muchos. Cuando empecé lo hacía solo, después se sumó uno de mis hermanos y durante años fuimos sólo los dos. Ahora en el local hay 25 personas, de las cuales 13 somos tatuadores. Vienen muchos famosos, pero yo trato de no tatuarlos. Desde hace 4 o 5 años estoy tatuando muy poco y creo que a los chicos les sirve más tatuar un famoso que a mí, porque se muestran, porque al famoso que tatuaron lo va a mostrar en las redes sociales, en los medios. Por todo eso es más productivo que los tatúen ellos. La relación que tenemos con los famosos (Julián Weich, Dyango, Coco Silly, Carmen Barbieri, Roberto Piazza, Abel Pintos, Lautaro Martínez, La Renga, Los Cadillacs, Callejeros, Kapanga, los Decadentes, entre cientos), es muy profesional. Cada vez que prendo la televisión veo a alguien que ha pasado por nuestro local. 

"La relación que tenemos con la gente conocida de cualquier rubro, sean más o menos famosos, es alucinante, porque por suerte ninguno de nosotros es cholulo".

Famosos tatuados por Mandinga Tattoo Buscar con Google

El año pasado, por ejemplo, vino Tarja Turunen, la famosa cantante finanlandesa, y yo no sabía ni quién era. Los chicos del equipo me decían que era muy conocida. Subimos las fotos a las redes y fue impresionante la repercusión. A nivel mundial es una estrella y yo no la había escuchado nunca. A ese mismo nivel me pasa con los futbolistas. Uno vive en otro mundo, pero eso también hace que ellos se sientan cómodos, no les estás chupando las medias ni te acercás de forma interesada.  

El Pepo Te extraño Papá Buscar con Google

- Contame la historia de la canción que le regalaste al Pepo...
- Cuando salió de la cárcel, el Pepo se vino a tatuar al local. Nos pusimos a hablar de música y le cuento que yo le había escrito un tema a mi viejo, que había fallecido. Justamente él se había venido a tatuar la cara del padre. Estaba bajoneado porque le había pasado lo mismo que a mí. Yo le cuento que un día me senté y le escribí una canción. Se la hice escuchar y el tipo enloqueció con la canción. Me la pidió y yo se la regalé. Y ahora la canta en todos lados, es un éxito. Está hecha en versión cumbia. Para mí fue un placer, a pesar de que yo no soy del palo de la cumbia. Acá tatuamos al Polaco, al pibe de Ráfaga, todo bien con la cumbia, pero no es la música que yo escucho.

-¿Cuál es tu tatuaje más memorable, tu propia Gioconda? ¿Tenés uno del que te sentís particularmente orgulloso de cómo quedó?
- La verdad es que no sabría decirte. Si haciendo los tatuajes mamarios ya llevo más de 800 areolas, imaginate la cantidad de tatuajes que habré hecho. Uno no está conforme con ninguno. Siempre podés dar más. Todos los que hice, en mayor o menor medida me enorgullecen. Por otro lado, soy un tatuador de la vieja escuela. Actualmente hay cosas alucinantes que ya no estoy a la altura de hacerlas. Soy más un tatuador de los '90. Hoy tienen una formación artística que sale de lo común. Incluso me pasa con los pibes que laburan conmigo. Todos los tatuajes tienen lo suyo. En realidad, cuando uno le pierde el amor al tatuaje tiene que empezar a retirarse del palo. Un nombre, una inicial, una espalda entera, todo es especial para quien se lo hace. Hay que meterle las mismas ganas a cualquier laburo.

-Tu conexión con el tatuaje, ¿arranca desde lo artístico, por el lado de los cómics, de la pintura clásica, la formación en diseño, o desde dónde surge?
-Yo empecé a fines de los '80. Estamos hablando de muchos años, el tatuaje aquí casi no existía. No habían locales ni tatuadores. Había uno solo que era el que me había tatuado a mí en un baño del Mercado Central. Tres años después, cuando él dejó ese lugar, ahí empecé a tatuar yo. Si éramos diez en todo el país en esa época era mucho. No es como hoy que hay muchos; hay estilos, tendencias, tribus urbanas, modas. En aquellos tiempos era todo muy precario, el diseño, el tatuaje. Aquel que se tatuaba no marcaba una tendencia. Cuando empecé, mi público eran en su mayoría exconvictos. Hoy veo gente híper tatuada y digo qué loco. 

Local

-¿Cómo conciliás tu oficio de tatuador con el rol de empresario que no paró de crecer desde que arrancó?
-Justamente con mi mujer venía hablando de que tengo ganas de hacer algunas inversiones, ampliar el local, por ejemplo. Actualmente Mandinga Tattoo es el estudio más grande de Latinoámerica. Tiene 13 boxes de tatuajes, cafetería, seis baños, una recepción con flippers, videojuegos, pantallas de video, barbería, terraza con césped sintético, sala de ensayo, oficina, hasta un departamente con sereno. Mi mujer me quiere matar, me dice basta. Basta porque sino uno no disfruta. No es que yo haga esos planes por ambicioso sino que los desafíos me enloquecen y uno quiere ir por más. Pero llega un momento en que hay que parar la pelota y empezar a disfrutarlo. Hoy lo único que falta es rogarle a la vida que le dé salud a mis seres queridos, poder envejecer al lado de mis hijos y que el laburo se mantenga para que todos los que trabajan conmigo puedan seguir viviendo dignamente. No mucho más que eso.

"Mi sueño no es ir a bailar a lo de Tinelli. Mi sueño es poder mantenerme vigente con mi laburo y que sea conocido el local. Que a mí la gente me conozca no es un objetivo de vida. Mi objetivo es que el local sea respetado y genere laburo, porque ese laburo da pie un montón de posibilidades más, como esto de ayudar a las escuelas y a las mujeres".

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#Biopic

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Diego Staropoli (46). Tatuador. Creador y CEO de Mandinga Tatoo, ubicado en el barrio porteño de Villa Lugano. Inauguró en 1993 su primer local. Produce y conduce Mandinga TV, un programa semanal en el Canal de la Ciudad. Organiza dos convenciones anuales de tatuajes de gran convocatoria.Con su equipo apadrina y recolecta donaciones para escuelas rurales de Santa Fe, Entre Ríos y Jujuy. En el 2003 fundó la 1ª Asociación de Tatuadores Argentinos (A.T.A.R.A.), entidad responsable de legislar la actividad del tatuaje y piercing en el país. Está casado y tiene dos hijos (8 y 14 años). 

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17 de agosto de 2018 | 17:30
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