Perlita

Seis historias de la crisis de fe chavista en Venezuela

El director de MDZ cuenta algunas perlitas y anécdotas de su paso como veedor de las elecciones en el país que votó por un cambio.

El viernes contamos en MDZ que "Venezuela puede iniciar su propio cambio el domingo". Y sucedió. No se trata de un don de adivinación sino de un proceso no gemelo pero sí mellizo con la Argentina, con grandes parecidos aunque no idénticos, en el que evidentemente cada "modelo" terminó por mirarse el ombligo en lugar de ver a su alrededor. Muchos de los propios les dieron la espalda y lo que es peor: perdieron la fe. Eso, para movimientos que han construido sus bases en un factor de lealtad sin "peros", casi sectario o místico, es fatal. Porque cuando la fe se pierde, se pierde todo y para siempre.

El desengaño es la marca que guió a muchos a liderar con fuerza la embestida contra los "gobiernos mellizos" sin siquiera estar muy conformes, acaso, con lo que lo suplantaría, pero sabiendo que al menos se suplantaba un esquema de opción única y fe ciega por otro que permite la discusión, el disenso y la alternancia, sin derrumbarse por eso ni creerse "menos gobierno" por tales condiciones.

Una serie de anécdotas, testimonios, hechos que pasaron durante la visita a Venezuela en ocasión de estas elecciones quedan plasmadas en seis historias, perlitas o parrafadas en las que se evidencia de algún modo cómo se gestó el cambio sin tanto "complot internacional" como se dice desde el chavismo, sino con mucho de culpa propia.

 Mala leche

coro venezuela

En Coro, un pueblo que va a cumplir quinientos años dentro de 12 más, se come chivo: chivo al coco, chivo en bifes, chivo al horno y a la parrilla; hamburguesas de chivo, chivo en ensalada, sopas de chivo combinadas con esto y aquello (el cocido en leche de coco es el mejor y se acompaña con arroz y algunos vegetales crudos). En la previa de cualquier comida, picada de queso de cabra que es lo mismo que el chivo, o su hembra. También se comen cabritos, que es lo mismo también, pero pequeños y tiernos, como cuando hablamos de cerdo y cochinillo. Hay chivos, cabras y cabritos por todos lados en un paisaje circundante que es árido, arenoso, con árboles chatos, chaparros y volados por una brisa constante. Hay burros salvajes, pero no se comen, creo. Y hasta en algún momento se montó una productora de leche de cabra con propiedades especiales para alimentar a recién nacidos. "Es que comen no sé qué que hay en la arena y eso hace que su leche sea única en el mundo", explica Zunilda, una abogada que tiene una prima que es "médico" (ya que en Venezuela se pronuncian las profesiones por su género masculino) y que le contó.

Fue allí cuando pedimos café con leche. "No señor, me va a tener que disculpar. No hay leche", dijo el mozo que, de todas las formas posibles, había intentado dejar bien parado a su pueblo frente a la visita "internacional" y que veía caer a pedazos su esfuerzo por el desabastecimiento. "No vamos a tener hasta no sabemos cuándo", agregó mirando alrededor, en donde otras seis personas me miraron, bajaron sus cabezas y finalmente justificaron al trabajador del restaurante: "Sí, claro, no hay cómo conseguir leche", "los niños están creciendo sin leche suficiente y buena", "las colas son terribles" y "la reventa es demoníaca y la hacen los mismos funcionarios que le ponen precio tope a los productos". Todo eso a la vez por pedir un "café con leche, por favor". Entonces, la conversación sobre la utilidad de los productos lácteos derivados de las cabras cayó por un acantilado. "No supieron manejar bien la fábrica y cerró", dio por clausurado el tema Ernesto, un hombre que aunque peina canas, mientras guarda sus manos en los bolsillos simétricos de su guayabera blanca expele entusiasmo joven.

Y así como un tema lleva al otro y éste, a otro más, estuvo quien habló de las toallas femeninas que no se consiguen, del papel higiénico que debería valer 18 bolívares pero que venden en el mercado negro a 4.500 y al final, todos coincidieron en que el tema es que "hay que cambiar porque no nos escuchan". Allí se pronunció la primera de las frases que marcaría la elección del domingo, esa, que indica una advertencia importante hacia el gobierno que dijo representar a los más humildes, pero al que ven sordos ante lo que pasa y al que creen que hay que pegarles un grito tan fuerte que los deje mal parados. Así lo harían al día siguiente de esta charla sobre la leche, las cabras y toda su familia.

En el pueblo de las chicas lindas

CUMAREBO

Puerto Cumarebo tiene poco más de 33 mil habitantes. "Hay de todo: tierra fértil, montaña, llano, costa, mar, gas, petróleo", me dice Juan, el ex maestro de escuela nativo de la zona que se fue a vivir a Ecuador porque se cansó de pasarla mal con el chavismo. Pero Ricardo, que lo acompaña, inclina el ojo para un lado y para el otro no bien pasamos por la Plaza de Bolívar que todo pueblo que se digne de tal debe tener y espeta: "Pero si hay algo que sí tiene Cumarebo, es lo que dice la canción", y entona, sin vergüenza y señalando para acá y para allá:

"Las mujeres que tiene este puerto

son de una hermosura,

que yo las comparo a toditas juntas

con la Virgen Pura.

No sé que será, que cuando las miro

me pongo a temblar.

será la emoción que al mirarlas

mucho me hace desmayar".

Se puede escuchar aquí: 

Se trata nada menos que la canción que se transformó en el himno del municipio Zamora, en el Estado Falcón, compuesto por Paché Vargas, un músico contemporáneo de Carlos Gardel que se dedicó por completo al tango cuando se conocieron.

Y es verdad.

Con una playas vírgenes al fondo, nadie las mira, porque hay algo más que ver pasar por las calles antiguas de Cumarebo: sus mujeres.

Es domingo de elecciones y la ciudad está atestada. "Se viene toda la gente de la sierra. Si no llueve, esto va a ser histórico", pronostica Xiomara, una militante del amplio frente opositor que va y viene; lleva agua a los militares que custodian el comicio, el "Plan Patria", para ganarse su confianza y poder entrar al centro de votación a vigilar. "Hay que estarles muy encimita porque son unos tramposos", dice, sin perder la sonrisa, e interrumpe para gritarle "¡Negro!" a un corpulento militante, que no es negro, y pedirle que apure la distribución de las "chuletas", unos volantes de mano muy pequeños que indican cómo votar en las máquinas electrónicas que se usan en Venezuela.

Amanda, hija de mexicanos, expone su mezcla binacional con una remera con los colores patrios de Venezuela y unos aros que hacen juego con un gran collar que muestran –los tres objetos por igual- a la Virgen de Guadalupe, patrona allá y aquí también. "Vamos a ganar", dice, sonriente, mientras agita un baile con muchos más a las 10 de la mañana en el centro del pueblo. "¿Es una especulación, un pronóstico, un sentimiento, un deseo o una profecía?", le pregunto. "Nada de eso: vamos a ganar. La gente se cansó de que le mientan con que ellos son el pueblo y mira cómo andan persiguiendo y amenazando a los votantes", subrayó, apagando la sonrisa por un instante, y señalando a la caravana de autos de alta gama que aparecían detrás del puesto de venta de jugo de naranjas exprimidas. Allí venían. "Son carros del gobierno. Y ellos son los hijos de los que gobiernan. A su antojo se mueven, gastan, amenazan, persiguen. Así les va a ir", me dice, desde atrás y sin haber podido adivinar antes su presencia, Eulalio, de 80 años aunque podrían ser 200; conocedor palmo a palmo del pueblo y, según me dijeron luego, de cada una de las mujeres a las que le cantó en 1935 Paché Vargas, el cantor local.

El zurdo de la derecha

Cumarebo

El hombre se sentó en la reunión regada generosamente (muy generosamente, si consideramos la escasez) con café. De los cuarenta presentes él era el cuarenta y uno. Atrás y al fondo. Detrás de quien recibía las inquietudes. No había ni uno que hablara sin mirarlo antes y después, buscando aceptación y aprobación después. El hombre, digámosle Juan, se presentó al final y a solas. "Yo nunca fui de la derecha aunque ahora la tenga que votar por la izquierda se fue a la misma mierda con estos aprendices de patanes", dijo, de la nada, sin que tuviese que ver con la agenda del momento, pero lo dijo: lo quería decir y todos los demás querían que él lo dijera para cada uno, entonces, de a uno y armoniosamente, pronunciara lo propio. De allí en más fue un rosario de confesiones, un padrenuestro de lamentos por traiciones de otros hacia ellos que los motivaron a juntarse, aunque no se querían antes, para empezar a querer hacer cosas juntos con tal de no ser identificados como parte de un gobierno que, como dijo "Juan", "nos tiene por estúpidos haciéndonos creer que ellos son la izquierda, el pueblo, la patria y son una manga de vagos, enriquecidos de la nada y que para colmo, lo que tocan lo transforman en mierda, como las empresas que estatizaron y tuvieron que cerrar". El encuentro se puso menos formal y más interesante. Una especie de confesionario; un resorte contenido que de una vez comenzaba a soltarse para activarse el domingo en las urnas. Algunos, con puro despecho y venganza; pero otros, desilusionados en serio porque habían profesado el chavismo como una fe y ahora les contaron que el Cielo no existe.

La bala vuelve

tanquetas

"Bala que va, pega la vuelta", dice Mercedes, una señora que transita su vida profesional con el freno de mano puesto porque no quiere llegar a la jubilación y que participa como "voluntaria" de la campaña de la Mesa de Unidad Democrática, la oposición venezolana. "Voluntarios" se les llama en la "derecha" a los que son denominados como "militantes" en la izquierda. Ambos se burlan de los términos que usan para el otro. Unos porque dicen que "claro, como están podridos en plata, se entretienen haciendo política cuando podrían tejer o escribir poesía". Los otros acusan de que "si no les pagamos todos el sueldo del Estado, no harían nada por la política". Es probable que ambos tengan razón y que esas frases se utilicen en países del globo en donde en lugar de posiciones políticas, de posturas ideológicas o en donde compitan núcleos de ideas, se haya instalado el concepto de "bandos" opuestos. A la sazón, pasa en Venezuela y también en Argentina, aunque en nuestro país como caricatura infantil de lo que han hecho los revoltosos herederos de Hugo Chávez.

El concepto de Mercedes pareció una provocación a la venganza y, por lo tanto, incorrecto proviniendo de alguien que profesa "el cambio" y acusa de violento al gobierno de Maduro, Cabello y muchos otros. Pero no, explica, no esa la idea sino que "tarde o temprano la gente se da cuenta de las cosas". Con la bala de Mercedes sin pólvora, la charla se tornó más comprensiva. Es que me explicó qué es lo que vi en el "automercado", como le llaman al comercio en el que nos conocimos, en Caracas, aquel día en que los camiones y militares fuertemente pertrechados creyeron que desembarcaban en Pearl Harbour entre arepas y botellas.

Un escuadrón militar irrumpió de manera poco discreta, aunque con una violencia más visual que real. Dicho de otro modo, no lo hicieron a sangre y fuego, pero sí todos a la vez, con sus armas de guerra dispuestas y rodeando el local.

Los clientes -entre los que había familias completas haciendo colas para conseguir productos en escasez para intercambiarlos luego en la playa de estacionamiento- se alborotaron, mal, muy mal, con miedo, abrazando a sus niños pero sin perder la compostura. "Me pareció una película de la Alemania Democrática de antes de 1989", le dije y me respondió, luego de pensar un rato, que "es cierto, es verdad; pero los venezolanos nos hemos acostumbrado tanto a esto que nos parece lo normal".

Entonces fue cuando ella encaró al jefe del operativo y le dijo: "Señor, tengo derecho a que me explique por qué hace esto". Le contó lo de las colas, lo del desabastecimiento, la inversión diaria de tiempo y dinero que tiene que hacer para conseguir tener algo para comer y le recriminó las formas. Se lo dijo "bien", tranquila, honesta y dignamente, pero sin violencia aunque con gran firmeza. Al cabo de un buen rato, con la voz baja pero firme, el militar le respondió: "Tiene usted razón; solo cumplo órdenes". De inmediato, solo aprovecharon el privilegio de los que usan uniforme en Venezuela para no hacer colas y comprar sus cosas, porque también sufren lo mismo y, además, "nos mandan como perros de combate porque le tienen miedo al pueblo", tal como le dijo luego a Mercedes un joven uniformado, que pasó a su lado y la felicitó por la actitud. "Usted puede ser mi madre, mi tía, mi hermana que sufren igual que todos pero que gracias a mi uniforme, les puedo comprar las cosas sin hacer cinco horas de cola". Y se fue. Se fue el de uniforme y todos los que estaban vestidos como él y Mercedes también, luego de pagar y chequear, por supuesto, su huella digital en el sensor del local.

Las redes sociales

arepa

Son las 23 del día de la elección parlamentaria en la ciudad de Punto Fijo. En la calle hay más de 150 personas prolijamente formadas en fila detrás de las mesas en las que debieron haber votado antes de las 18. No lo han hecho por varios motivos: porque fue más gente que nunca a sufragar, aunque el voto es optativo en Venezuela; porque no han funcionado bien las máquinas de voto electrónico del "mejor sistema electoral del mundo", como se repite cual loro en cada rincón del país o porque se cumple con la maniobra religiosamente puntual del chavismo de acceder con privilegios a la nómina de quienes no fueron a votar y los han ido a buscar de las pestañas para que lo hagan. Así y todo, todos esperan. Hay paz a pesar de la hora. Falta, de hecho, tan solo una hora para que sea lunes, no domingo de elecciones y hay gente que ya festeja especulando con cifras de fiscales (testigos se llaman allí) de mesa y también con lo que indica el “índice de gestos” de los partidarios de unos y otros.

Una jornada sin comer ni beber ni nada abierto en las inmediaciones para hacerlo. Entonces, de las mismas filas, una mujer ofrece a los que estábamos allí curioseando, "observando", trabajando a nuestra manera, puede decirse, “una tacita de café”. El asunto es que no era allí donde serviría, sino en su casa, a unos 200 metros del lugar. Y fuimos.

selfie barrio venezuela

Al final, en el camino se agregaron otras cuatro personas más de las filas de votación. Y entramos a un barrio de trabajadores, pero oculto tras un portón. Como un barrio privado, con calle pavimentada y todo, casas muy cuidadas, bellos jardines y todo muy limpio, pero de gente humilde y laboriosa. La cuestión es que, invitados al living de la casa, presidido por una inmensa imagen e cartón de un Cristo, la gentil samaritana en medio de una alegría incontenible por la ocurrencia y la espontánea amistad, avisa que no será café, sino "maltín", o malta, como se le conoce al sustituto de la bebida en su versión más popular. De inmediato, apareció una vecina ofreciendo "un sanguchito, unas arepitas o algo". "No", dijimos, obligados por la corrección. Pero por suerte hizo caso omiso y llegó al rato con una bandeja de arepas calientes, algo así como unas tortitas raspadas hechas con harina de maíz, en lugar de la de trigo, manteca y queso. Un verdadero festín a esas horas y tras tremendo día. Mientras les hacíamos honor, el vecindario comenzó la tarea del intercambio: "Yo conseguí esto”", "yo aquello" y pudo comprobarse in situ cómo funcionan las verdaderas "redes sociales", cuando no se trata de Twitter o Facebook. "Ellos nos han obligado a algo bueno", exclamó Rosario, sesentona, dos hijos grandes ya recibidos. "Nos necesitamos para poder tener lo que el otro no consigue y hasta la cajera del supermercado está harta de lo que pasa y al final, todos somos amigos y también voluntarios de la Unidad", revela, entonces, su vocación política. Luego llegó la promesa de una sopa que rechazamos con el café/malta en una mano y las arepas en la otra, quemándonos y un refresco y más ofertas. A lo que siguió una visita casa por casa a agradecer y charlar sobre el pasado, el presente y el futuro de Venezuela y la Argentina, diálogo que duró hasta que las mujeres volvieron a la fila del centro de votación, con nuestra compañía y cada uno siguió sus vidas.

Maleta de billetes

bolivares

"Hey, tú eres el Antonini Wilson, ese, jajajaja", exclamó Pedro cuando vio la cara de quienes cambiábamos tan solo 100 dólares para poder tener efectivo en la mano y movilizarnos. El billete más alto de la moneda venezolana es, como en la Argentina, de 100, en este caso de bolívares y representa (subrayemos: el de mayor denominación) unos 10 centavos de dólar. Por eso, el cambio de tan solo 100 dólares representó una bolsa llena de bolívares, imposible de cargar a simple vista, de rellenar bolsillos. Solo sirvió el maletín de la notebook.

En Venezuela conviven 6 tipos diferentes de cambio en una economía que, con eso solo más lo que puede percibirse a simple vista, es un desquicio. En un lugar te pueden cambiar un dólar por 6 bolívares y en otro, por 900. Vale decir que se puede comprar una combo de McDonalds por 2 dólares o por 100, según el cambio al que hayás excedido. Para argentinos, usar la tarjeta de crédito puede ser lo equivalente a un suicidio financiero: te cobran en dólares al cambio oficial: un almuerzo puede costarte un salario de todo el mes.

Así hay miles de comparaciones y cuestiones que nadie entiende pero que todos explican. El gobierno habla de una "guerra económica" pero parece que su Quinta Columna es la que los está hundiendo, a juzgar por el veredicto de unas elecciones que, si no fueron un plebiscito –como el chavismo rechaza que sea- ha resultado una cachetada que los puede poner en guardia y en orden, o en rápida retirada.

Gabriel Conte

Opiniones (3)
19 de junio de 2018 | 05:44
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19 de junio de 2018 | 05:44
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  1. País destruído, con dirigentes millonarios y la gente en la miseria. A què otro se parece?
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  2. crisis de fe? par de años con guerra económica y sin embargo el %42 del pueblo los sigue apoyando
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  3. Triste panorama en uno de los paises mas bellos de América. Dios quiera que el pueblo siga la senda que tomó el Domingo pasado y finalmente expulse del sistema a esos fascinerosos chavistas que están empeñados en hacerlos desaparecer como nación.
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