La peste blanca

Pauli Pietra nos relata una calamidad sin precedentes que atacará a la humanidad: caniches.

 Martes 30 de marzo, año 2043

Me encuentro encerrada en un conteiner, hace dos días, se me acaban las latas de durazno que encontré hace una semana y tengo pánico de salir.

Quiero dejar esta nota por si algún humano sobrevive y tal vez la encuentra, quizás haya una comunidad escondida en otro país u continente.

Según comentaban los noticieros, todo comenzó el verano de 2019, cuando se intensificó la moda de los caniches. Cada familia tenía uno sin falta, para el 2030 cada persona tenía uno. La irresponsabilidad hizo que muchos fueran abandonados ante su temperamento irascible o sus ladridos incesantes.

Así fue que en terrenos baldíos y basureros comenzaron a cruzarse, tener crías e invadir las calles. No era raro ver jaurías de 20 o 30 corriendo por todas partes, finalmente arrasando supermercados y carnicerías.

Gradualmente comenzó un debate ético y moral en los medios. ¡Cómo olvidar ese invierno de 2035 cuándo se televisó una reunión de los máximos líderes internacionales! La discusión rondaba sobre que hacer sobre esta recién declarada pandemia, mientras en las afueras se agolpaban manifestantes opositores furiosos, con sus caniches a upa, porque lógicamente no los pueden dejar solos en casa.

La catástrofe final se desató cuando la comida comenzó a escasear y pasó lo impensado: las pequeñas bolas de pelos atacaron a sus dedicados amos. Las hordas salvajes entraban a escuelas y hospitales, para luego arrasar cualquier lugar donde se pudieran reunir humanos, corriendo frenéticamente alrededor moviendo sus colitas sin parar.

Una mezcla inteligible de pelo esponjado y espuma que brotaba de sus hocicos se apropió de las calles, en jauría no le tenían miedo a nada, ni a los inmensos perros callejeros, su conquista se confirmaba por un centenar de ensordecedores ladridos agudos cual himno de victoria.

Los grupos de resistencia llegamos tarde, todo está pedido, estoy perdida...siento a lo lejos algunas correas con cascabeles que solían poner sus amos, trataré de estar inmóvil mientras escribo estas últimas palabras, pero ya siento olfateos alrededor.

Hay un pequeño agujero por la corrosión del óxido, he mirado por el mismo y es una postal desoladora: los veo correr frenéticamente, como suelen hacer, unos cincuenta perritos pomposos, como la espuma del mar, alrededor de un árbol.

No quiero caer presa del pánico, me queda mi última arma para distraerlos, es mi única oportunidad y no la puedo perder. Un artilugio usado desde las buenas épocas, que servía para que corrieran sin pensar detrás de él una y otra vez sin parar... una pelota que chilla.

Espero que funcione, si leen esto quiere decir que hay esperanza, ustedes que están a tiempo hagan honor a nuestro lema ¡deje su caniche, abrace un humano!

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22 de julio de 2018 | 02:34
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