El hombre al que parió el viento

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

 El viento chiflaba entre las copas de los aguarigay que rodeaban el gallinero. Acompañaba su melodía, el retintinear de las hojas recién nacidas, alegres por la próxima primavera y el susurro de las cortaderas que abanicaban al rio. Un torrente de aguas danzarinas desbordaba la acequia llevándose la basura que tapizaba el fondo. Había turno de riego ese amanecer en la  finca de San Pedro del Atuél, transcurría manso aquel  catorce de septiembre.

Una hectárea de pasto ralo por aquí, media de pimientos y tomates recién plantados por allá.   Delante del humilde rancho, a unos 20 metros, dos viejos tamariscos, un ciruelo y un nogal. Tras el chiquero, una huertita con retoños de acelgas, papas, lechuga y zanahorias. Contra la huella, del lado derecho de la entrada,  eucaliptus, de la izquierda membrillos intercalados con manzanos. Dos chocos somnolientos descansando al reparo de la ramada y a solo un par de metros del mala cara atado bajo un parral, unas diez  gallinas picoteando granos de maíz.

Calma envolvente, solo matizada por los rumores de la naturaleza. Tranquilidad a punto de quebrarse, por lo menos en aquella alborada en que comienza mi historia y termina la de él.

Francisco Bravo se sentó, recostándose contra la parte exterior de la pared de adobes, junto a la esquina que apuntaba a la tranquera. Unas mierdas de paloma se adosaron a su bombacha, ni se inmutó, su atención era captada por las movedizas sombras que se desplazaban tras los eucaliptus linderos a la chacra.

 Un minuto antes estaba desayunando, la Telma y las niñas dormían y él se cebaba unos mates mientras mordisqueaba un pedazo de pan casero. Se hallaba preocupado por la fiebre alta de la más chica, tendría que llevarla al doctor. Allí presintió el final, fue en el instante previo a que el pocho, su peón adolescente que dormía afuera, lo alertase y comenzaran a ladrar los perros. No fue el ruido, sino su total carencia. Por unos segundos el mundo fingió detenerse. Se acalló el cantar de las chicharras,  cesó el crickear de los grillos y el llanto de las ranas. Si hasta su padre el viento pareció aguantar la respiración. Pegó un salto y a la carrera se puso el sombrero, se anudó el pañuelo y agarró las dos pistolas, calzándose el cuchillo en la espalda. El barullo despertó a su mujer, le hizo señas que se refugiase en el fondo con las niñas y cerrase la puerta. Aunque sabia que venían a buscarlo solo a él, siempre existía la posibilidad de una bala perdida alcanzando un inocente.

Se arrastró un metro y asomó la nariz pispiando el panorama, ahora los veía mejor, eran mas de diez uniformados los que se cubrían tras los arboles. Pensó que estarían planeando la forma de cercarlo. Había uno mas alejado, como ajeno a todo, un civil, creyó reconocer su figura.

 

Desde el tiempo en que comenzó a deshilvanar las horas mas álgidas de su vida supo cual seria su destino. No se ilusionó con epílogos de héroe popular llevado en andas por el pobrerío, ni tampoco con desenlaces tranquilos rodeado de sus seres amados. Comprendió que el frio metálico de una bala cerraba su camino. Vaya si estiró su final. ¿Cuántas veces salvó el pellejo por centímetros?, o mejor expuesto ¿Cuántas veces sus amigos los campesinos lo escondieron en sus ranchitos de barro y paja?, convencidos ellos de que protegían a una especie de santo, al salvador de los sin nada.

¿Quién, o qué realmente había sido? Desde el crimen primigenio, cuando le desarrajó un tiro al cabo aquel por un problema de faldas hasta el último asalto, pasó más de una década, tiempo en el que se le atribuyeron también hurtos y asesinatos que no cometió. Si bien al principio acunó los ideales anárquicos, la utopía de los pobres redimidos en esta tierra y no en el cielo, hoy era consiente que con el andar del almanaque se fue transformando en un delincuente, lisa y llanamente. Su aura de invencible defensor de los humildes le sirvió muchas veces para sus propios objetivos y hasta en una época se creyó un Robin Hood criollo,  llegando a regalar parte de sus fechorías a sus seguidores y disfrutando de todo ello.

Hubo un momento en que no pudo más, no fue tanto la persecución policial lo que lo hartó, sino la pesada carga de la fama. Sus hombros no resistieron el peso de la leyenda, una historia de súper hombre en la cual ya no creía, su realidad no se aproximaba, ni remotamente, a la imagen que los humildes tenían de él.  Se sintió vil, sucio y buscó el retiro, ilusorio al fin, porque los mitos populares nunca se jubilan, mueren inmolados en la causa. Buscó la paz en esa remota finca del sur provincial, se cambió el nombre y con la ayuda de quienes lo idolatraban en la zona, logró el anonimato por diez años. Se recibió de chacarero y vivió honestamente de esta profesión. Se casó, tuvo dos hijas y en ese espejismo asumido, fue verdaderamente libre y feliz por primera vez.

 

Observó el revolver apoyado en su falda, las chicharras cantaban de nuevo, estaba calentando, la brisa barría la humedad que en la noche se había adherido a la tierra. Transpiraba y no hacia calor, se secó con el pañuelo a cuadros que llevaba anudado al cuello y se hecho para atrás el sombrero, percatándose que su esposa lo observaba tras la ventana, con disgusto le indicó que se alejara. ¡Cuánto la amaba!, sobre todo por la forma incondicional en que lo había aceptado, sin preguntas, sin recriminaciones. Le ofrendó dos criaturitas hermosas que le pusieron sentido a sus días.

Tirado allí, comprendiendo que discurrían sus segundos postreros, se arrepintió de todo, del primer tiro y la década que vino después. Comprendió que nada, ni siquiera el fin más noble valía el sacrificio de vidas humanas. Se preguntó una vez más si su accionar había sido movido, en algún momento, por sinceras convicciones, o simplemente la vida lo terminó encajonando por un túnel sin moral ni ética, del que ya no pudo escapar.

 

Habían traspuesto la tranquera y se acercaban por atrás de la alameda con la intención de rodear el rancho. Podría salir a los tiros y con suerte llegar al mala cara y comenzar, una vez más, la huida. Pero ya no era el mismo quijote inconsciente de años atrás,  tanto él como su contexto eran diferentes. La romántica era de los bandidos rurales formaba parte de una historia ya escrita, de un pasado que nadie quería volver a revivir. Además no quería poner en peligro a las tres personas que más quería, a sus tres tesoros Estaba viviendo tiempo prestado y quería devolverlo de una buena vez. El rumor de pasos, los susurros entrecortados le indicaban que era hora.

—¡Qué hermoso amanecer! —murmuró clavando su vista en el rojizo horizonte sobre el rio. Con deleite aspiró el aroma de frutales y hierbas que le traía el viento. Los pájaros, haciendo caso omiso a los intrusos, le regalaban la última sinfonía.  A Francisco Bravo se le humedecieron los ojos y agradeció al creador por esos años finales en la finquita mendocina.

Le llevó una eternidad, le insumió un esfuerzo sobrehumano levantarse y salir corriendo hacia ellos. Llovieron plomos sobre su esmirriado cuerpo, pero dicen que el primero, el que acabó con su vida, inmortalizándolo, salió de su propia arma.

Cuenta la leyenda que, aunque ya muerto, la policía lo mismo lo perforó a balazos, tratando de borrar la amplia y generosa sonrisa. Rictus que  ni siquiera se desprendió de su rostro gringo, cuando lo velaban en la ciudad, en la sede del partido demócrata, llorado por miles de sus sufridos pobres.

 

No exijan mis lectores precisiones de tiempo, ni lugar, más allá de aquellas imágenes creadas en mi imaginación con la sola intención de forjar esta subjetiva crónica de la muerte y el nacimiento posterior de un mito popular tan nuestro, de Juan Bautista Bairoletto, el hijo del viento.

Amanecerá y veremos mi gente linda...
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27 de mayo de 2018 | 17:47
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