Una abuela de campo, como tantas

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Alguna vez esa finca escondida en Real del Padre fue parte de la gran finca de Juan.  Conoció vides lustrosas y altivas, membrillos centenarios, durazneros y damascos a la vera de las acequias que daban color al paisaje.

Juan trabajó solo la tierra y pudo con su esfuerzo dar de comer a 6 bocas, junto a su fiel compañera Claudina.  La suerte quiso que a Juan se lo llevase pronto la muerte, y así sus hijos, ya adultos, se repartieron la tierra dejándole a la viuda el terreno del fondo.  Como para protegerla del mundo, y en complicidad con árboles y perros, cobijaron a su madre en la casa de atrás, a varios metros de la calle principal que llevaba al pueblo de doscientos habitantes.  Sólo se podía llegar a ella pasando por un callejón de tierra junto a las casas de dos de sus hijos, quienes cuidaban con celo el acceso al lugar.  Desde que se quedó sola, cada día fue uno o varios de sus hijos y nietos, a “darle una vueltita” para ver si estaba bien, si tomaba sus medicamentos, si no le hacía falta aceite, o azúcar o se le había acabado la leña para cocinar.  Y es que no era un esfuerzo ir a verla, era un placer. 

La abuela Claudina se levantaba con los primeros rayos tiernos del sol, salía a darle de comer a las gallinas y regar la huerta. Su cara de muñeca cubierta bajo el ancho sombrero de paja, el cuerpo enfundado en un vestido harapiento. Tan delgada y frágil, que sus pies se separaban de la tierra, parecía flotar.  Como un espíritu etéreo de patitas chuecas revoloteaba entre sus plantas, buscando con sus manos huesudas algo comestible para la comida del día, espantando un insecto con suavidad, conversando por lo bajo con sus perros que la seguían a todas partes. 

Sus mejillas, suaves como las de un bebé, se sonrosaban al ver llegar a sus seres queridos, y al besarla –cachete derecho y cachete izquierdo, como se hace en el campo- podías oler el perfume de su cuerpo, mezcla de jabón y tierra, mate y galletas de anís.  Clavaba sus ojos oscuros y vivaces en los tuyos con curiosidad y cariño, y con una sonrisa eterna en los labios  sabía hablar de amor sin pronunciarlo.

Era sin duda feliz, a su manera, sabia en su ignorancia. Su pobreza no era tal, pues tenía todo lo que necesitaba para vivir.  Su conformidad con la vida que le tocó vivir, la aceptación de Real del Padre como su lugar en el mundo, no le llegaron por la vía religiosa, ni fue producto de sueños frustrados.  Su amor ancestral por la naturaleza y la certeza de ser parte de ella, fomentaron su alegría de vivir y el respeto por todos los seres vivos.  Fue esa toma de consciencia, llegada como halo tibio de la vejez que se coló en su cuerpo una noche cualquiera, de que la dicha diaria de ver salir el sol tantos veranos no sería para siempre, y que debía disfrutar cada segundo de sus días.

En la casa humilde de tres habitaciones, cocina a leña, piso de baldosas rotas y perros flacos durmiendo en los rincones, vio Claudina pasar los años y agradeció cada día que le tocó vivir.  A su lado pasé varias tardes con mi hermano, cuando mi madre nos llevaba a  Real del Padre, su pueblo natal, y nos dejaba con ella mientras hacía otras visitas que a nosotros nos aburrían.  En los días fríos de invierno hacíamos juegos al lado de la estufa, de esos que sólo se hacen con las abuelas en el campo, cantando, con piedritas, con una moneda, “al Don, al Don, al Don Pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego”, y otros más que ya no recuerdo, pero si la emoción, las risas, el ambiente relajado y feliz.  

En mis sueños la veo flotar por la casa que la vio vivir y morir, un rayo de luna brilla en su pelo de nieve, los perros lamen sus pies desnudos y en las noches de tormenta, el viento furioso bordea con esmero su finca para no asustarla, acariciando apenas el flanco de los viejos álamos y las largas ramas de los sauces llorones.

Una abuela de campo como tantas de nuestras fincas, alemanas, rusas, criollas, que viven y mueren serenas y cuando ya no están, nunca se han ido del todo.    

 

Escrito para ustedes por Elisa Greulach, mi sancho flaco, desde Frankfurt, Alemania.

 

Cuantos no se sentiran representados por estas bellas letras, ¿no?

 

Amanecerá y veremos Real del Padre, este domingo te lo dedicamos, pueblo querido y felicitaciones a Omar Alonso Camacho por su Real del Padre: Tierra de pioneros y colonizadores, Un testimonio imperdible de la historia de uno de nuestros distritos mas representativos, no se lo pierdan.
Opiniones (1)
24 de junio de 2018 | 18:32
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24 de junio de 2018 | 18:32
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  1. A la vuelta del tiempo veo el caminar de Doña Claudina, tan bien contada por la autora como volver a estar
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