El regreso de los dioses (3ra parte)

Adrián Monetti nos trae el tercer capítulo de esta impresionante historia de ciencia ficción extraterrestre.

 Los viajes al espacio nos harán inmortales.
Ray Bradbury

No sé cuanto tiempo estuve desmayado, pueden haber sido horas o meses. Cuando tomé conciencia todo seguía igual en mi realidad de prisionero en una nave extraterrestre. Mis compañeros de infortunio habían tomado mejor el asunto, argumentando con su actitud el tópico que dice que el ser humano se adapta a cualquier situación. Solícitos, estaban a la orden de lo que nuestros captores, los destructores de la Humanidad, quisiesen que hicieran (levantar cargas, limpiar, inclusive vi a un prisionero haciéndole unos relajantes masajes en los hombros a un alien).

Eramos mascotas serviciales y temerosas.

Un hombre de unos treinta años se me acercó, llevaba unas gafas rotas y una barba extrañamente prolija, tuve la seguridad de que era alguien que trabajaba con computadoras. Con los ojos desvariantes, bañado en sudor y con las manos temblando me dijo - Los mumos son buenos, ellos nos tratan bien, nos alimentan...

No pude reaccionar, me amedrentó un poco su acercamiento espontáneo y lo que me dijo.

- ¿Los mumos? -balbuceé -¿quienes son los mumos?

Al escuchar esto el otro me miró como si yo hubiese dicho la peor blasfemia en una iglesia.

- Los mumos son ellos - dijo mientras señalaba a una de las criaturas que en ese momento abría la puerta de nuestro calabozo. Luego de decir esto volvió a su lugar y se puso a mirar a la nada.

Mumo me pareció buen nombre.

El que abrió la celda me dio una patada y me hizo seguirlo. Fuimos por los pasillos de la nave, pasamos por el ojo de buey, en el sólo se podía ver el espacio profundo.

Nunca me pregunté adónde íbamos.

Caminamos durante lo que me pareció una eternidad, hasta que llegamos a un sitio enorme. En ese lugar estaban, apiñados en jaulas, diferentes especies animales de la Tierra: elefantes, jaguares. caimanes, canguros, monos y todo lo que pudiese abarcar la imaginación. El mumo me dio una pala, era evidente mi tarea, levantar y poner en recipientes toneladas de excrementos.

Lo hice diligentemente por quien sabe cuánto tiempo... dormir, comer, levantar mierda, dormir, comer, levantar mierda... el ciclo se hizo infinito.

Hasta que un día uno de los mumos me llevó de nuevo por los pasillos laberínticos de la nave.

Pude ver que habíamos aterrizado en una planicie inconmensurable, el piso era de un tono violeta y sobre mi cabeza habían dos soles verdes del mismo tamaño, unas nubes rojas surcaban el cielo amarillo hasta el horizonte.

Era mi sueño.

Descendimos de las entrañas del aparato color gris mercurio y fuimos llevados, mis compañeros de prisión y yo, a lo que parecía ser un mercado.

En él eramos observados por una multitud de mumos. Éstos últimos no eran guerreros como nuestros captores, no tenían su cuerpo estilizado ni sus armaduras ni su postura marcial. Al parecer eran simples ciudadanos en busca de una oferta.

Íbamos a ser vendidos al mejor postor.

No me importó, ya nada me importaba, me daba exactamente igual todo. No me quitaba el sueño el hecho de cambiar de amo... Un mumo es un mumo...pensé.

Entonces algo llamó mi atención: una larga cabellera negra se mecía al viento, la luz de los dos soles verdes le daban una áurea angelical, era una visión perfecta.

Era una mujer, una tan bella como la libertad que habíamos perdido.

Me enamoré a primera vista.

Hasta ese momento no me interesaba nada, podían hacer lo que quisieran; eso hasta que la vi a ella.

Ella mágica.

Me estremeció el hecho de que estuviese aterrorizada, de no poder protegerla.

Me le acerqué y la tomé entre mis brazos. Ella dejó de temblar.

El mumo que nos compró no tuvo que pujar mucho por nosotros, al fin y al cabo eramos un puñado de humanos desfallecientes, hambrientos, un montón de huesos que durarían muy poco.

Nuestro nuevo amo resultó ser más cruel y sádico de lo que eran los soldados. Como primera medida agarró a uno de los nuestros, un hombre rubio que no dejaba de gimotear, y le quebró el cuello de un sólo movimiento. El resto entró en pánico, uno silencioso, obsecuente, servil, un terror visceral con la mirada hacia el piso y un temblor incontrolable en las manos.

Nos llevaron en una nave que surcaba el desierto a poca altura, la arena de color violeta pasaba rauda debajo de nosotros. Íbamos hacinados como ganado, una decena de personas aglutinados en unos pocos metros cuadrados.

Nuestro nuevo lugar de residencia era un lugar en donde se realizaban actividades agrícolas. Mediante castigos corporales nos enseñaron cuales eran las tareas que nos tocaba desempeñar. El mumo que oficiaba como jefe del lugar era el más psicópata, un ser obeso, de escasa altura, que maltrataba a todos los trabajadores esclavos del sitio.

El tiempo hizo que con Ella mágica entrásemos en una simbiosis que simulaba al amor, pero que no era más que una barrera ante el horror. La mujer hablaba francés, pero no era de Francia (nunca pude saber de dónde era, creo que provenía de alguna colonia) y su nombre sonaba algo así como Clod o Clot, yo la bauticé Ella mágica; dormíamos y comíamos juntos, eramos una pareja, dentro de lo que se podía bajo esas circunstancias.

El mumo a cargo no cejaba en su ambición sociópata. Se encarnizó con nosotros, sus siervos; cualquier error de nuestra parte significaba un castigo físico atroz. Algunos murieron por la golpiza, otros quedaron con lesiones permanentes, poco podíamos hacer para ayudarlos, sólo un paño mojado sobre las heridas y a esperar que las lesiones se curasen lo mejor posible. Esto significaba horas, días de agonía para el afectado, pero más no podíamos hacer.

Esta actitud del mumo generó que toda acción de nuestra parte fuese realizada con un terror enajenado, por miedo a a un falla y la consabida pena efectuada con una gruesa vara.

Ella mágica vivía todo el tiempo con miedo, cualquier cosa le hacía dar un respingo, la mantenía en vilo, le impedía dormir y la tenía toda la noche llorando. Por mi parte hacía todo lo posible para confortarla, pero por momentos resultaba imposible.

Durante una jornada de trabajo particularmente dura, mi mujer no podía más de la fatiga y ocurrió lo que tenía que pasar: se le cayó un instrumento que usaba usualmente el mumo (no se para qué servía) el artilugio se rompió en varios fragmentos.

El mumo tomó su vara, Ella mágica comenzó a gritar desesperada.

Actué de manera automática, no lo pensé. Tomé una piedra violeta del piso y se la arrojé a la cabeza del mumo, éste me miró con una indignación suprema, levantó la estaca hacía mi y me dio un golpe. No me amilané, todo lo contrario, una furia que nunca antes había sentido llenaba mis venas y bombeaba mi corazón al punto de casi hacerlo explotar.

A pesar de que el mumo me sacaba casi dos cabezas y me superaba por unos cincuenta kilos me paré frente a él en guardia, dispuesto a vender cara mi vida.

Me lanzó la estaca, la esquivé y esperé el embate de su cuerpo gigante. Con una velocidad pasmosa me tomó del cuello y comenzó a apretarlo. Sentía cómo se me iba la vida, la visión se me puso en blanco, me faltaba el aire.

Entonces, en un acto de desesperación, le di un mordisco en su mano. El mumo se detuvo como si le hubiese dado un balazo, me soltó y cayó laxamente al piso.

Me quedó en la boca un sabor amargo, pero la acción tenía un dejo de victoria momentánea.

Esperé que se levantara y retomara la tarea de molerme a golpes, pero no hizo.

Lo había matado.

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20 de mayo de 2018 | 17:38
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