La chica que no me cogí

El coito no efectuado con la chica que te encantó en tu juventud te acompañara por el resto de tu vida, como un tumor charlatán.

 No sé si tiene que ver con ser racional, occidental o nostálgico, pero existe en el aparato psíquico masculino un conflicto permanente entre lo que fue y lo que podría haber sido. Sí a este sujeto lo incluimos en la categoría -adulto/pajero-, la cuestión se pone más engorrosa. Peor aún, si definimos su predicado con el objeto -chica bonita de la adolescencia-, el conflicto se vuelve patológico.

El enfermo aquí puede continuar su vida, enamorarse, conseguir tarjetas de crédito, incluso formar familias. Pero la constante de lo que podría haber sido siempre está latente. El coito no efectuado con la chica que te encantó en tu juventud te acompañara por el resto de tu vida, como un tumor charlatán.

-Cagón, petizo cagón.

-No te la vas a coger nunca por cagón.

- ¡Puto!

Parece un barra brava de Atlético Palmira, pero solamente es el cerebro a punto de brotar en esquizofrenia. Es como una publicidad automática que se reproduce entre los capítulos de la vida y no se puede saltear. Puede estar encapsulado por años, ser casi invisible, pero en un determinado momento, que suele ser bajo la ducha o en la habitación, este tumor interrumpe tu intimidad ofreciéndote un suspiro a cambio de un orgasmo, mientras desordena tu imaginación. Esta anomalía de no ser tratada, es decir, de no concretarse la relación sexual, podrá mutar en futuros ataques de pánico, confusión de Alzheimer, o paranoia de drogadicto. Y para peor, las obras sociales de la madurez cubren cada vez menos estos trastornos.

A mí me pasó, es decir, me pasa esto. La mujer a la que mi tumor refiere se llamaba Mayda. Era una morocha de pestañas largas, con un sol incrustado entre los hoyuelos de su cintura. Los dos teníamos 18 años y free pass en el mismo boliche. Creo que por eso me es imposible no recordarla sin sentir olor a Topline, corrector de ojeras, o alguno de esos tragos diabéticos que preparaban en Omero. Éramos adolescentes madurando en el 2000, éramos saliva dulce de pista electrónica convirtiéndose en besos de bar, pero ante todo, éramos lo que podría haber sido y no pasó. ¡Qué incógnita de mierda!

Calificábamos mutuamente en todas nuestras pretensiones. Pibes de barrio, con diálogos intensos y flequillos pubers. Lo lógico en nuestra historia habrían sido discusiones sin sentido, algún Evatest y más resacas compartidas. Pero lo cierto es que nuestra historia careció de drama, suspenso y miedo. Es decir, de sexo.

Me acuerdo en plano detalle la noche en la que esto podría haber cambiado. Mayda y una amiga vinieron a mi casa. Yo estaba con el Enano y habíamos comprado un cajón y medio de cervezas. En el mini reproductor sonaba Reggaetón viejo y Guns and Roses, el consumo de marihuana era medido y la verborragia parecía no viciarse. La cita era un perfecto ecosistema de cohesión y democracia. Es abismal el esfuerzo físico y emocional que pueden hacer dos adolescentes cuando quieren ponerla.

A los pocos minutos la conversación que los cuatro simulábamos tener se disolvió en dos sillones separados. Dos cuerpos por mueble. Fui alejando con disimulo el somier en el que estaba con Mayda, mientras jugaba con su omoplato y su corpiño. Su respiración coordinaba con mis pulsaciones y nuestros jeans se frotaban entre sí, como un gato entre las piernas de su dueño. De repente, el disco que sonaba en el reproductor terminó y se sintió el peor de todos los silencios. El del beso ajeno, el de la baba de tu amigo interponiéndose entre los minúsculos orgasmos que el algodón permite. Puse a reproducir otro de Andrés Calamaro y fui por más cerveza. El tumor comenzó a hablar.

- Invitala a tu pieza. Sin chistes, ni doble sentido. No seas imbécil por un segundo.

- ¿Por qué te cuesta tanto cuando alguien te gustan enserio?

- ¡Los preservativos boludo, te olvidaste los preservativos!

- Trata de durar más de diez minutos.

- ¡Impotente, cagón!

Volví al sofá y mi contorsionismo volvió a enredarse con su anatomía. La miraba, tomaba cerveza y la volvía a besar. Atravesaba en ese instante el momento previo a la propuesta. El umbral entre la fantasía lúdica y la realidad química. Estaba decidido, caliente, obsesionado. Agarré su mano, miré su boca y sonó la puerta. Era mi hermano, quien ya no vivía en casa, pero que por alguna razón satánica, había decidido dormir esa noche en mí habitación. Mientras pensaba si invitarla al baño o asfixiar a mi hermano como consuelo, comenzó a salir el sol. La noche suele ser muy corta cuando dos adolescentes se aprietan en un sofá. Ella se fue, dejando mi entrepierna irritada y mi testosterona en convulsión. No la volví a ver.

No sé con seguridad si esa noche habría pasado o no, pero prefiero pensar que sí. Aun así y después de todo lo dicho, me quedo con el tumor de la incertidumbre, antes que con la anestesia total del fracaso.

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20 de julio de 2018 | 00:12
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