¿Qué actitud le ponemos a nuestra casa?

Uno de los lugares más comunes en la profesión de arquitecto es que el cliente solicite "un lindo frente".

Si profundizamos un poco en el sentido de la frase, podríamos deducir varios significados subyacentes:

a) Si el frente debe ser lindo, el resto puede ser feo.

b) El cliente considera que recibirá un trabajo mediocre, por lo que solicita un esfuerzo supremo de nuestra parte para conseguir, aunque más no sea, que el sector de adelante se vea lindo.

c) "Mientras el frente esté bueno, el resto me importa un pepino; total lo vemos solamente nosotros".

Sabemos que el significado "c" es el que más se ajusta a la realidad. Y aquí es donde la arquitectura no tiene nada más que ver con lo que se desea tratar en estas líneas.

¿Ya se dio cuenta? Sí, el tema es el de las apariencias.

Porque pedir que lo atractivo sea únicamente lo que esté a la vista de todos es un fraude. Es una tarjeta de presentación engañosa, pues apenas los demás comiencen a conocer el resto de la casa, comenzarán a conocer quiénes realmente somos. Que, en realidad, no somos lo que mostramos.

Tal vez esté pensando en que es una cuestión de plata. No. Hace unos años se puso de moda entre gente de alto poder adquisitivo (y en todo el mundo) el piso de cemento alisado. Actualmente, en nuestra zona, se rescatan los techos de caña. Ambos ejemplos son más económicos que los usados regularmente. Hasta se utilizan ciertos materiales al natural, sin pintar ni tapar.

Es decir, que es, ante todo, una cuestión de actitud. Este término, "actitud", tan en boga últimamente, en particular para comerciales de bebidas gaseosas y entrevistas deportivas en televisión, podríamos llevarlo a otros estamentos de nuestras vidas; especialmente en mostrarnos cómo somos sin aparentar.
 
Y veníamos de "un lindo frente". ¿Y si hablamos de los techos? Veo las fotos aéreas de innumerables ciudades, y son lindas. Ahora que podemos acceder al Google Earth (Imágenes satelitales por Internet) aparece Tunuyán desde el cielo.

¿Y qué veo? Una cámara de bicicleta llena de parches. Hermosos tejados con un trozo de membrana plateada por aquí y otro por allá.

¿Y si probamos arreglando lo que se rompió, o sea, por debajo de la teja? Y, por supuesto, un altísimo porcentaje de membrana como terminación. Total, nadie lo ve. Todavía no volamos. La membrana no es terminación. Es el queso, no el pan del sándwich.

¿Costos? Sí. Es más caro arreglarla cuando se peleen un par de gatos sobre ella y la desgarren, que aplicarles pintura fibrada, de algún lindo color y/o textura, como ejemplo de solución económica.

En fin... Que si seguimos ahondando en perfeccionar sólo lo visible, terminaremos viviendo en escenografías de Hollywood, en esos pueblos que aparecen en las películas de cowboys donde se levantan únicamente las fachadas, y atrás no hay nada... nada de nada. O sí: el desierto.

 
(*) El autor es arquitecto

 

Los lectores interesados en acercanos sus opiniones pueden hacerlo a la siguiente dirección: valledeuco@mdzol.com

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17 de julio de 2018 | 22:32
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