III AQUÍ ARRIBA TODO ES CELESTE Y LIMPIO

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.


Entré por la puerta de la cocina en puntitas de pie. Luciana lavaba ropa en el fondo y los niños no habían regresado del colegio. Tras entornar la puerta, bajé las persianas y me recosté panza arriba en la cama grande. Todavía sentía un ligero dolor en el área del ex apéndice, tres semanas después de la operación aun me costaba caminar con normalidad. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano a la tardecita y empezar a entrenar. Cuarenta y cinco días me separaban de la fecha límite para ingresar a los juegos y en cuarenta y tres se correría el selectivo final en Concordia. La chance final, no habia otra, esperaba llegar bien afilado, siempre y cuando no me sucediera otra desgracia.  Quería relajarme, analizar lo sucedido en el antro del manosanta. Lo recomendable seria no comentarle nada a mi esposa, no creo que lo entendiera. Nadie debía enterarse de lo acontecido esa mañana.

           Apagué el celular, abracé con fuerza el osito de felpa de mi hija, que habia recogido a la pasada y bajé los parpados. Buscaba proyectar en mi mente una imagen que me trajera paz, que me ayudase a descansar. Una y otra vez el desagradable rostro de la tarotista se me aparecía. Abrí los ojos inquieto, justo en el momento que sonaba el teléfono de casa y un instante después Luciana se aparecía y sorprendida al encontrarme, exclamaba:


           —Ah, llegaste, no te escuché. Mas tarde me contás que tal te fue en lo del medico. Ahora contesta el teléfono, te llama una tal Cristina.




—¿Quién es? —me preguntó fingiendo desinterés mientras me entregaba el tubo.



Le hice señas como que no tenia idea, tentado estuve de no contestar, pero no quería levantar sospechas en mi mujer, entonces me metí en el baño sin cerrar la puerta y en voz baja contesté:



           —¿Digame?


           —Luli, chiquito mio, —dijo la maldita, con ese aire paternal que me sacaba de las casillas— no me gustó lo que hiciste hoy. Empezamos el conjuro sin problemas y de repente desapareces sin decir ni mú. ¿Qué paso? La cosa no es así mi cielo. Tenés que continuar hasta el final. ¿Decime, sos consiente de la inmensa maldición que cuelga sobre tu cabeza? Esto no es un juego bomboncito. La cosa ya esta en marcha no podes interrumpirlo, seria fatal —agregó recargando la frase en la palabra fatal.




—¡Claro que puedo! Lo voy a hacer ya. ¿Sabe qué Cristina? No me interesa seguir con esta farsa. Nunca creí en su método. No se porque me arrimé a usted, seguramente el miedo es amigo de la ignorancia. Le ruego me disculpe haberla hecho perder el tiempo. Digamé cuanto salió el baño y la manoseada y no quiero verla más en mi vida. —acoté sacando valor no se de donde.



—No sé de que manoseada hablás. Lo habrás soñado, porque dormiste como un bebito por dos horas. En cuanto al dinero, la tarifa para estos conjuros tan complicados es de cien mil pesos, cincuenta mil ahora y el resto en cuotas. Si no abonas este monto, no solo tu vida, sino la de tus hijitos y Lucianita estarán en peligro —dijo sin que se le cayera una pestaña.



—¡Si… seguro loca de los mil demonios —exclamé reventando en un grito al escuchar que mencionaba a mi familia—¿Sabes que? No te voy a dar ni un peso. ¡Anda a cobrárselo a tu abuelita, estafador de cuarta, la puta que te parió!


           Corté la comunicación con tanta rabia que partí el aparato en dos, ya había logrado llamar la atención de mi esposa, la cual me miraba intrigada desde la puerta de la pieza.

Al principio la santafecina se destornilló de la risa imaginándose mi travesía por tierras de Cristina. No le hubiese causado tanta gracia si le contaba la versión completa, con franela incluida. Luego poco a poco la cargada fue transmutándose en reproche y con toda la razón del mundo. Solo un grandísimo idiota podría haberse embarcado en una insensatez así.



—¿No era que Lulito, el ateo, no creía ni en Dios ni en el Diablo? A la iglesia no me acompañas ni en pedo, pero a la primera crisis existencial salís disparado a ver a una bruja de cuarta. Bien hecho que te pase todo esto, por huevón —me recriminó alzando la voz indignadísima.



Cuando se cansó de la reprimenda, junto aire y se quedo mirándome con una expresión mescla de amor y lastima.



—Si te vuelve a joder, mi vida, la denunciamos de una vez. No te puede acosar así, vos no firmaste nada, va a terminar presa por tránsfuga la tipa esa… o el tipo, ¿Qué se yo que es?



—Tengo miedo que les haga algo a ustedes. A esta altura, estoy convencido que no solo habla de la maldición, sino que lisa y llanamente me está amenazando de muerte la desgraciada. Además no me gustaría que todo el mundo se enterase de esto. Seria una vergüenza total y capaz que los dos únicos sponsors que tengo se me piantan si se enteran. ¡Mierda mi amor! No sé que hacer. Tan cerca de mi gran sueño, los juegos olímpicos, y estoy hecho un desastre —sollocé con el cuerpo hecho un temblor, debajo mio el mundo parecía derretirse. Más aún cuando, tras encender el celular, leí el mensaje de Cristina: "Luli, si no cumplís lo acordado, vos o alguno de tus pequeñines van a sufrir en estos días un accidente gravísimo"



Escondí el teléfono de la vista de Luciana, ella me abrazó con fuerza, plantándome un tibio beso en la mejilla, tras lo cual desapareció sin decir palabra. Al rato volvió con mi ropa de entrenamiento y me la arrojó encima.



—¡Arriba campeón! No se vos, pero yo llevo tiempo preparándome para ese viaje a Londres y no me lo voy a perder por nada del mundo. Ser la esposa de un olímpico no es poca cosa ¿no?.



La miré inventando una sonrisa, a la vez que pensaba si en verdad Cristina sería capaz de hacernos daño, o si al menos juntaría corage para denunciarla antes de que esto sucedise.

 

                                                          EPÍLOGO


Me muevo entre nubes blancas, grises, esponjosas y suaves. Sigo ascendiendo hacia el sol. Abajo se va quedando mi gente, mi tierra. Desde lo alto bajan rayos que inundan mis pupilas. Escucho música clásica, como de arpas, chelos y violines. Me siento liviano, pletórico de energía.





No creí que todo iba a terminar así, la cosa se me complicó terriblemente. No entiendo como pude pensar, ni siquiera un segundo, que la bruja travesti podía salvarme. La solución estuvo todo el tiempo enfrente mio, adentro mio. Mis hijos, mis padres y sobre todo Luciana, ellos eran en quienes debía apoyarme, no en la gran maestra mafiosa. Fui perdiendo la confianza, minando mi autoestima, ahogandome en un poso depresivo. Creo que mi estado de ánimo fue como un imán para los accidentes y poco a poco se fueron transformando en una obsesión insoportable, en un tirabuzón hacia la nada.





Ahora, aquí arriba, todo es celeste y limpio. Por donde mire solo se ve el aire infinito. Tiempo que no disfrutaba de una paz tan grande. La melodía me adormece, obligándome a bajar los parpados. Continúo subiendo. Atrás dejo los meses mas horrible de mi vida.





En el presente están este avión y Londres. Vuelo hacia la capital británica, los juegos me esperan. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me duermo feliz, sintiendo la cálida mano de Luciana que envuelve la mía, Cristina ya es historia y se pudre tras los barrotes...

Hasta el domingo que viene mi sur querido. Amanecerá y veremos...












El hecho que me inspiró para escribir el relato anterior sucedió en Paraná meses atrás. La tarotista Cristina realmente existe, por suerte (y por ahora) no lee más el futuro ni quita maldiciones. Un deportista hizo la denuncia, lo del triatlón y los juegos olímpicos son agregado mio.
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18 de agosto de 2018 | 04:09
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