Croacia, un país a descubrir

 Un recorrido por tres ciudades Zagreb, Split y Dubrovnik. Naturaleza, historia, playas y más.

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El país ofrece una buena combinación de intereses culturales, históricos, naturales y gastronómicos para seguir captando la atención del mercado turístico ya recuperado de una guerra que le había cerrado las puertas al mundo. Aunque las huellas del enfrentamiento con Serbia, que marcó el comienzo de la disolución de la ex Yugoslavia, aún se ven en varios de los pueblos ubicados en las rutas principales.

Zagreb, la capital croata es un buen punto de partida para recorrer el país. Se puede conocer en pocos días y luego continuar el viaje hacia la costa del Adriático. Zagreb se encuentra entre el río Sava y las montañas. Tiene poco más de 300.000 habitantes y cuenta con un aeropuerto con capacidad para abastecer a una ciudad de cinco millones de personas.

Zagreb

La red de tranvía se extiende por toda Zagreb y los trenes azules se mezclan con los autos particulares que circulan a paso lento y por calles que por momentos se encuentran vacías. En los edificios se imprime una mezcla de estilos arquitectónicos desarrollados entre 1870 y 1920 con predominio del color amarillo, dándole continuidad a un capricho de la reina María Teresa de Austria, soberana del imperio austríaco de quien dependió Croacia del siglo XVI al XIX.

En la Herradura Verde, una serie de espacios verdes unidos en forma de U que comenzaron a construirse en 1870 se puede encontrar, por ejemplo, la plaza del rey Tomislav, el primer rey en unir los tres estados del país: Croacia, Eslovenia y Dalmasia; también la estación del ferrocarril Glavni Kolodor y el Pabellón de las Artes, construido en Budapest en 1828 y ensamblado por partes en Zagreb.

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Esos sitios son parte de los atractivos de la ciudad Baja, que también incluye a la catedral principal dedicada a la Asunción de María y San Esteban, ubicada en el barrio Kaptol. Desde su creación, en el siglo XI, la catedral de estilo gótico, con rasgos similares a Notre Dame, de París, sufrió tres reconstrucciones, la última de ellas a cargo del arquitecto alemán Hermann Bolle, que además participó en otros proyectos importantes en la ciudad.

Las calles Tkalciceva y Vlaska son dos ejes gastronómicos de Zagreb en los que se puede hacer una pausa para degustar algún plato típico o también rakia, la tradicional bebida croata, similar al brandy con un fuerte contenido de alcohol. Una comida puede empezar con una abundante porción de panceta, jamón ahumado, salchicha de cerdo negro, queso de oveja y skuta (queso joven croata); o también la pasta fuzi con trufas negras. Le siguen los platos principales a base de salmón, atún, cordero o risotto, acompañados por un vino tinto Plavac, la cepa de la región.

Los productos regionales pueden conseguirse cerca de allí, en el mercado Dolac, que desde 1930 funciona donde se encontraba parte del casco urbano en la época medieval. Todos los días, de 7 a 14 (los domingos hasta las 13) cientos de productores ofrecen frutas y verduras con precios que varían de acuerdo a la oferta y la demanda.

Moverse por Zagreb es fácil. A pie o con el tranvía se llega a los sitios de interés turístico. La Zagreb Card es una opción que permite ahorrar dinero. Al obtenerla, por 20 dólares (140 kunas) durante 72 horas se puede viajar gratis en el transporte público y se consiguen descuentos en museos y atracciones, como el Mirador 360°, ubicado frente a la plaza principal, o el Museo de los Corazones Rotos, en la ciudad Alta (Hight Town). Allí, en la plaza San Marcos, se produce el cambio de guardia, todos los sábados y domingos al mediodía. Se accede caminando, por escaleras o abordando un teleférico.

Josep Broz Tito fue el líder de Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial hasta su fallecimiento en 1980. Yugoslavia estaba integrada por seis repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro y Macedonia, pero tras la muerte del dictador comunista comenzó la desintegración. Serbia fue la primera en independizarse. La siguieron Eslovenia y Macedonia, pero cuando intentó hacerlo Croacia, con muchos serbios viviendo en su territorio, Serbia inició un conflicto sangriento de varios años.

Parte de los recuerdos de esa guerra se encuentran en pueblos pequeños como Karlovac, ubicado en la ruta que une la capital croata con la costa, utilizada para el desplazamiento de tanques y equipamientos militares. En las casas aún se ven los impactos de las balas, hay construcciones que están destruidas y otras abandonadas, posiblemente habitadas por serbios que huyeron cuando estalló la guerra.

Plitvice

Plivitce

En la ruta, la naturaleza le va ganando a la desolación de esas imágenes con sitios como el Parque Nacional de los Lagos de Plivitce, una parada casi obligatoria por la majestuosidad de sus espejos de agua y sus cascadas, la más alta de 78 metros de altura. En todo el país hay ocho parques nacionales y el más grande es el de Plivitce. Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1979, tiene 16 lagos de entre diez y 46 metros de profundidad y extensas superficies de espacio verde por donde navegar y hacer trekking.

Split

Split

Una ciudad ideal para dejarse llevar entre sus calles interminables, en un laberinto enlazado entre el palacio del emperador Dioclesiano (en excelente estado de conservación) y las construcciones nuevas. Ubicada a 400 kilómetros de Zagreb y en la región de Dalmacia se encuentra sobre el mar Adriático, frente a las costas italianas y a la altura de Roma, a una hora de vuelo de la capital de Italia.

La fortaleza del emperador, construida a fines del siglo III, es la atracción principal de Split, antiguamente llamada Spalatos. Los sótanos del palacio, de 10.000 metros cuadrados, fueron los cimientos de la mole arquitectónica diseñada por Dioclesiano para vivir allí hasta el día de su muerte. Mármoles italianos, granito rojo, esfinges egipcias y cientos de piezas arqueológicas forman el palacio, rodeado por una muralla, que en 1979 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En el interior viven unas 2000 personas, hay restaurantes y bares.

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Dubrovnik

Una muralla de dos kilómetros protegía la ciudad vieja de Dubrovnik, llamada Ragusa en la era romana, donde actualmente viven unas 1500 personas entre edificaciones que datan del siglo VII (toda la ciudad de Dubrovnik tiene 40.000 habitantes). A la antigua ciudadela se accede por dos lugares, aunque lo más conveniente es hacerlo por la Puerta de Pila, frente al monte de Sergio, para llegar fácilmente a Stradum, la calle principal, desde donde se puede apreciar la magnitud de las ruinas y los muros.

Dentro de la ciudad vieja, que cuenta con 40 estatuas de San Blas, el patrono del lugar, también se observan rastros de la guerra que se ven, por ejemplo, en las paredes de la antigua farmacia, con uno de los boticarios más antiguos del mundo, y del monasterio de los franciscanos. Allí dentro conviven diferentes estilos que fueron mezclándose durante la reconstrucción de la villa tras el terremoto de la Semana Santa de 1667.

Entre las callecitas angostas que van subiendo por escaleras se puede disfrutar de la gastronomía regional en pequeños locales con mesas y sillas al exterior; además hay comercios de artesanías y alojamientos.

La catedral jesuita, la iglesia de San Blas o la calle de los orfebres son lugares a visitar. Para apreciar la belleza de todo el conjunto es recomendable abordar un teleférico: desde lo alto se ve el contraste que ofrece el color ladrillo de los techos, el azulado del mar y el verde de la vegetación que florece en los acantilados.

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