Los negros de mi país

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales

    Ser un negro de mierda en mi país es cosa brava... pero ser sólo un negro es también bastante fulero. Pero quiénes son los Negros en mi país? (permítanme que los ponga con mayúsculas)

    Los escucho nombrar desde que nací y sigo sin tenerlo claro. En los tiempos que corren, decía un amigo mío, cada vez más gente tiene mayor poder adquisitivo: “llegan las chancletas Crocs originales a San Rafael y si no vas enseguida a comprarlas no quedan más!” Y en sus ojos se podía leer el temor: “ya pronto no nos diferenciarán… si los negros pueden usar lo que yo uso, comprarse el mismo celular, ir al mismo restaurante, adóndevamuapará, papᔠ.

    Mi hermana me cuenta que un día, después de una tarde pasándosela bien con su hija de 6 años en San Rafael, quiso parar a comer camino a casa unos ricos ravioles caseros con tuco en un conocido restaurante saliendo para Malargüe, a donde íbamos seguido desde hace años ya que la comida es de muy buena calidad.

Al parecer el restaurante, aunque sencillo y de mobiliario muy elemental, se ha hecho un nombre entre la gente que gusta de comer bien, entre los que se cuentan asiduos comensales adinerados con sus respectivos coches representativos. El coche que tenía mi hermana no era representativo…ella es de las personas que están por encima de los símbolos de status. Era un humilde cochecito de origen alemán que cumplía estoicamente su deber de no dejarla nunca tirada con su pandilla de niños por algún desperfecto.. Cuando los años le avisaron que ya era hora de irse a descansar, dio claros avisos para que de a poco lo pasaran a mejor vida.

    Se bajó de su modesto autito -polvoriento como le corresponde a un coche de finca-, entró al restaurante y preguntó al conocido señor del local “¿dónde podemos sentarnos?”, él contestó “lamentablemente está todo reservado” (el 80% del local a esa hora estaba vacío); ella: “ah…pero comemos una pasta y nos vamos, estaremos tres cuartos de hora como mucho”, y él, “no, lo siento”. Ahora mi hermana Suberbuller se empacó y no va más… sobra decir que nosotros sus íntimos nos solidarizamos con su (justo) enojo y tampoco vamos… los 20 y pico que somos. Y eso que ella ahora tiene un coche con status! De esos oscuros de patas gordas y muy brioso, el dueño del restaurante estaría orgulloso de verlo estacionado ahí! La pregunta es: ¿la habrá considerado una “negra”? ¿No la reconoció porque no iba vestida de señora pudiente ni en un auto por lo menos nuevo?

    En un banco de San Rafael (permítanme que lo escriba con minúscula) esperan en una cola cerca de 15 personas, entre ellas un señor rengo, setentón él, con gesto de resignación; una señora gruesa y también mayor le sonríe comprensiva, apoya las bolsas que lleva en el piso, y comenta con una sonrisa: “bueno, al menos aquí tenemos aire acondicionado!” . Un empleado de inmaculada camisa blanca, corbata a rayas y peinado para atrás, estilo galán italiano venido a menos, sale de una mampara que separa a la oficina de la gente que espera, y busca con la mirada a la señora de cartera cara, peinado y maquillaje perfectos, y la llama con una señal de su mano. La señora pasa al lado de toda la gente con premura, la mirada gacha por un soplo de decencia que se coló por milagro, a que la atiendan primero.

    Del otro lado del mundo en un tren en Baviera pasa el guarda controlando los billetes de los viajeros y en cada fila saluda “buen día”, y luego de controlar cada pasaje “muchas gracias” (en Alemania se dice en casi cada frase gracias o por favor, fíjense esos alemanes que tratan de hablar castellano si no dicen “porg faporg” o “kratzias” cada 10 segundos) (y no es que nosotros no seamos agradecidos, nosotros lo decimos en el tono y con la sonrisa), y sigue de largo. El chico veinteañero sentado a mi lado era negro, delgado, de hermosos dedos largos, seguramente de la esquina Etiopía-Somalia, donde los africanos son bellos y esbeltos como estatuas de ébano. Llevaba ropa limpia, una campera de cuero, el pelo corto y los zapatos lustrados, tenía la mirada humilde de los que se saben segregados y prefieren pasar inadvertidos a despertar escozores. Cuando llegó el turno de controlar su billete, el guarda no lo miró a la cara, le devolvió el billete con gesto brusco y sin decir palabra siguió caminando. En los ojos del muchacho revoloteó una paloma triste. Y bajó la vista.
 
    A este punto ya coinciden conmigo en que el ser negro es una actitud, que no tiene que ver con el color de piel, ni con rasgos indios, ni con el estrato social. En la película de Ghandi, cuando sube él a un tren -abogado recién recibido, vestido de traje y corbata- y se sienta en primera clase, acorde al pasaje pagado, los guardas de Sudáfrica, que lo echan a patadas y empujones del vagón por ser indio, son más negros que él.

    Mi infancia la pasé al lado de una Negra, que hizo las veces de madre, de abuela, de compañera de juegos; me trajo los remedios cuando tenía fiebre y me abrazó cuando lloraba, me reprendió con dureza cuando robé unas monedas y me enseñó con su ejemplo que el hombre de razón no roba jamás un cobre, pues no es vergüenza ser pobre y es vergüenza ser ladrón.

    Mi hermana quiso ayudarle a una chica a encontrar un trabajo como administrativa o secretaria, quien justo terminaba el secundario con excelentes notas, a la vez que trabajaba de empleada doméstica para ayudar a su familia con las finanzas. Le preguntó a un empresario conocido si no necesitaba a alguien como ella: fiable, inteligente y amable. Su respuesta fue: "eeehh...., yyyyy..... no!, no necesito a nadie, pero mirá, sé realista! Con esa cara de india va a ser difícil que la tomen en algún lado!

    Muchos Negros podrían enseñarle una lección de humanidad y respeto a más de un "NO-Negro" remilgado y arrogante. Si nuestra motivación es que no "haya tanto negro" embarrando nuestra comunidad, por qué no nos miramos para adentro y luego de descubrir nuestra propia escoria humana nos preguntamos quién es más "negro"?

Elisa Greulach, mi Sancho flaco.
 
Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar.  
Gracias POETA y hasta siempre...

Un abrazo infinito para todos, amanecerá y veremos San Rafael de mi alma...
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21 de mayo de 2018 | 16:26
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