Estrellas caídas sobre el pasto

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales

Otro atardecer más en Cuadro Benegas, uno de los últimos de mis cortas vacaciones, aquí de este lado del mundo, donde el sol quema fuerte por el día y el fresco de la noche invita a cobijarte en los afectos de tu gente.

Duele la despedida a veces y en estas fiestas, siempre tengo un recuerdo lloroso que lleva nombres, el de mis padres, que se fueron demasiado pronto, y sin embargo están aquí, su nostalgia inspirando estas palabras. 

Mi nostalgia también lleva tu nombre Walter, vos que sos tan argentino, que el inglés no te va, allá tan lejos, tus viejos aquí con más y más canas, y vos sin un horizonte que te abra el camino para venir a abrazarlos una vez más, un rato aunque sea. Los vi en Navidad, tu viejo no envejece, esa alegría calma de ver la vida no lo abandona, qué suerte... es muy compañero de tu madre, ella se aferra a su brazo cuando camina, lento, como esa canción de Piero.

Ella tiene una sonrisa dulce, me da la impresión de que es cada vez más dulce... será porque está en paz, consigo misma y con el mundo. Si, así los veo a los dos, y me dieron ganas de decírtelo: están bien. A través de tus escritos deben sentirte muy cerca… y después de todo, es mejor quererse a la distancia que estar cerca y no quererse. 

En Cuadro Benegas huele a nuestra infancia, la de Jaime Prats. O será que a mí me huele así mi tierra, que es la tuya.

 Huele a eucalipto - caramelo campestre, azúcar envuelta en una hojita por una mano de abuela; a cedrón -hecho té en el letargo de la siesta, a durazno- de color rosa, como la mejilla de una niña campesina, dulce como el primer beso, húmedo como una noche de amor.

 Huele la tierra, que aplasta la tormenta de verano salvándonos del polvo que se niega a apaciguarse, al laurel oscuro que nos regala su sombra, a orégano, como aquel de las mitades de tomate con huevo frito y pan, que nos daba la abuela tantas veces de cena a una camada ruidosa de primos, en la cocina larga con la heladera ruidosa, sobre la vieja mesa de madera.

Huele también la viña, y los álamos, que nos cantan su canción de cuna a la luz de la luna y nos asustan en las noches de tormenta, sacudiéndose con fuerza como altos fantasmas enojados.  En esta mi nueva humilde casita de Benegas, veo esconderse el sol tras la precordillera de los Andes. ¿Podés imaginarte el paisaje, verdad? ¿Escuchás los grillos y las chicharras que ya empiezan a cantar? ¿Sentís a los teros? ¿Oís las hojas de los álamos, como las hamaca la brisa? ¿Ves las nubes lilas y rosadas jugando a la escondida con los cerros más altos?

Dentro de una hora, cuando caiga la noche, vendrán los bichitos de luz a salpicar el pasto como estrellas caídas del cielo.
 
Luciérnagas de las noches mendocinas...tengo miedo de que un día sean sólo un recuerdo colgado en mi memoria.                                             

por Elisa Greulach Elisa,

 “La flaca”, ha sido y será siempre mi prima predilecta. Hija de dos seres humanos extraordinarios, Hilda, ex directora de turismo de San Rafael y Federico (el rengo), hermano de mi viejo, por muchos años dueño de Pulverizadoras Pehuenche.Vive desde los ochenta en Alemania, actualmente reside, junto a sus dos hijas, a unos pocos kilómetros de Frankfurt. Como podrán apreciar, también desgasta el pasatiempo de garabatear ideas y sentimientos y aunque no los hace público (hasta ahora), se defiende bastante bien, mejor que yo podríamos decir.

¿Qué les parece si desde hoy la incorporamos como colaboradora del quijote verde,  como una especie de Sancho flaco.

¡Desde ya bienvenida flaquita de mi alma!

Nos vemos el domingo entrante amigos del sur mendocino. Amanecerá y veremos…
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21 de agosto de 2018 | 17:10
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