Deep Purple en Mendoza: llevo en mis oídos la más maravillosa música

Otra mirada: Roberto Pérez, el columnista de los sábados en "Cosa seria", fue invitado por MDZ al recital de Deep Purple. Depurplero como es, deja aquí su particular mirada sobre lo que fue el esperado show.

Releo la nota al gran bajista de Deep Purple (Roger Glover) que este diario publicara ayer: "Me sorprende que sigamos en esto después de tanto tiempo", dijo ese capo. Pues a mi no me sorprende ni un poquito, y menos después de escucharlos en vivo. Porque todos y cada uno de los miembros de esta leyendaria banda nacieron para lo que están haciendo, y no hay vuelta que darle. No debería sorprender a nadie, menos a uno de los protagonistas de esta especie de milagro de permanencia e integridad artística que se llama Deep Purple, nombre tan significativo para ya tres generaciones de amantes de la buena música.

Veamos: la tensión en el Bustelo podía palparse, si bien la concurrencia (y el lugar, y el espectáculo por verse) no planteaban a priori mayores turbulencias…somos grandes…”Reina una tensa calma” se podría decir de la espera, por usar un termino que nunca nadie uso en periodismo…

Y arrancó el asunto, con puntualidad absolutamente inglesa y a caballo de la historica “Highway Star”, seguido por la no menos energética “Hard Loving Man”, y rematando con “May be I’am a Leo”, como para que tengamos. Luego de un amable saludo/arenga de Ian Gillian, nos tiraron los aires arábicos y los riffs serpenteantes de “Rapture of the Deep”, y varias cosas empezaban a estar claras.

Por ejemplo, que al guitarrista Steve Morse el puesto del legendario Ritchie Blackmore no le queda para nada grande, mal que les pese a los puristas nostalgiosos. O que ese señor mayor que se sienta tras la batería y más que un abuelo parece una abuela (Ian Paice) es capaz de aflojarte los dientes con cada redoble, por ser uno de los mejores bateristas de esta galaxia. Por su parte, otro señor mayor y con pinta de jubilado de Woodstock, Roger Glover, manipulaba el bajo de manera que más que con los oídos lo sentías en las tripas. El cantante Gillian está intacto, si bien economiza todo lo que puede sus inolvidables sobreagudos, lo cual es comprensible en vista de sus más de 60 almanaques. Tampoco se mueve mucho, pero ni en sus mejores épocas juveniles fue un frontman estilo Mick Jagger; no hace falta.

La sucesión de maravillas siguió con “When a blind man cry”, una canción tan hermosa como triste que tuvo un protagonismo total del sonriente Morse, quien ha terminado por ser un ídolo de todos los presentes, excepto de los guitarristas, quienes si hubieran podido mover la boca (el asombro les impedía cerrarla) seguro lo hubieran insultado mucho, por envidia nomás. Con la intro de “Lazy” supimos que el tecladista Don Airey está a la altura de las circunstancias. Hizo un solo que nos recordó tanto a Keit Emerson como a Rick Wakeman, y luego tocó el resto de la canción como el mismísimo e inolvidable Jon Lord, tal vez un tanto más blusero y algo menos sinfónico, si nos ponemos en detallistas. Poco después pegó un solo con referencias a Ginastera y Piazzolla que fue el equivalente a revolear una camiseta de la selección argentina pero sin la demagogia barata que eso implica, y consiguió meterse en el bolsillo a todo el público.

Con “Perfect Strangers” (otro hit) Morse siguió haciendo pequeñas maravillas en cada nota, sobre todo en la intro y en un contrapunto con el tecladista que casi derrite los equipos. Obviamente y tal cual se esperaba, la apoteosis llegó con el himno “Smoke on the water”, coreado hasta la ronquera por todos los presentes, debidamente alentados por Gillian. Luego de unos pocos temas más, (que incluyeron el igualmente clásico y coreado “Black night) llegó el saludo casi final, porque lógicamente faltaban los bises; en realidad, lo que hubo en ese concepto fue una versión muy alargada, casi zapada y bastante zarpada de “Hush”, primer hit de la banda allá a fines de los años 60, que comenzó con un descomunal solo de Glover, apoyado apenas por Paice, y nos hizo pensar de qué planeta venía ese barrilete cósmico que descosía el bajo.

En fin: un concierto alucinante, de esos que se recuerdan toda la vida.

Comentario aparte para el sonido: impecable. Y para la concurrencia: una verdadera “Convención de músicos mendocinos” (no faltó nadie) y mucho cincuentón, cuarentones con familia completa (incluso niños de 10 a 15 años), treintañeros de elegante sport, y parejitas veinteañeras, confirmando que Deep Purple en Argentina es un sentimiento, y que saltaron hace ratos todas las vallas generacionales; y de género, porque con ellos no alcanza con hablar de “Rock”. Es una música fabulosa, y punto.

Algunos comentarios escuchados a la salida: “Mañana publico en Napsix un aviso que diga ‘Vendo batería en buen estado’…no merezco tocar más”; “Menos mal que no me metí en ese curso que me ofrecieron ‘Aprenda a tocar el bajo como Roger Glover en 3 meses’…me parece que era un verso”; “¿Cuántos dedos tiene Steve Morse?”; O “Casi se me saltan las lagrimas cuando tocaron ‘Humo sobre el agua’. Por varios meses no voy a poder creerlo, por más que haya sido cierto y lo haya visto”.

Así fue, amigos. Nosotros estuvimos ahí. Y al que no fue, mis más sentidas condolencias.

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25 de mayo de 2018 | 04:34
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