La dieta que acabará con todas las dietas

Una mujer que las ha probado todas. Hace dos años, decidió que era suficiente. Quizás no haya perdido muchos kilos ni unos abdominales de infarto, pero ahora disfruta.

 Hace algo más de dos años y dos meses, la bloguera y periodista Kelsey Miller estaba sudando la gota gorda en su sesión de entrenamiento espartano cuando decidió que había tenido suficiente. Eran las ocho de la mañana, estaba en mitad del bosque, sudada y cansada, tenía frío y un hombre no dejaba de gritarle que tenía que esforzarse aún más si de verdad quería estar en forma, algo que no había conseguido en toda su vida. Miller se paró en seco, le dijo al entrenador que lo dejaba y, desde entonces, la vida le ha ido mucho mejor.

El caso de Miller puede parecer excepcional, aunque su vida ilustra bien una tendencia tanto más terrible en cuanto parece que es lo natural en estos días. A los 11 años empezó a hacer dieta severa por primera vez, algo que no abandonaría durante las dos décadas siguientes, en las que, como ella misma cuenta en su blog de Refinery29, ha pasado por períodos de alimentación compulsiva, por regímenes estrictos y horas y horas dejándose la piel en el gimnasio. Un menú al que hay que añadirle “vergüenza de alta intensidad y odio hacia mí misma”.

Cuando se dio cuenta de que había tocado fondo, decidió hacer algo totalmente nuevo: dejar la dieta.

Big girl de kelsey miller

Como Miller explica, su problema no era sólo físico, sino mental. Había pasado gran parte de su vida haciendo dieta, pero también, oyendo a su familia, amigos y allegados diferenciar entre las buenas y las malas comidas, entre los cuerpos buenos y malos, que a su vez, te convierten en una buena o mala persona. En ese momento en el que tocó fondo y durante unos instantes pensó en hacer todos los sacrificios necesarios para perder unos kilos, decidió probar algo que nunca había intentado nunca: dejar de hacer dieta y ejercicio. El feliz resultado ha sido recogido en 'Big Girl: How I Gave Up Dieting and Got a Life' (Grand Central Publishing), que se publicará a principios de año en EEUU.

El régimen del sentido común

En la dieta seguida por Miller no figura ningún alimento milagroso, no hay menús semanales con combinaciones audaces de alimentos, ni siquiera tablas de ejercicios diarias. Se trata, simplemente, de seguir el sentido común, aunque como ya sabemos, no todo el mundo comparte los mismos principios lógicos. De ahí que la bloguera decidiese ponerse en manos de especialistas en 'intuitive eating' (alimentación intuitiva) con el objetivo de “desprogramar” su “cerebro adicto a las dietas” y averiguar qué cantidad de ejercicio es realmente razonable.

Kelsey Miller explica su 'antidieta' en ABC News.

El objetivo es, ante todo, volver a comer como una persona normal. O, mejor dicho, recuperar la inocencia que la sociedad ha destruido. Miller recuerda que, cuando somos pequeños, no sentimos ningún miedo hacia los carbohidratos. ¿No nos gustaban el pan, el arroz, las patatas o la pasta? ¿Por qué, de repente, cuando somos adultos, parecen haberse convertido en veneno? La respuesta se encuentra en una cultura de la dieta que pone constantemente restricciones a lo que comemos. Pero la realidad es que “nada va a convertirte en una mala persona si lo comes”.

Ello se traduce en “un permiso completo para comer lo que quieras”, no obstante, matizado por nuestra propia intuición. Come una galletita si te apetece, o dos, o tres. O, si vas a un cumpleaños, coge un trozo de tarta. Como recuerda Miller, hay una buena razón para comer tarta en fiesta o cochinillo en Navidad: son eventos sociales que nos reúnen alrededor de la comida. Si queremos disfrutar de ella, hagámoslo. Si no nos apetece, pasemos. Basta con ser conscientes del momento en que tenemos hambre, y por lo tanto deberíamos comer, y en el que estamos llenos, y deberíamos parar, de igual manera que hacíamos cuando éramos jóvenes.

Cada vez que decimos que hemos sido malos por comer mucho, estamos contribuyendo a pervertir nuestra relación con los alimentos

No obstante, antes de empezar su nueva dieta, Miller sentía cierto recelo. ¿Y si al comer todo lo que quiero me harto de pizza? Pronto su duda tendría respuesta: “La realidad es que, cuando no hay nada que no puedas comer y te estás alimentando con conciencia, te das cuenta de que la pizza es buena, pero que demasiada no lo es”. Por lo tanto, “si sabes que siempre vas a poder comer pizza, no vas a tener que comerte toda la que tienes delante”. Una referencia a las restricciones y pequeñas recompensas que suelen prometer la mayor parte de dietas, que para Miller son el principal problema de estas, puesto que torpedean la normalidad de nuestra relación con la comida.

Una visión ética de la alimentación

Si la argumentación de Miller resulta interesante, no lo es tanto porque se centre en los aspectos nutritivos de la alimentación, sino porque, por una vez, prefiere centrarse en la parte moral y cognitiva de nuestra comida. Todos sabemos que comer brócoli es más saludable que comer una hamburguesa de una cadena de comida basura: el problema se encuentra, no obstante, en el valor que damos a dicho acto. Para la periodista, existe un perverso intento de moralización de la comida y de la salud que provoca que, siempre que se habla de la obesidad, lo hagamos con “vergüenza y repugnancia”.

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Se trata, en última instancia, de un problema de valores que provoca que si no tenemos la clase de cuerpo delgado que la sociedad dicta se nos acuse de habernos echado a perder. “Asociamos la delgadez con el bien y la restricción con ser bueno”, denuncia Miller. Al fin y al cabo, se trata de dos valores, el autocontrol y la belleza, que la sociedad ha promovido desde hace siglos. Un puñado de ejemplos ilustran bien de qué manera nuestra triste relación con la comida se manifiesta a través del lenguaje: cuando decimos que algo “es veneno”, cuando decimos “he sido malo” al comer algo que nos apetece.

Hoy en día, asegura Miller, su vida ha mejorado, puesto que ha dejado de buscar la felicidad allí donde no se puede encontrar. Ya no dedica gran parte de su día a correr encima de una cinta o evita las cenas fuera de casa por el miedo a pasarse de la raya, sino que disfruta de sus amigos, de su familia, de su novio y de su trabajo, que es lo que realmente le proporciona satisfacción. “Mi novio es bastante más divertido que la elíptica”, reconocía en aquel primer post de hace dos años. La diferencia es que, ahora, en lugar de comer tres trozos de tarta, o ninguno en absoluto, se conforma con uno. Pero no tendría problema en comerse otro si le apeteciese.

Kelsey miller

Fuente: Salón y El Confidencial

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21 de mayo de 2018 | 12:14
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