Crece la frustración con la izquierda en Latinoamérica

Un análisis de la agencia AP sobre el descontento popular en los regímenes de Nicolás Maduro, Dilma Rousseff, Cristina Fernández y Michelle Bachelet.

 El gobierno socialista de Venezuela tiene problemas para que los estantes de los supermercados tengan comida y bienes básicos en medio de una galopante inflación. La presidente de Brasil enfrenta a una oposición que quiere enjuiciarla políticamente. Y hasta el gobierno comunista de Cuba, ícono de la izquierda latinoamericana durante décadas, se está acercando a Estados Unidos.

Ya sea por escándalos de corrupción o por desaceleración de las economías, la popularidad de los gobiernos latinoamericanos de izquierda, que han estado en el poder desde inicios del milenio, parece estar disminuyendo.

Los electores que votaron en contra de las políticas de libre mercado y de disminución del tamaño del estado, impulsadas por Washington en la década previa, ahora se muestran cada vez más hostiles frente a los mandatarios que lucharon en contra de esas políticas. El apoyo del que gozaban se ha ido esfumando, según las encuestas, y las protestas callejeras en su contra han ido en aumento.

La mayoría de estos líderes llegaron al poder cuando la economía China se había disparado y, con ello, la demanda de materias primas de Suramérica. Pero ahora la segunda economía más grande del mundo se ha desacelerado, y las exportaciones de los productos que crearon una bonanza para estos gobiernos han bajado drásticamente.

Esa bonanza les había permitido a los líderes suramericanos de izquierda repartir la riqueza y ganarse la simpatía de los pobres.

"No es fácil gobernar en América Latina en este momento", dijo Raúl L. Madrid, coeditor de un libro sobre los gobiernos de izquierda en la región. "Muchos de estos gobiernos llegaron al poder criticando los altos niveles de desigualdad y la corrupción del poder. Pero ahora no se puede culpar al establecimiento de manera efectiva como antes cuando ellos, ahora, son el establecimiento".

Ningún líder ha sido golpeado tan duro como el presidente venezolano Nicolás Maduro. Cuando el difunto Hugo Chávez llegó al poder en 1999, el precio del petróleo, que financia buena parte del gasto de la nación petrolera, era menos de diez dólares el barril. Paulatinamente, el precio subió hasta quedarse en los 100 dólares el barril por varios años. Pero desde julio, los precios cayeron a la mitad lo que ha agravado la escasez y el índice inflacionario venezolano, por el control de la tasa de cambio del dólar, divisa en la que se paga la deuda externa y la importación de bienes básicos.

Los índices de aprobación de Maduro se han desplomado en medio de la crisis al 28%, la más baja en 16 años de gobierno socialista, y aunque no hay señales de que las protestas callejeras del año pasado volverán, algunas de las que fueron violentas, las encuestas indican que la oposición obtendrá una victoria en las elecciones legislativas que se espera que se celebren a finales de año.

Quizás presintiendo los problemas que enfrenta Venezuela, el aliado más cercano de Cuba, el presidente Raúl Castro inició conversaciones con Estados Unidos con vista a normalizar sus relaciones diplomáticas, una decisión que podría impulsar el crecimiento económico de la isla.

Actualmente, Venezuela le da a Cuba la mayor parte del petróleo que consume a precios subsidiados.

En Chile, que tiene la economía mejor administrada de la región aunque es muy dependiente de las exportaciones de cobre, la presidenta Michelle Bachelet provocó una crisis ministerial y cambió a los miembros de su gabinete para frenar las implicaciones políticas que han tenido las revelaciones de prensa de que su hijo utilizó su influencia para que le fuera aprobado un préstamo.

El escándalo ha provocado indignación generalizada por la influencia que tiene el dinero en la escena política, dominada por el partido socialista, aunque la oposición también enfrenta serios cuestionamientos.

Cuando Bachelet dejó su cargo como presidente por primera vez en 2010, salió con la friolera de un 84% de aprobación. Pero ahora su apoyo ha caído al 30%, un mínimo histórico. Analistas consultados dicen que su ambiciosa agenda política, que incluye una propuesta de reforma constitucional y la reforma de la educación universitaria, está en riesgo.

"Cuando la economía está creciendo nadie le presta atención a la corrupción", dijo Patricio Navia, politólogo que enseña en la Universidad de Nueva York y la Universidad Diego Portales de Chile. "Pero cuando el pastel deja de crecer, y los votantes ven que otros sacan provecho, empiezan a preguntarse: ¿y dónde está mi pedazo del pastel?".

La primera prueba de fuego para los mandatarios izquierdistas de la región se llevará a cabo en octubre, cuando los argentinos vayan a las urnas a elegir presidente; el proceso electoral más importante del año en la región.

La vertiente del peronismo que orienta la presidenta Cristina Fernández enfrenta una dura batalla electoral cuando se elija a su sucesor pues el apoyo con el que contaba se ha erosionado por una inflación anual del 30%, las restricciones para la compra de dólares y la negativa de los acreedores internacionales de renegociar la deuda luego de que el país no pagará los empréstitos en 2001.

La credibilidad de la presidente también se ha visto empañada por la respuesta, a veces errática, que tuvo Fernández a la impactante muerte del fiscal Alberto Nisman, que estaba investigando una supuesta operación de encubrimiento del gobierno argentino y de Irán para proteger de un proceso penal a los presuntos autores de un atentado con una bomba a una mutual judía, ocurrido en Buenos Aires en 1994.

La Cámara de Casación argentina, la corte más alta, archivó el caso.

No se trata sólo de la izquierda. Presidentes de todo el espectro ideológico también se enfrentan al descontento popular.

En Colombia, el índice de aprobación de Juan Manuel Santos, que tiene estudios en Harvard y en el London School of Economics, está al mismo nivel que el de Maduro pues el lento ritmo con el que avanzan las negociaciones de paz con la guerrilla de las FARC ha alimentado el descontento popular.

El mexicano Enrique Peña Nieto ha visto cómo su agenda pro-empresarial se ha descarrilado por acusaciones de corrupción y la desaparición de 43 estudiantes luego de que fueran entregados por la policía a un grupo local de narcos.

La creciente frustración con la izquierda podría llevar a que varios de sus líderes moderen sus políticas y giren hacia el centro.

En Brasil, la economía más grande de la región, la presidenta Dilma Rousseff ha empezado a enviar un mensaje más conservador haciendo llamados a la austeridad, lo que incluiría recortes a subsidios de desempleo y a programas de asistencia social, con el propósito de reducir un astronómico déficit presupuestal, que ha sido impulsado por la mayor crisis económica que el gigante del sur haya enfrentado en 25 años.

Con un bajo índice de aprobación, que bordea los diez puntos, a tan sólo cinco meses de haberse iniciado su segundo mandato, Rousseff también está luchando por volver a ganar la confianza del público en medio de la más grande investigación por corrupción en Brasil, una indagación por supuestos sobornos pagados en la estatal petrolera Petrobras.

Rousseff era parte de la junta directiva de Petrobras cuando ocurrieron las irregularidades pero a la fecha no hay evidencias que muestren que ella cometiera alguna ilegalidad.

El experto Navia dice que los gobiernos moderados, que suelen ser más flexibles, pueden atraer la inversión extranjera y aumentar el ahorro con más facilidad que los que persiguen una agenda reformista, de inspiración ideológica, como Argentina o Venezuela, que enfrentarán dificultades para realizar dolorosos ajustes presupuestales.

Sin embargo, aún es muy pronto para escribir un obituario político de la izquierda latinoamericana, de acuerdo con el analista Madrid. Mientras que el descontento con la izquierda va en aumento, muchos de sus carismáticos líderes tienen una mejor llegada con los votantes que sus opositores de derecha, quienes, según él, no han podido articular una propuesta de gobierno alternativa, y que están en mora de hacerlo.

Mario Toer, profesor de estudios latinoamericanos de la Universidad de Buenos Aires, dice que muchos de los escándalos han sido impulsados por los medios de comunicación que simpatizan con la oposición y que la corrupción en América Latina, que por años ha sido rampante, en realidad ha disminución en la última década. Sin embargo, reconoce que la izquierda se encuentra en una encrucijada.

"Y si bien este rasgo es inherente a estos procesos", dijo Toer en referencia a la frustración popular, "el contexto de la crisis global y las ofensivas mediáticas le otorgan dimensiones y formatos que van más allá de las dificultades reales"

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24 de junio de 2018 | 16:15
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