Una vida más verdadera pone en palabra otra idea sobre el amor

"Es viernes. Estos son mis viernes, nuestros viernes. Estamos en la cama desde la mañana y del otro lado de las persianas está bajando el sol. En un rato se va a tener que ir" ¿Qué condimentos tendrá la atracción irrefrenable? ¿Cuáles serán sus inexplicables misterios?

En Una vida más verdadera la escritora Inés Garland ensaya un disparador: qué sucedería si nos encontráramos, 30 años después, con un gran amor de la juventud. A priori daríamos por descontado que nuestras vidas, como mínimo, estarían algo diferentes. Más o menos estructuradas, más o menos caóticas. Pero, diferentes al fin. El cambio, aunque sea sólo físico, nos daría la razón.

No resulta un detalle menor que en ningún momento se mencione el nombre de la protagonista mujer; y al protagonista hombre sólo se lo llama P (¿Es la inicial de su nombre? ¿La letra de un joven apodo? ¿O de un sobrenombre en un código entendido sólo por ellos?). ¿Será el anonimato una forma de representarnos a todos? Bienvenida la imaginación. P reaparece. Reaparece con un mensaje en Facebook en esa parte oculta de la bandeja de entrada de la red social, adónde parecen ir los objetos perdidos en clave de palabras. "Nos ponemos a hablar y siento que estamos retomando algo que apenas ayer nos quedó por el camino" ¿Qué sucede con ciertas confianzas que no logran destruir los años? "Me sorprende que un hombre que no veo hace tanto tiempo deduzca algo tan esencial de mi comportamiento por una escena que pasó hace treinta años y que él recuerda con semejante claridad".

A un contacto inicial le sigue una sucesión de encuentros y las primeras especulaciones: "No sé si también él se miente a sí mismo cuando me sigue llamando o si sabe perfectamente adónde va...¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiero de él?...Seducir es una cosas, llevar adelante las consecuencias de lograrlo es otra" Una intimidad compartida, como una especie de paréntesis en sus vidas para hablar sobre las culpas que cargamos, los secretos, las penas, los dolores, las tristezas, los sueños. Pero, también para gozar de (micro)momentos de felicidad intensa.

A lo largo del libro Inés desarrolla un trabajo exquisito con los silencios (a veces no alcanzamos a comprender si son, o no, frases escuetas de algún tipo de mensajería instantánea). El silencio, como tal, puede resultar incómodo (¿Hay que decir algo? y en ese caso ¿Qué?). O bien el silencio puede ser un síntoma de sabiduría y hay que sostenerlo. Es una forma de interpelarnos para, como lectores, dar rienda suelta a nuestras asociaciones y reflexiones.

¿Podemos mantener este universo creado por fuera de la realidad, de nuestra cotidianidad que sigue su rumbo? ¿O los rastros de la vida presente se cuelan en la habitación de quiénes se aman? ¿Podemos ser sólo dos? "Las ganas transforman todo y aparecen viejas dependencias, cosas que nada tienen que ver con el presente ni con las personas del presente. Le tengo terror al hambre, a la sensación de abandono, a esa pulsión de muerte que viene a los talones de la entrega amorosa". Es probable que el amor romántico, y esa entrega, casi devoción, absoluta hacia el otro saque lo mejor de uno. Y/o lo peor (¿arrogancia, soberbia, orgullo?). Un fin de la idealización. Quizá sirva para reconfirmar, en el caso de las mujeres, que estamos ante un hombre, ni un rey, ni un ángel, ni un héroe, simplemente un hombre. "Tiene una actitud de nada, de acá estoy yo pero nada, soy solo un hombre que pasa por la vida haciendo lo mejor posible". También aplica para nosotras. Es factible que los años nos vuelvan menos exigentes, menos demandantes, más pacientes y más tolerantes.

"Extraño al que era cuando estaba con vos

Extraño mucho a la que fui con vos.

No me la encontré nunca más.

Y al que eras vos conmigo

tampoco me lo encontré nunca más

Algún día nos encontraremos"

Inés Garland nos propone pensar y construir otra idea del amor, donde hacer el amor, más allá del sexo en sí, tiene que ver con una especie de transmutación: "Tocamos profundidades del amor físico que no pueden dejarnos indemnes. Estoy empapada con el agua de nuestro sudor. Me lame y me devuelve los bordes de mi propio cuerpo transformado en belleza por obra del amor con que él lo trata" Sabemos que el ser humano es en relación ¿Podemos liberarnos finalmente de las etiquetas sociales acerca de cómo debe ser ese sentimiento tan inabarcable? ¿Somos capaces de no acarrear frustraciones y decepciones pasadas? ¿Podemos separarnos realmente de lo que fuimos de lo que somos? ¿Nos animamos a borrar todo salto en el tiempo? ¿Y a enfrentarnos con las presencias y las ausencias? ¿Podemos ver esa historia de amor con los ojos del presente? ¿O será que sólo nos sirve para reflexionar sobre lo que alguna vez fuimos? 

El amor, a veces, únicamente necesita ser más verdadero. Y en esto, sólo, cuentan los códigos y la forma de comunicación de dos.

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16 de julio de 2018 | 02:36
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