Lo sabíamos muy bien. Final dramático...

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Cuatro horas pasadas la medianoche teníamos los ojos como un par de huevos fritos. Lo sabíamos bien, algo no funcionaba en la vida de mi ex mejor amigo y ahora ese algo nos toca a nosotros.

 

El día despunta espléndido alimentando mi corroído entusiasmo. Aburrido de la lluvia constante y del cielo encapotado, mi humor cambia cuando esa mañana del primer lunes de septiembre, al abrir la puerta, el azul acaricia mis retinas. He decidido, luego del trabajo, pasar por el hotel a devolverle el bolso a Pablo. Intentaré por lo menos mantener una conversación normal, averiguar cuales son sus planes y si va a necesitar alguna cosa.

Florencia se fue con los chicos y el auto, así que no me queda otra que caminar un par de cuadras y tomar el trole, que por cierto me deja al fondo de canal Street, enfrente del casino, a pasos del Riverwalk mall donde trabajo desde have ya seis años. Entro a las nueve y salgo a las cinco de la tarde, el salario es un poco mas del básico, pero la propina es excelente y el ambiente genial. Nunca me imaginé realizando un trabajo de este tipo, fabricando fudge de chocolate mientras canto tangos a la vista de un público goloso. Mis compañeros son tres morenos re buena gente y con una voz de la puta madre, la chica canta pop y los muchachos hip hop y rap. Mientras damos de probar nuestras exquisiteces a los clientes, los invitamos a que participen cantando o les hacemos juegos y adivinanzas, creo que nos divertimos más nosotros que ellos. Me llaman el Gardel del fudge, sin dudas este país es generoso porque antes de esto, con suerte, tarareaba en la ducha. 

Alimento a los gatos, saco pollo a descongelar y después de revisar puertas y ventanas enfilo para el laburo.

 Lo sabíamos bien, lo teníamos claro, con mi esposa habíamos decidido la noche anterior no profundizar, más allá de lo estrictamente necesario, la relación con Pablo y menos después de encontrar su arsenal de armas blancas. Por esto, su rostro de asombro cuando al atardecer, en el momento que se levantaba el portón del garaje, me acerqué  a la ventanilla del honda accord y le conté, sin anestesia, que mi ex mejor amigo se venia unos días a vivir con nosotros. No había podido esconderle la mano cuando me confesó que aun no encontraba trabajo y no cargaba ni un céntimo en los bolsillos.

 

 

Coloco el dedo índice entre las gomas que separan los bordes magnéticos de la puerta de la heladera y lo retiro lentamente para lograr un cierre silencioso. Es martes, una del mediodía y estamos organizando la mesa para almorzar, andamos descalzos y con medias para atemperar el tapeteo de nuestros pasos. Aguanto la respiración hasta salir de la cocina y hago señas a Florencia para que apoye con cuidado los cubiertos sobre la mesa.

Estamos friqueados, como dirían mis hijos en su spanglish. Han transcurrido dos meses y medios desde que Pablo se mudó con nosotros y la convivencia se ha vuelto insoportable. Consiguió un trabajo de guachimán (guardia de seguridad) en un gran condominio y su horario es de lunes a viernes de veintitrés a siete. Duerme de nueve a diecinueve y para colmo la piecita que le alquilamos, colinda con la cocina, el sitio con más movimiento, después del living, en cualquier casa de buena familia.

No han tardado en bajar sus quejas. Que los portazos de la heladera, que el crick de las hornallas al prenderse, que el susurro del agua desplazándose por las canterías, etc. etc. Aunque la perla que completó el collar se agregó la noche en que nos reclamó que las pisadas de Tita, nuestra gata, lo incomodaban en sobremanera y nos exigió que no la dejásemos entrar mas a casa.

Esa vehemencia por custodiar el silencio a cualquier precio ha colmado nuestra paciencia, aunque también nos infunde temor y desconcierto pues hemos asumimos que compartimos techo con un perfecto (y potencialmente peligroso) extraño. Es como que en las noches se venga de nosotros, azotando la puerta, cantando o riéndose, a veces aplaudiendo. Creo que piensa que le hacemos bulla a propósito y nos lo have saber hora a hora, mas que nada  en los sábados y domingos, las interminable dos noches en las que esta libre. Creo que juega perversamente con nuestra salud mental y va ganando la partida.

    Junto valor y antes de terminar el vaso de cabernet, me decido a enfrentarlo…  en la mañana siguiente por supuesto.

 

 

Apenas me llega el ruido de su Kia Rio salgo a la puerta, me saluda parcamente y le hablo.

—Pablo, estamos haciendo todo lo posible para que puedas descansar tranquilo, pero parece que no podremos lograrlo. Considerá que nosotros tenemos una vida a la luz del sol y es imposible interrumpirla por diez horas todos los días. No me gustaría que termináramos peleados, así que tenés toda la libertad para conseguirte otro lugar si lo crees conveniente, menos ruido ya no podemos hacer.

Me observa con pena, aunque su voz se halla deformada por la ira.

—No pienso moverme de aquí, creo que te ayudé mucho cuando estudiábamos juntos. Solo pido comprensión y tranquilidad, hagan un esfuerzo por el amor de Dios. Te estoy pagando ¿no? ¿Que les pasa no le corre sangre por las venas? —agregó furioso y me apartó de la entrada con un manotazo.  

Comprendo que lo que cobra en el edificio es una miseria y que no conseguira sobrevivir si debe moverse de aquí. Es entonces por compasión que no digo nada y me quedo parado cuando se aleja refunfuñando hacia el dormitorio, para pegar luego un tremendo portazo. O tal vez es la imagen del bolso y sus cuchillos la que me inmoviliza, sellando mis labios…

Este no es ni remotamente el ser humano que yo conocí. En aquella lejana época Pablo era complicado, pero dentro de la normalidad y yo sabía bien como manejarlo. Algo traumático, algo terrible debía haberle sucedido por esos años en que estuvimos separamos. Un acontecimiento que lo hinchó de un odio y un resentimiento sin límites. Me propongo averiguar que es y minutos después llamó a San Luis, para hablar con un amigo en común que aun vive a cuadras de la casa de sus padres. Poco sabia Andrés, pues Pablo había desaparecido del vecindario sin dejar rastros y sus progenitores tampoco (como a mí en el pasado) le quisieron comentar nada, pero quedó que iba a averiguarlo y no tardaría en llamarme.

Mi mujer, mientras lavábamos los platos, me conmina (al borde de las lágrimas) a echarlo de nuestro hogar, a mas tardar en una semana.

 

 

Lo sabíamos bien, aunque no actué en consecuencia, tendría que haberlo sacado a la fuerza esa ultima mañana cuando le hablé, apenas bajado del auto, y me ignoró. Debería haber escuchado a mi esposa cuando me dijo que ya nada mas podíamos hacer para ayudarlo, que estaba tocado de muy mala forma y era una bomba de tiempo. Hoy ya es demasiado tarde, tarde para reflexionar sobre la llamada de hace segundos, en donde Andrés me informa que tenga cuidado con Pablo, que estuvo preso diecisiete años por un doble asesinato. Ultimó a cuchilladas a dos vecinos porque no lo dejaban dormir tranquilo. Tarde para conocer que la policia investigaba su posible conexión con los crímenes que se venían sucediendo en las pasadas semanas en el French Quarter, aquí en New Orleans. 

La enorme casa está vacía, estudió por vez final su querida fisonomía, ya no viviré más  aquí y duele el silencio. Lastima esa paz absoluta que Pablo tanto buscaba y que al fin consiguió anoche, cuando entre truenos y relámpagos de una tormenta temible, a las dos de la madrugada, un rayo iluminó su silueta saliendo de la pieza de los niños y deteniéndose bajo el marco de nuestro dormitorio. Cuando su daga ensangrentada centelló amenazante al alzarse sobre su cabeza, dándome el segundo exacto para ultimarlo de un par de balazos.

 

El quijote estuvo un poco negrito hoy, pero la vida no es todo color de rosa y hasta las rosas pinchan. Les prometo algo menos dramático para el domingo entrante...

Amanecerá y veremos pueblo querido.

W.G.G escribiendoles desde la capital del imperio que se desmorona.
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21 de julio de 2018 | 18:51
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