N. Munilla

Locuras cotidianas

La escritora rosarina Mariana Travacio aborda en "Cenizas de Carnaval" las complejidades de personajes que, en contextos asfixiantes, están atrapados por la ausencia.

En los diez cuentos que constituyen Cenizas de carnaval (Tusquets), la escritora y psicóloga rosarina Mariana Travacio recrea personajes desgarrados y obsesionados en la búsqueda de la seguridad en lo cotidiano; figuras enclaustradas en ambientes familiares asfixiantes que se encuentran sometidas a situaciones deambulantes en la delgada línea entre lo esquizofrénico y lo absurdo.

A través de los textos, la autora toca varias fibras sensibles de la existencia misma, aquellas que están ocultas por la vorágine de la rutina pero listas para despertarse en cualquier momento y causar estragos.

Cenizas de carnaval libro

La serie abre con el cuento homónimo al título de la obra, el cual narra la historia de un anciano que, en compañía de su familia, arroja las cenizas de su esposa al río; "Certeza de lo inmóvil", por su parte, relata cómo un hombre está obsesionado con la quietud de las cosas, cuestión que además engulle a su entorno; mientras que en "A media voz", una mujer intenta reconstruir con retazos de recuerdos sus vivencias de niña, camino que la conduce a sus orígenes.

Del conjunto resaltan también "Entre gardenias", donde la protagonista es una mujer gorda cuya madre no la escuchaba y sustituía sus palabras con la comida; "Es de noche y en la otra orilla" cuenta con humor las peripecias de un empleado de oficina durante un breve viaje al Uruguay que gana en un supermercado; y "Parsimonia", cuya narración dual expone el derrumbe de un hombre atravesado por la locura de su familia.

"Los Osorio", "Cantero", Matriz" y "Temprano en el penthouse" completan una estructura que aventura al lector a rincones oscuros de la cotidianidad absurda, a voces torturadas y obsesionadas con la muerte y la soledad, y a espacios en donde la perseverancia rutinaria y espiralada encierra el inminente quiebre precedido por las fisuras emocionales de los personajes.

"Creo que muchos de los personajes de Cenizas de carnaval se mueven buscando alguna clase de certidumbre, algo que los resguarde y, sin embargo, se tropiezan con su propia constitución, con aquello de lo que no pueden sustraerse, y terminan inermes, lidiando con sus fragilidades", explicó Travacio en una entrevista con MDZ.

- ¿Qué situaciones te inspiraron para crear estos cuentos?

- Cada cuento nace de alguna situación puntual pero creo que son puras excusas. Como decía Rulfo: no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. De algún modo, seguimos contando lo mismo que se ha contado desde Virgilio.

- En los cuentos abordás la temática de la muerte y su impacto entre los vivos.

- Esto me recuerda una frase de Pascal Quignard que dice algo así: "El negro es menos el color del luto que lo sucio el indicio del desorden de la muerte, que enloquece a los vivos". Digresión aparte, y volviendo a la pregunta: sí, es cierto. Hay un abordaje de algunas formas de la muerte, aún simbólicas. Hay muertos de alivio, en el libro, y muertos de hartazgo, y de delirio. Y también de amor.

- Una clara línea en el libro está constituida por las familias opresivas pero de necesaria apoyatura para los personajes. ¿Qué rol cumplen en la formación de los individuos?

- Las familias se heredan. Son un sistema. De pensamiento, de modelos vinculares, de formas de amar, de modos de vida. Esos modelos tienen un rol determinante en la constitución del sujeto. Me atrae explorar las posibilidades de un personaje en contextos intrafamiliares asfixiantes.

- "Entre gardenias" es desmesura y desborde, pero deja una sensación de vacío ¿Cómo fue elaborar un texto tan excesivo desde lo narrativo y lo conceptual?

- "Entre gardenias" fue escrito a imperio del sinsentido, una noche, en el comedor de casa. Quizás, desde la escritura, es el cuento más visceral del libro. La propia gramática del texto se fue comiendo todo. Y decidí dejarlo así, porque ese cuento es un poco eso: una pura fagocitación de unos sobre otros, incluso a nivel discursivo.

- En "Es de noche y en la otra orilla" se toca no solo el desencanto y el autoengaño ante lo que creemos como algo dichoso, sino también la cuestión del aparentar frente a los demás, en un tono más humorístico.

- Ese cuento lo escribí en una época en la que estaba explorando la noción de incertidumbre: qué cosas nos devuelven certeza, una cierta identidad, y qué cosas nos desequilibran, o nos quiebran. Había leído una frase de Cesare Pavese y se me apareció Romualdo, el personaje de ese cuento, a la cabeza. La frase de Pavese decía algo así: "Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos". Me interesó exponer a Romualdo, que tenía una vida bastante rutinaria, a una situación de mínima incertidumbre, un viaje ganado por azar, a ver qué hacía con eso. Debo confesar que me entretuvo bastante la escritura de ese texto.

- Uno de los relatos que más impacta es "A media voz", porque alude a la fragmentación de los recuerdos de una niña en el periodo de la última dictadura militar. ¿Cómo funciona el engranaje de la memoria al intentar reconstruir hechos pasados?

- "A media voz" nace de un cierto afán de retratar lo silenciado, lo no dicho, el secreto a voces, la historia mal contada. Me interesó que el texto mismo diera cuenta de esa falta, que fuera fragmentario, que se construyera a retazos. Un poco como la memoria, que recupera imágenes rotas, y las va recomponiendo, restituyéndoles un sentido. Me acuerdo ahora de unos versos de Borges que dicen: "Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".

- ¿Qué te atrae del formato del cuento a la hora de elegirlo como modo de escritura?

- Siempre me atrajo el cuento como género. Tiene algo de atávico, esa cosa del hombre en torno al fuego dejándose contar alguna historia. Soy lectora de cuentos y, como decía Barthes, no hay escritura sin lectura. Suelo elegir el cuento cuando quiero retratar algo puntual: una pequeña escena, un pequeño recorte de algo más complejo, como si esa escena pudiera decirlo todo, como si viniera a condensar un sentido de algo más profundo o más inasible. El cuento es condensación.

Nicolás Munilla

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20 de julio de 2018 | 23:53
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