India quiere formalizar a los que recolectan la basura

Tras varios intentos en ese país, el nuevo plan se propone acabar con los recolectores ilegales e integrarlos a la recolección formal entregándoles una credencial.

La precaria vivienda de Latha está impregnada de un fuerte olor nauseabundo, pero ella vive desde hace años de ese modo y ya no lo nota. Ella, una mujer india de 40 años, y su hija Mytili, de 15, se ganan el pan recolectando y separando residuos, como tantos otros indios pobres. Tal vez el gobierno logre dar un giro a las vidas de estos recicladores informales.

Latha y Mytili viven con otras 40 familias en una barriada de infraviviendas de unos 250 metros cuadrados en Chennai, capital del estado de Tamil Nadu, y revuelven día tras días lo que se conoce como "masala", la mezcla residuos que encuentran en los basureros de la metrópoli.

Separan los desechos según sean reciclables o no y venden a operadores aquellos materiales que pueden ser utilizados nuevamente como el papel, el vidrio y el plástico. "Cuando tenemos un buen día llegamos a las 250 rupias", equivalente a unos 3 dólares diarios, cuenta Latha, que como tantos otros indios analfabetos no tiene apellido.

Lo que descartan puede que llegue a ser recogido por los servicios municipales, pero en su gran mayoría queda en las calles del precario asentamiento, donde va pudriéndose poco a poco.

Latha forma parte del grupo de los narikurava, nativos del sur de India, que se encuentran entre los últimos grupos jerárquicos en el sistema de castas local. Latha, que como tantas otras mujeres de este grupo tiene tatuajes con motivos tribales sobre las cejas, tiene una sonrisa muy contagiosa, pese a las duras condiciones en las que vive.

Tal vez su vida pueda vivir pronto un giro. El primer ministro Naredra Modi aprobó el año pasado un plan de acción para hacer frente a las toneladas de residuos que produce el país. Los cinco millones de habitantes de Chennai, por ejemplo, producen 4.500 toneladas a diario y los basurales con los que cuenta la localidad están repletos.

Tras varios intentos, el nuevo plan se propone acabar con los recolectores ilegales e integrarlos a la recolección formal entregándoles una credencial que los autorice a cumplir con la separación de residuos.

"Esas credenciales serían un primer paso para legitimar el trabajo de esta gente", explica el investigador Harsha Anantharaman, de la ONG Transparent Chennai, que llevó adelante un estudio sobre la red que integra a 20.000 personas en la recolección de residuos de la ciudad.

"A fin de cuentas, ellos le están prestando a la sociedad un servicio extremadamente valioso, pero pertenecen a la clase más baja", criticó el especialista.

Latha, de 40 años, se mostró escéptica al escuchar por primera vez algo sobre esta iniciativa. Hasta ahora no ha tenido buenas experiencias con las autoridades.

"No les quería ni decir mi nombre", recuerda, y dice no entender para qué necesitaría una licencia porque, argumenta, existen otras vías para mejorar sus condiciones de vida.

Pone como ejemplos una renta o un servicio de cobertura médica. También menciona la utilidad que tendría un uniforme de trabajo para su hija, de modo de que no se vea importunada permanentemente por la policía. "Un pedazo de papel no cambiará en nada nuestra situación", considera.

Dunu Roy, del Centro de Riesgos de la capital del país, tampoco cree que las credenciales vayan a mejorar el contexto por sí solas. "Las autoridades deberían poner a disposición de los recolectores predios vacíos en el centro de la ciudad, de modo que puedan separar los residuos allí y no tengan que trasladarlos a los lugares en los que viven".

En cambio Suresh, un joven de 25 años que también recicla residuos en el mismo asentamiento, cree que las licencias generarían un cambio. Dice que ya ni sabe cuántas veces fue detenido por la policía en horas tempranas de la mañana en el basural. "Por lo general", cuenta, "nos dejan salir después de dos días, sin indicar el motivo". Suresh cree que la credencial sería un modo de identificarse ante los oficiales.

Pero en realidad lo que más le gustaría es dejar de ganarse la vida de ese modo. Ya ha comenzado a vender alhajas fabricadas con pequeñas perlas. "Si lograra que me dieran un crédito, me podría dedicar de lleno a esto", dice mientras alza un collar blanco y negro con un cierre plateado. "Aquí nadie quiere separar la basura".

Fuente: Friederike Heine, Dpa. 

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17 de julio de 2018 | 18:29
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