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¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia en el fútbol?

Los recientes episodios extra futbolísticos ponen en cuestión los puntos de contacto, los derivados y los malentendidos que atañen a la violencia.

Los recientes episodios extra futbolísticos del clásico platense ponen en cuestión los puntos de contacto, los derivados y los malentendidos que atañen a la violencia propiamente dicha, la incitación a la violencia y todo aquello que se registra como violento aun cuando no sea más que fuente de escozor y mera incomodidad para terceros.

Lo que está en juego, pues, y más nos valdría tener en claro las diferencias, es la frontera entre la genuina lucha contra la llamada violencia del fútbol, o en el fútbol, y a las afectaciones, cuando no la sobreactuación vinculada con lo políticamente correcto.

Lo políticamente correcto, que se entienda, en su vertiente peyorativa: tensar tanto la soga de combatir y prevenir ofensas, al extremo de que una causa noble en su impronta originaria se diluye en las brumosas aguas donde conviven lo sublime y lo ridículo.

Pero desandemos el camino de los sucesos que propician estas reflexiones, los sucesos en torno del partido de Gimnasia y Estudiantes jugado el sábado en el estadio del Bosque de La Plata.

A grandes trazos, cinco fueron los que destacaron: en orden impreciso, el gesto del futbolista Carlos Lattanzio (los siete dedos que se suponen equivalentes del triunfo 7-0 de Estudiantes el 15 de octubre de 2006), los proyectiles lanzados al micro que trasladaba al plantel y el que abrió un corte en el cuero cabelludo de un dirigente Pincha (Luis Alvares Gelves), las bombas de estruendo hacia el banco de suplentes visitante y la actitud del vicepresidente de Gimnasia, Alejandro Ferrer, que facilitó la entrada al estadio de un grupo socios cuando al parecer ya no había lugares disponibles.

Lattanzio y Ferrer fueron acusados de haber violado la vigente "Ley del Deporte" y trasladados a la comisaría en condición de "demorados", pero por extraño sortilegio en la comunidad futbolera caló más hondo la conducta del jugador que la del dirigente y la de los hinchas locales que lanzaron rollos de papel cerrados, botellas y otros objetos.

¿No debería hacernos ruido que a hechos tan diversos se los haga constar en el mismo casillero?

¿Da igual un acto de violencia hecho y derecho que el provocador despiste de un futbolista de 20 años?

Por un lado, se llenó de dardos a Lattanzio y a su mano de vocación burlona, y se omitieron olímpicamente las manos agresoras, sin contar que Alvarez Geles declinó echar leña al fuego y ni siquiera denunció los perjuicios sufridos.

Lattanzio, qué duda cabe, debería ser llamado al orden, por qué no por el propio presidente de Estudiantes, de vasta y destacada experiencia en los campos de juego, para invitarlo a discernir modos, normas y usanzas que separan las aguas de un hincha a secas de un jugador que además es hincha del club cuya camiseta viste.

Ahora, de ahí a que sea satanizado y que poco menos se le atribuya el sayo de un símil barrabrava hay la distancia que media entre La Quiaca y Ushuhia.

Es cierto, nobleza obliga, que en materia de espectáculos deportivos se ha avanzado muchísimo en desalentar la violencia simbólica expresada en racismo y en xenofobia, no tanto a la homofobia, pero tales logros no eximen a los organismos de seguridad deportiva de ajustar al máximo los patrones de interpretación del acto violento.

En fin, tal vez como observó Mariano Andújar a la vez que ofreció su pedido de disculpas por las picantes declaraciones que formuló en la puerta de los vestuarios del estadio de Gimnasia, "se le ha dado mucha trascendencia a lo que sucedió afuera, porque adentró pasó poco". 

 (Télam) Walter Vargas 

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23 de julio de 2018 | 03:49
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