La “revolución de la maratón” avanza a todo ritmo

El científico Yannis Pitsiladis recluta científicos y atletas para lograr los 42K en menos de 2 horas. Aunque lo critican, consiguió financiamiento para planificar entrenamientos con el ADN de los atletas.

 A ORILLAS DEL MAR MUERTO, Israel — Al amanecer, el cielo y el agua parecen metálicos, azul plateado, el color de la velocidad. Una cartel al costado de la Autopista 90 informa, “El lugar más bajo de la tierra.” Yannis Pitsiladis, científico y provocador, ha viajado hasta aquí por la misma razón que ha animado a peregrinos jadeantes a causa de la bronquitis y el enfisema, a dirigirse a esta división de baja altitud entre Israel y Jordania. Pitsiladis ha venido por el oxígeno.

En el Mar Muerto, a 400 metros por debajo del nivel del mar, donde se registra una elevada presión barométrica, hay aproximadamente un 5% más de oxígeno para que respiren nuestros pulmones. Se ha demostrado que el aire naturalmente enriquecido aumenta la capacidad de ejercicio en aquellas personas que padecen alguna enfermedad pulmonar y crónica. ¿Tendrá el mismo efecto, se preguntó Pitsiladis, en los corredores de fondo más veloces del mundo?

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Provisto de un barómetro portátil y cartografiando los cambios de elevación en el terreno con su smartphone, llegó allí en una misión de exploración para un proyecto quijotesco. Quería redefinir los límites de la resistencia humana entrenando a un hombre para que corriera una maratón en menos de dos horas sin recurrir al uso de fármacos para mejorar su rendimiento.

El Proyecto Sub2, tal es su nombre, es un intento que apunta a un objetivo extraordinario: reducir en casi tres minutos el récord mundial de 2 horas 2 minutos 57 segundos, establecido en 2014 en la maratón de Berlín por Dennis Kimetto, de Kenia. Un corredor de maratón que rompiese la barrera de las dos horas llegaría a la línea de meta más de seis décimas de milla por delante de Kimetto, una verdadera eternidad en una prueba de fondo.

Algunos consideran que este objetivo es imposible. Muchos se muestran suspicaces debido al extendido dopaje en las pruebas de atletismo, y casi nadie considera que tal proeza pueda alcanzarse a corto plazo.

Un objetivo de dos horas es, de alguna manera, tan arbitrario como la distancia misma de la maratón: 42 kilómetros y 195 metros, establecida durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres en 1908, en parte para facilitar que la familia real pudiese ver la llegada, ya que el paco real se encontraba exactamente a esa distancia. Pero las cifras redondas aportan claridad a la proeza. Correr la maratón por debajo de las dos horas sin recurrir al uso de fármacos prohibidos significaría establecer un record que permanecería junto con la milla en cuatro minutos como prueba definitiva de la resistencia humana.

Una maratón en 1:59:59 exigiría un vertiginoso ritmo de 4 minutos 34 segundos por milla: siete segundos más rápido que el ritmo del actual récord mundial de la distancia. Exigiría entre el 85% y el 90% de la capacidad aeróbica máxima de un corredor— el doble de la capacidad de un hombre corriente— y un ritmo cardíaco sostenido de aproximadamente 160 a 170 latidos por minuto. (La frecuencia cardíaca habitual en reposo es de 60 a 100 latidos por minuto).

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“Lo que me entusiasma es entender los límites del rendimiento humano”, manifestó Pitsiladis, 48 años, destacado experto en antidopaje en el Comité Olímpico Internacional y profesor de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad de Brighton, Inglaterra. “¿Qué es lo que puede llegar a hacer un hombre?” Pitsiladis había tomado un vuelo nocturno de Etiopía a Israel, había ocupado su asiento habitual junto a la ventanilla y se había sentido un poco menos aterrorizado en ese lugar próximo al ala del aparato y con una turbina a la vista. Volar le causaba pánico a pesar de que a menudo había viajado más de 200 días por año. La mascarilla para dormir seguía colocada en su frente después del despegue, mientras su respiración se volvía cada vez más pesada y nerviosa.

“La única manera de que pueda subir a un avión es con la ayuda de una botella de vino”, dijo Pitsiladis medio en broma después de otro vuelo. “Pienso que me voy a morir durante el viaje”.

Pero esta mañana de febrero estaba a salvo nuevamente en tierra, viajando en un auto alquilado, estimulado por una taza de café y certeza ante el escepticismo y la indiferencia.

Hasta entonces, los patrocinadores empresariales se había mostrado reacios a aportar nada parecido a los cerca de $30 millones de dólares que Pitsiladis calculaba que costaría el Proyecto Sub2.

“Los patrocinadores me dicen que es demasiado bueno para ser verdad”, dijo. “Como enviar a un hombre a Marte.” La incredulidad, sin embargo, no lo hizo vacilar. A diferencia de muchos científicos del deporte, Pitsiladis es capaz de ver el valor, no el riesgo, de lanzar ideas provocativas, aun cuando resulten ser erróneas.

“La ciencia es un proceso de duda y experimentación”, manifestó Peter Weyand de la Universidad Metodista del Sur en Dallas, que en el Proyecto Sub2 es el experto en biomecánica.

“Se trata de un proceso de refutación”, dijo Weyand. “Yannis es un buen ejemplo de alguien que quiere dar un salto de fe y presentar hipótesis que desafían el saber convencional, haciéndolo de una manera, ‘No voy a asustarme por la posible reacción negativa; no voy a sentirme fracasado como científico’. Eso es importante. En parte es la manera que tiene la ciencia de avanzar”.

Desafiar la convención

Con tiempos que se vuelven cada vez más rápidos, la mayoría de los científicos del deporte cree que una maratón cubierta en dos horas es una cuestión de cuándo, no de si. Desde 1998, el récord mundial en maratón ha sido rebajado en 3 minutos 8 segundos.

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Michael Joyner, investigador de la Clínica Mayo, predijo en 1991 que era posible terminar la carrera en 1:57:58. Pero numerosos expertos afirmaron que el límite de las dos horas no sería superado hasta 2028 o 2035 o incluso 2041.

Pitsiladis consideró que estas previsiones eran demasiado conservadoras. A fines de 2104 inició su Proyecto Sub2 con un sitio web, una recaudación de fondos y la contratación de científicos. Estaba convencido de que su objetivo podría conseguirse para fines de 2019; es decir, muchos años antes de lo que habitualmente se creía posible.

Su consorcio de científicos aplicó los conocimientos más recientes —y desarrolló enfoques avanzados— en los campos de nutrición, biomecánica, genética, rendimiento en carrera, entrenamiento, estrategia de carrera y medicina deportiva con el fin de conseguir una maratón inferior a las dos horas. Los incrementos de beneficios aquí y allá, pensaban los científicos, podrían producir un logro asombroso. Y tal vez surgieran una tecnología y conocimientos nuevos para aportar beneficios adicionales, como cuando el hombre inició la carrera para llegar a la luna.

Los expertos participantes en el Proyecto Sub2 utilizaron los datos obtenidos para hacer frente a hábitos, tradición y consenso. Elaboraron programas de entrenamiento específicos para individuos, empleando la ciencia a fin de ayudar a los corredores de Etiopía, Kenia y otros países que habían tenido actuaciones fantásticas con una escasa aplicación de parámetros científicos. Desafiaron todo aquello que la gente creía saber acerca de las carreras de fondo, cómo entrenar e incluso dónde utilizar calzado.

“No sabemos nada sobre la ciencia del entrenamiento”, dijo Pitsiladis. “Nada, realmente. Cuando digo eso, la gente se enoja de verdad.” “Mucha energía” ha sido la manera en que sus colegas científicos describían invariablemente a Pitsiladis. Es joven, atractivo, extravertido, considerado encantador por sus defensores y arrogante por algunos detractores. Se viste de manera informal, con vaqueros y mallas de deporte, y a veces se distrae mientras hace malabarismos con sus proyectos académicos.

Pitsiladis transmite una sensación de dramatismo, de frenesí. Las palabras salen de su boca con una urgencia incontenible. Las ideas bullen como si fuesen despedidas de un volcán preparado en una clase de química.

En el curso de una conferencia TEDx sobre el futuro celebrada en noviembre en Chipre, Pitsiladis arrinconó a un diseñador londinense, Ryan Genz, que se especializa en tecnología para el vestir. Genz había confeccionado una ropa que admitía tarjetas SIM y permitía que quienes la usaban hicieran y recibieran llamadas, como así también un vestido que exhibía los mensajes de Twitter.

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Pitsiladis le dijo que quería desarrollar ropa inteligente para correr que proporcionara información en tiempo real: composición de la transpiración, frecuencia cardíaca, frecuencia respiratoria, temperatura corporal. Estos datos podían proyectarse en pantallas de televisión como si los corredores fuesen pilotos de Fórmula 1. Quizás la nanotecnología integrada en la ropa podría también enfriar o calendar el cuerpo según fuese necesario.

“Queremos traer la carrera al living de la casa y hacer que la ropa contribuya a los resultados que conseguimos”, dijo Pitsiladis.

En general sus investigaciones están concebidas para explorar y posiblemente revelarse contra los conocimientos adquiridos del mundo de las carreras.

Muchos maratonistas de élite, por ejemplo, corren aproximadamente 20 kilómetros por semana como parte de su entrenamiento. Pero había escasos fundamentos científicos que avalaran ese régimen de preparación, dice Pitsiladis. Tal vez 120 kilómetros por semana fuese una alternativa igualmente beneficiosa para muchos corredores, o quizá lo fuese cualquier programa de entrenamiento razonable.

Un popular método de entrenamiento es conocido como “vivir alto, entrenar bajo”. Al vivir a mayor altitud, los atletas estimulan la producción de glóbulos rojos para compensar el bajo nivel de oxígeno del aire. Entrenando al nivel del mar o cerca del mismo pueden mantener la intensidad de sus ejercicios porque disponen de mayor cantidad de oxígeno.

Vivir alto, entrenar bajo, es un método apoyado por algunas pruebas. Pero Pitsiladis no está totalmente convencido de su eficacia al afirmar: “Apostaría a que está equivocado y que es mejor vivir alto y entrenar a mayor altitud”, como quizás hacían a menudo dos de los más grandes corredores de fondo de la historia: Haile Gebrselassie y Kenenisa Bekele, de Etiopía.

“Puede que no funcione, pero hagamos la prueba y veamos qué pasa”, añadió Pitsiladis.

Le interesa explorar el entrenamiento a diferentes altitudes, desde el ambiente enriquecido con oxígeno del Mar Muerto hasta los 1.700 metros, los 3.500 o incluso los 4.000 metros. Se puede suministrar oxígeno complementario durante el entrenamiento en caso de que fuese necesario. Tal vez se pudiera estimular al cuerpo para que produjera aún mayor cantidad de glóbulos rojos a mayor altitud. Y el cerebro podría adaptarse a esos ejercicios debilitantes e hipóxicos, produciendo resultados más veloces en carreras a nivel del mar.

“Es casi el equivalente a correr con pesas en los pies y luego sacarte las pesas y parezca que puedes volar”, dijo.

Como estudiante del doctorado, Pitsiladis experimentó dándoles a los corredores medio litro de crema espesa antes de la carrera. La idea era utilizar la grasa y ayudar a retrasar la reducción de carbohidratos, principal fuente de energía del cuerpo durante un ejercicio de alta intensidad.

Pero luego ha llegado al convencimiento de que una maratón de dos horas podría abordarse mejor bombardeando el sistema con glucosa.

Por ejemplo, Owen Anderson, un asesor del Proyecto Sub2 que entrenó en Michigan a corredores de fondo de élite kenianos, suministraba a sus atletas de 220 a 280 gramos de una bebida energética 10 minutos antes de que comenzara la carrera para que se acostumbraran a una sensación de distensión en el abdomen. (Durante la competición bebían más.) A veces, para acostumbrarse todavía más a esa incómoda sensación en el estómago, los corredores entrenaban comiendo ugali, una especie de guiso keniano, o repollo antes de entrenar.

“Mis corredores pueden comer una cena china de Sichuan antes de correr”, bromeó Anderson.

Contra lo que dicta la convención, Pitsiladis teorizó que la segunda mitad de una maratón de dos horas se corriera más rápido, no más despacio, que la primera mitad. A medida que los corredores queman energía y se vuelven más livianos durante una carrera, explicó, deberían volverse más frugales, y necesitar menos oxígeno para mantener una determinada velocidad.

Pensó que cuando bebían, los corredores podrían ahorrar unos segundos preciosos exprimiendo el líquido de una bolsa en lugar de abrir una botella, como hacen los atletas de élite durante una carrera. Y tal vez, añadió, necesitaran beber poco o nada en la segunda mitad de una maratón de dos horas.

En cambio, podrían enjuagarse la boca con una solución de carbohidrato y luego escupirla. La investigación mostró que se podía engañar al cerebro para que crea que llegan más carbohidratos, induciendo de este modo a los músculos a trabajar con más intensidad.

Pitsiladis y sus colegas del Proyecto Sub2 también decidieron explorar algunas cuestiones básicas. ¿Cuál es la forma óptima para correr? Era mucho lo que se sabía sobre las carreras de velocidad pero muy poco acerca de las carreras de fondo.

Los maratonistas corren con zancadas más variadas que los velocistas, dijo Weyand, el biomecánico, pero probablemente exista un modelo ideal para minimizar los costos de energía y reducir o retrasar la aparición de la fatiga.

“No creo que la posibilidad de reducir un minuto en un atleta de élite varón no sea razonable con una intervención en la forma de correr, basada en lo que sabemos hoy”, dijo Weyand. “Y podría ser más”.

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Ante el escepticismo

Incluso algunos de los más grandes corredores, sin embargo, dudaron de que fuese posible una maratón de dos horas. ¿El cuerpo puede tener tanto combustible de carbohidratos para correr esa distancia, a esa velocidad? ¿Enlentecería las piernas el cerebro en función de la auto-preservación?

“No puedo decir que sea posible”, comentó Bekele, el astro etíope, tres veces campeón olímpico en pista a quien Pitsiladis reclutó para el Proyecto Sub” con la esperanza, en vista de los avances y retrocesos del corredor, de poder comprobar con él parte de sus teorías algún día.

“Para mí es imposible, quizá”, dijo Bekele. “Nunca se sabe. Quizá de aquí a 10 años se da algo diferente. Quizá alguien invente una nueva tecnología.” Los escándalos por doping han hecho del mundo de las carreras un lugar mucho más cínico de lo que era en 1954 cuando Roger Bannister, de Inglaterra, rompió la barrera de los cuatro minutos en la milla.

En los últimos años cuarenta kenianos dieron resultado positivo por sustancias prohibidas. Etiopía también ha estado complicada por el doping y Rusia ha sido excluida de competiciones internacionales de atletismo, lo cual podría extenderse a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016.

Lamine Diack de Senegal, ex presidente del cuerpo directivo mundial de atletismo, fue acusado de haber recibido más de un millón de dólares en coimas para pasar por alto análisis positivos de atletas rusos por sustancias prohibidas. Permanece bajo investigación por parte de las autoridades francesas.

“No creo más que debamos apretar el paso” para lograr una maratón de dos horas, dijo Mary Wittenberg, ex directora de carrera de la Maratón de la Ciudad de Nueva York y voz influyente en las competencias de fondo.

“Pienso, en un período de la historia de este deporte en el que el doping se ha convertido en una preocupación real, que debemos hacer todo lo que podemos para volver a las carreras y la competición en lugar de las hazañas sobrehumanas”, afirmó. “Se pone demasiado incentivo en creo el tiempo en base a dinero y a gloria, y creo que eso puede aumentar el riesgo de que alguien haga trampa.” Ross Tucker, fisiólogo de ejercicios sudafricano que ha estudiado los corredores de élite, escribió la refutación más irritante tal vez de los objetivos del Proyecto Sub2. Dijo que Pitsiladis y su equipo se habían excedido al prometer lo que la ciencia podía lograr en 2019al intentar producir una caída del 2,4 por ciento del tiempo más rápido para una maratón.

Los africanos orientales ya acceden a entrenamiento top y asesoramiento científico y tienen décadas de experiencia e incentivos económicos enormes para estimular sus performances, escribió Tucker en SportsScientists.com cuando comenzó el Proyecto Sub2. Estos corredores, escribió, “se ríen de los occidentales y sus monitores de ritmo cardíaco y otros dispositivos porque ya conocen sus cuerpos demasiado bien”.

A menos que se descubra toda una población nueva de corredores, continuaba Tucker, solo la tecnología irrestricta, como el doping o los resortes en el calzado, tiene posibilidades de dar lugar a una maratón de dos horas en el cronómetro de Pitsiladis.

“Ésta es una cuestión de relaciones públicas, de marketing, relacionada con la versión de la ciencia y su ‘venta’ al mundo de los deportes”, escribió Tucker. “Sencillamente no creo que ayude.” Otros se han preguntado si son siquiera necesarios grandes adelantos científicos para revolucionar la maratón. Andy Jones, integrante del consorcio Sub2, dijo que las dos horas podrían estar hoy al alcance mediante la reunión de un grupo de maratonistas de entre los mejores del mundo, el pago de fuertes sumas por competir más bonos por los tiempos que logren, y mejorando la succión en la estela para reducir la resistencia aerodinámica.

“Creo que allí está el talento”, dijo Jones, fisiólogo de la Universidad de Exeter, Inglaterra. “No creo que haya que cambiar necesariamente el entrenamiento de nadie. Creo que lo mejor es que avancen todos juntos en las mejores condiciones posibles, trabajando juntos, y disponer del presupuesto adecuado para que eso ocurra.” Pitsiladis llamó “profesor de salón” a Tucker y pensó que podía contribuir a disminuir las sospechas sobre el uso de drogas.

La cantidad de atletas que usan sustancias prohibidas dentro de los niveles más altos de las carreras de maratón probablemente sea “muy elevada”, concedió Pitsiladis, Pero si alguien puede ayudar a contener el doping, dijo, él puede.

Es miembro de la comisión médica y científica del Comité Olímpico Internacional. Y está al frente de la creación de la nueva generación de tests de drogas para incremento de los glóbulos rojos que se conocen como factores estimulantes eritropoyéticos o EPO por medio de la detección de las huellas que persisten en los genes. Todos los corredores que participan en el Proyecto Sub2 deben someterse a un régimen expandido de tests de sangre y orina, que se lleva adelante en forma independiente.

“Quiero derrotar a los que usan drogas”, dijo Pitsiladis, y agregó: “Quiero poder decir, en un sentido, sí, drogas se han tomado, pero no mis atletas, y acabo de demoler la barrera de las dos horas sin drogas. Eso destruye el argumento de que ‘Voy a usar drogas porque funcionan mejor que la ciencia.”

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Comienzo de una aventura

El proyecto Sub2 no es el primer viaje en el que Pitsiladis se interna en la duda y lo desconocido. Es un aventurero que proviene de una familia de aventureros.

Después de la Segunda Guerra Mundial, su padre, Tony, dejó Grecia siendo un chico de 11 años y, navegando con desconocidos, se fue a Australia en procura de una nueva vida. Ya grande le regaló a su hijo exóticas historias: hacer de extra en la apocalíptica película de 1959 La hora final, protagonizada por Gregory Peck; abrirse camino a pura labia hasta el palco/estrado VIP en las olimpíadas de Melbourne de 1956.

La vida del propio Yannis Pitsiladis ha sido peripatética, lo cual se hace evidente en su ascendencia griega, su acento sudafricano, sus ventajosas calificaciones logradas / sus adelantados diplomas de grado obtenidos en Escocia e Inglaterra. De adolescente se rompió el mentón al zambullirse en busca de una pelota tratando de convertirse en jugador de vóley de nivel olímpico para representar a Grecia. Si bien no tenía los genes que demanda el vóley, decía en broma, sí tenía en cambio el ADN de la perseverancia.

“Todo el tiempo le digo: ‘Pará; algún día te vas a caer para el otro lado’”, dijo Jos Hermens, competidor olímpico holandés en 1976 y entrenador de una cantidad de maratonistas top de todo el mundo que está colaborando en la fundación del Proyecto Sub2.

En los últimos 16 años, Pitsiladis ha viajado desde Jamaica a África Oriental para recolectar muestras de alrededor de 1.000 deportistas olímpicos y campeones mundiales y otras estrellas de diversos deportes. Cree en la primacía de los genes como influencia de la capacidad atlética. “Elijan bien a sus padres”, le gusta decir en sus discursos.

Pero también considera que el dominio de los corredores de fondo kenianos y etíopes se debe en gran medida a factores culturales y socioeconómicos. En otras palabras, ha dicho, los genes necesitan el entorno adecuado para prosperar.

Es su conferencia TEDx Chipre, Pitsiladis se refirió a un estudio suyo en el que determinó que los chicos kenianos desarrollaban 170 minutos diarios de actividad moderada a intensa, comparada con 20 a 40 minutos en los chicos europeos.

“La vida era una especie de deporte” para los etíopes y kenianos, dijo Pitsiladis, dado que caminaban y corrían largas distancias dentro de un estilo de vida pastoril.

Con una subvención de 500.000 dólares del gobierno japonés el consorcio Sub2 planea empezar a secuenciar los genomas de todos los campeones cuyo ADN ha recolectado Pitsiladis.

“La hipótesis ideal sería que la mayoría de ellos, o todos, tengan una cantidad de variantes genéticas que fuesen muy inusuales en la población”, dijo Pitsiladis, agregando: “Sabemos que los genes son importantes. No sabemos cuáles son los importantes”.

Quiere empezar a desarrollar regímenes de entrenamiento individualizado, no sólo basado en cómo se sintió un corredor en un día determinado sino también en la reacción de sus marcadores biológicos.

¿Qué genes se activaron o se desactivaron cuando el corredor alcanzó el nivel de intensidad de ejercicio conocido como umbral de lactato? ¿Qué genes indicaron la producción de glóbulos rojos o titilaron como una luz roja en un cruce de vías de tren, señalando deshidratación o lesión muscular?

“Podríamos decir: ‘Cuando el entrenamiento anda bien, los marcadores biológicos se mantienen en esta zona, así que dejémoslo que se suelte’”, dijo Pitsiladis. “O cuando se desvían de esos valores puede haber lesiones, de modo que retengámoslo y no lo llevemos a participar en una carrera. Nadie hace eso.” Los fondos que se destinan a la ciencia del deporte son relativamente magros, especialmente si se los compara con la investigación biomédica. Pitsiladis a veces ha empleado su propio dinero para sus proyectos. En determinado momento sus investigaciones genéticas fueron auspiciadas por un restaurant hindú en Glasgow.

También el costo personal fue alto. El trabajo lo consumía. Su matrimonio se vino abajo. Se divorció. Sintió que la culpa era suya.

“Imagínese a su mujer si usted está re-hipotecando la casa para financiar su trabajo”, dijo Pitsiladis. “Pienso que lo echaría.” Pero su ex mujer, Mariny Kapsali, y sus dos hijos adolescentes acaban de mudarse a la casa de él y apoyan el Proyecto Sub2.

“Me preocupa que Yannis se fije metas demasiado altas”, dijo Kapsali, 48 años, investigadora farmacológica. Pero no para él no significa no. Si hay un problema, no va a parar hasta resolverlo.”

Tras una locación

El Mar Muerto constaba de un potencial fascinante como lugar para entrenar y correr. La autopista 90 del lado israelí es casi plana. Otro tanto ocurre con los canales de tierra que cruzan el mar. Las horas más frías del día en los meses invernales de enero y febrero están cerca de lo que Pitsiladis calculaba que sería una temperatura ideal para correr —unos 8 a 9 grados— de manera de que los corredores no consumieran energía en enfriar sus cuerpos.

“Es un poco más cálido de lo que queremos”, dijo Pitsiladis, “pero el beneficio del oxígeno agregado por estar bajo el nivel del mar podría darnos una ventaja”.

Al proporcionárseles aire enriquecido con oxígeno en un laboratorio, los hombres promedio con buena salud, al igual que corredores pedestres y ciclistas habían mejorado su desempeño. Pero Pitsiladis dijo que nadie había hecho estudios de campo con los maratonistas más rápidos del mundo.

Estimó que los mejores kenianos y etíopes, que dominan las maratones, podrían obtener un beneficio doble en el Mar Muerto. Tienen mayor capacidad de carga de oxígeno por vivir y entrenarse en la altura, por lo cual deberían tener más oxígeno para respirar debajo del nivel del mar. Podrían tensar los músculos de un modo en que no sería posible a alturas mayores y presumiblemente podrían correr más rápido al sentir un menor esfuerzo.

Los corredores también podrían llegar a corregir cierta afección observada en algunos atletas con alto nivel de entrenamiento conocida como hipoxemia arterial generada por el ejercicio. Los maratonistas de máximo nivel tienen una actividad cardíaca tan vasta —pueden hacer circular la sangre a través de los pulmones siete u ocho veces por minuto, dijo Pitsiladis¬— que cuando están corriendo a velocidades tope en o cerca del nivel del mar, algunos han experimentado un descenso en la saturación de oxígeno en los glóbulos rojos.

“No a todos los atletas de élite les ocurre”, dijo Pitsiladis, “pero a algunos sí. Por lo general son los mejores.” Compara la hipoxemia con un ómnibus que anda tan rápido que los pasajeros no pueden subirse a él y ocupar todos los asientos.

“Este lugar puede ayudar realmente a corregir eso”, dijo, “porque te entra más oxígeno.” Sobre el mar, en este paisaje bíblico, los acantilados al borde del Desierto de Judea tenían reflejos rojizos y luego se ponían amarronados como leones. Pitsiladis hablaba con entusiasmo. Aún tenía que llevar allí a los máximos atletas y poner en práctica los experimentos correspondientes, claro. Pero la perspectiva lo estimulaba.

“Podemos venir a entrenar y correr en un marco como éste, y probablemente sea el mejor lugar del planeta para hacerlo”, dijo.

La temperatura en invierno puede ayudar “y hay más oxígeno que en cualquier otra parte, y es un lugar plano”, añadió. “¿Qué más se puede pedir?” Hacia el anochecer, el cielo en el Mar Muerto adquirió el azul y el naranja de una llama de gas. Los maratonistas acostumbran correr por la mañana. Pero algunas investigaciones indicaron que pueden tener una performance algo mejor a últimas horas de la tarde, cuando los niveles de temperatura corporal y los hormonales alcanzan el punto más elevado, los músculos están más flexibles y mejora la función pulmonar.

Pitsiladis tenía una misión final en su viaje de exploración: un recorrido de entre 3 y 4 kilómetros por canales que entraban en el mar, bordeando piletones en los que se extraían minerales.

El viento que llegaba desde el desierto y cruzaba la Autopista 90 podía ser fuerte en esta zona. Un intento de marcar un record de carrera con corredores de élite en la Media Maratón del Mar Muerto de 2007 fue frustrado por el viento. Quizás hubiese estado más calmo en el agua. Quizá ése hubiese sido el lugar para correr una carrera.

El viento persistía este día de febrero y unos cordoncitos de sal en las orillas dificultaban un tanto mantener el equilibrio. Pero esos cordones de sal pueden taparse, dijo Pitsiladis. Tal vez con pantallas podría contenerse el viento. Si los mejores corredores se reunieran aquí para tratar de quebrar las dos horas no estarían limitados por una hora de comienzo estricta como les pasaría en las maratones de las grandes ciudades. La carrera podría postergarse un día o dos hasta que las condiciones se acercaran a lo ideal.

El Mar Muerto también podría ser un sitio para experimentar más con tecnología satelital, que Pitsiladis probó en la Maratón de Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, midiendo la temperatura del suelo de cada sector de la carrera en tiempo real. Hace poco consiguió 30 termómetros diminutos que los corredores podían tragar para medir su temperatura a lo largo de una carrera entera.

“Quiero poder relacionar la temperatura del terreno con la del cuerpo”, dijo Pitsiladis. “¿Qué efecto tiene?” La información podría trasmitírsele a un corredor, dijo, quizá mediante alguien que lo siguiera en una moto y pudiera aconsejarlo: “Al dar vuelta la esquina está fresco, así que andá más rápido”, o, “Está más caluroso; reducí la marcha”.

Todas estas son especulaciones. Pero hablan de cómo Pitsiladis busca la innovación y de su rechazo a rendirse a la ortodoxia.

“Yannis es muy bueno poniendo en duda el conocimiento generalizado”, dijo Barry Fudge, ex alumno suyo de doctorado que hoy se desempeña como jefe de resistencia de la federación británica de atletismo. “En esta etapa, la mayoría de la gente pensaría ‘No, no, no, hay que estar loco’. Bueno, Yannis está lo suficientemente loco para hacerlo.”

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