¿Es posmoderno ser posmoderno?

Se suele repetir que nuestro mundo se mueve a velocidades vertiginosas; en él nada consigue durar. Bajo semejante dinámica, seguir hablando de posmodernismo, caso que haya sido correcto adoptar la noción alguna vez, puede sonar incongruente. El término se viene utilizando desde hace varias décadas.

Se suele repetir que nuestro mundo se mueve a velocidades vertiginosas; en él nada consigue durar. Bajo semejante dinámica, seguir hablando de posmodernismo, caso que haya sido correcto adoptar la noción alguna vez, puede sonar incongruente. El término se viene utilizando desde hace varias décadas.

¿Cuántos cambios ocurrieron en el plano cultural o político desde 1979, cuando Jean-François Lyotard logró imponer esa palabra en la agenda mundial a través de un pequeño ensayo? Su intervención fue irritante para muchos, entre ellos Jürgen Habermas, quien se oponía a descartar el legado de la modernidad y abandonar sus promesas de emancipación, aún incumplidas, en manos de una propuesta que consideraba sólo neoconservadora.

La historia de la palabra “posmoderno” reconoce antecedentes incluso más remotos. Perry Anderson explicó que el español Federico de Onís la usó por primera vez en los años treinta para referirse a un declive del modernismo, la corriente poética impulsada por Rubén Darío. Desde entonces sufrió una variada evolución que involucró a poetas y pensadores de tres continentes hasta que, a comienzos de los setenta, se asentó con sorprendente éxito en la crítica arquitectónica.

Surgido de los debates estéticos, Lyotard proyectó el término como descripción de una mutación integral. Posmodernismo designaba una sociedad posindustrial y fragmentaria que había perdido toda confianza en las narrativas abarcadoras provenientes de la ciencia o de la historia, en particular en el relato marxista de la revolución. Pero un marxista, Fredrick Jameson, acabaría escribiendo el libro más ambicioso sobre el tema: Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío (1991). Allí se argumenta que la explosión tecnológica y la hegemonía de las finanzas habían fundado un paisaje social cuyo impacto alteraba, no sólo el entero espectro de las artes, sino también las identidades personales y las perspectivas políticas heredadas de los modernos. Poco después, Jameson declaró que nos habíamos acostumbrado a considerar más factible el fin del mundo que el fin del capitalismo. En cuanto a la cultura, se había vuelto otra rama de la economía.

Para la misma época, Francis Fukuyama ofreció una teoría, simple y abarcadora, acerca de la situación abierta tras la caída del comunismo real ocurrida en esos años. Ese hecho, afirmó, determinaba el ingreso en otro universo “pos”, esta vez poshistórico, en el cual la democracia liberal y el mercado capitalista fijaban los límites de la imaginación social: ningún programa de innovación factible podía desbordar dichas fronteras. Dentro de su perímetro cualquier cambio era posible, pero ninguno fuera de él.

Otro estadounidense, Arthur Danto, tradujo estas visiones a las artes visuales, terreno en el cual el posmodernismo estético acaso alcanzó su expresión más desenfrenada. El arte adquirió una irrestricta libertad al independizarse de los mandatos políticos y estéticos modernos que tanto influyeron en vanguardias y manifiestos. Los artistas ya no estaban obligados a encasillarse en una línea poética o práctica particular. El arte había ingresado en una etapa poshistórica donde dominaba el pluralismo. La atmósfera de la democracia liberal también se respiraba en el ámbito artístico, pero al precio de cierta indiferencia general y del sometimiento a los caprichos del mercado.

Lyotard escribió en una época sin laptops o gadgets (que desplazaron del imaginario al demasiado moderno automóvil). La Guerra Fría amenazaba, la gente llenaba los cines: parecen noticias muy arcaicas. ¿Está igualmente desactualizada la trasmutación radical que anunció en su libro? En Dibujando la historia moderna, su actual muestra en el Malba, el peruano Fernando Bryce exhibe más de mil obras organizadas en series que testimonian episodios históricos: el colonialismo europeo, el nacionalismo de su país, el Tercer Reich. Copia documentos, periódicos y anuncios con obsesión mimética. Su devoción melancólica se integra a la ironía pop. La modernidad queda expuesta como un archivo único de cultura y barbarie; ilusiones sociales que vienen del pasado transformadas en dibujos en tinta. Bryce acaso tenga buenas razones para rechazar el sello de posmoderno. Pero eso podría no tener importancia: nadie consigue escapar a su época.

Fuente: clarin.com
Opiniones (0)
27 de mayo de 2018 | 05:44
1
ERROR
27 de mayo de 2018 | 05:44
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"