"No dibujas/no escribes porque": El libro del aplazamiento

Fredy y Ana son "procrastinadores", expertos en postergar. Son colombianos, él escritor y ella artista, y se unieron para conjurar las resistencias creativas. El resultado: un libro-arte divertido e inteligente.

Presentación

Se trata de hacer algo, lo que sea, y más si lo consideramos importante, lo juzgamos necesario, decimos que nos gusta. Pero no, no lo hacemos. No dibujamos, no escribimos, no pintamos, no componemos. Los días pasan, la vida misma se nos va, y nos volvemos expertos de lo irrisorio, lo prescindible, lo impresentable. Deberíamos estar frente a la hoja en blanco, el lienzo, la partitura; anotando, esbozando, persiguiendo formas en las manchas... o al menos pensando o bostezando, pero ahí.

Genios del no hacer, nos empeñamos en otras actividades (incluso arduamente) y urdimos cualquier excusa para aplazar la tarea esencia

Qué industriosos e imaginativos, pero para evitar esos momentos de extrema soledad. Genios del no hacer, nos empeñamos en otras actividades (incluso arduamente) y urdimos cualquier excusa para aplazar la tarea esencial, inventamos mil pretextos, de toda laya y para cada ocasión: los inevitables (toca ganarse la vida, pues de la sola ambición artística no ha vivido nadie), los circunstanciales (vas por cigarrillos, digamos), los fantásticos (eres un clon, eres un fantasma), los sicológicos (tu madre o tu padre ya hace lo que tú quieres hacer y de algún modo eso te desalentó) o los relativos (el amor, ya sabes, tanto te puede alentar como alejar de tus designios).

Esta libro surgió de ese dar vueltas alrededor de la obra, sin ejecutarla. De modo paralelo, enumerando nuestras negligencias y atacando nuestros temores, quisimos que la infinidad de excusas nos sirvieran para dibujar (Ana) y para escribir (Fredy), convencidos de que se trata de hacer algo, lo que sea.


Estás enamorado

Imagen: Ana Fino

Es el primer minuto del amor, antes de siglos de sucesivos esplendores y ruinas. Cada palabra, apesadumbrada con el peso de tu corazón, carga infecunda con un deseo o una añoranza. Te sientes ansioso, suspiras, jadeas, un funámbulo sobre esa cuerda templada que te dirige a un magnífico cielo. De repente te resulta inescrutable el mundo que te rodea y no entiendes la urgencia por tantos pomposos discursos. Pones palabras en el papel, solo para apurar el tiempo de volver a verla. Quisieras formular alguna pregunta, pero la evocación de su belleza es la superación de todas las contradicciones. No lo sabes, pero el amor, ese acústico vocablo que luego deslizarás con indolencia en múltiples frases, te incapacita para escribir, pues es la propia anulación del tiempo. Luego todo lo que escribas tendrá que ver con él, pero ahora no tienes nada, cartero de tu impaciencia, aleteando en el ancho espacio de tu ilusión. Ya pronto la vas a ver, respirando mansa a tu lado o en el corazón mismo de tus sueños.


Debes ganarte la vida / No tienes plata

Imagen: Ana Fino

Acabas de entregar una cuenta de cobro que, si tienes suerte, te pagarán en el próximo eclipse; a tus amigos les debes sumas insignificantes pero crónicas, y al banco un monto que un dictador centroafricano ya habría cobrado con leones. Cada día, invariablemente, fantaseas con una herencia súbita, un arcón de morrocotas que te va a permitir dedicarte, por fin, a escribir sin límites. Cada noche, invariablemente, sueñas con tentaculares acreedores que te persiguen hasta en los más procaces rincones de tus pesadillas. Y, entretanto, sufres de insomnio, tan tenaz como tus días y tus noches, en el que se te confunden las efímeras monedas y las penurias del frío y la soledad. En una de esas incesantes agonías, caminando por la calle, pasas junto a unas matas tachonadas de jazmines y, un insecto más, te distraes con el aroma de una flor. Decides arrancarla, pero una brisa fatal sacude la enredadera y deja caer la flor maravillosa. Te agachas a recogerla y, filón centelleante, ves en el suelo un billete, arrugado y voluptuoso como el diablo. No te sirve para saldar ninguna deuda ni prolongar tus delirios. Para una cerveza sí, quizás dos. Ojalá así fluyan sin desdén las palabras, y acaso la convicción de que no es necesaria la plata para encontrarlas.


Cada semana publicas una columna de opinión

Imagen: Ana Fino

No es una tarea que te tomes a la ligera: eres el vocero de una dinastía, tus antepasados te observan, te vigilan tus coetáneos. Por imitación aprendiste a comportarte y adoptas fácilmente las últimas normas de etiqueta. Has espigado datos innúmeros de las ciencias y las artes más variopintas, incluso de aquellas que aún están a la espera de sus epígonos. Sabes sobre las conjuras cardenalicias, los algoritmos de internet, el producto interno bruto de los países más ignotos. Además ya investigaste todo acerca de las columnas, sus materiales, sus estilos a lo largo del ancho arco de la historia. Sabes qué es un capitel, un arquitrabe, el estilóbato, el listel, los triglifos... y cuidas amorosamente plantas de acanto en tu jardín. Tomas el vino de la duda, blandes la flamígera espada de la libertad. Eres un ciudadano insigne y sería fácil reconocerte por tus gestos, siempre tensos a punto de enderezar un tuerto o entregados a la contemplación de la ruindad moral. Vas por ahí electrizado olfateando las señales de lo venidero. Serías un héroe anónimo, si no quedara estampado tu nombre cada semana en tal publicación. Ser un arquero custodio en las almenas de la actualidad te consume por completo, acaso de alguna opinión tuya dependa el derrotero de la historia. No cabe distraerte. No te queda tiempo para ponerte a jugar.

Para saber más: Editorial Milserifas Colombia/ En Facebook: @milserifas