¡Vote Lista Púrpura! (viene Deep Purple a Mendoza…)

Nuestro columnista Roberto Pérez no pudo abstraerse del fenómeno que está a punto de llegar a nuestra provincia y nos cuenta una parte de la historia de una de las bandas más grandes que ha dado el rock mundial.

A ver: el 19 de este mes, tres generaciones de los que no tenemos un cubanito con dulce de leche en cada oreja tendremos una cita de honor en el Auditorio Ángel Bustelo. Es que llega Deep Purple, una de las bandas emblemáticas, y me quedo corto, del ROCK (así, con mayúsculas) de todos los tiempos.

Pensemos: aparecen en Inglaterra y su primer disco, “Shades of Deep Purple”, data de ¡1968!, cuando The Beatles aún estaban juntos, los Rolling Stones eran unos mocosos con mucho por demostrar todavía, y un año antes que se editara el primer trabajo de otros pibes que pintaban muy bien y algún recuerdo dejarían: Led Zeppelin. En aquellos años locos comenzaron abiertamente volcados a una psicodelia pop muy en boga, tanto que en la misma onda se enrolaban otros que después partirían rumbo al infinito y más allá (Pink Floyd, por mencionar alguno). Luego de cambiar al cantante y al bajista originales llegó el tercer trabajo, quizás el más ambicioso de toda su carrera: El “Concierto para grupo y orquesta”, compuesto por el gran Jon Lord, erudito de la música clásica tanto como rockero feroz. Lo grabaron en el Royal Albert Hall de Londres con la orquesta filarmónica de esa ciudad, y quedó plasmado en uno de esos tantos discos que he tenido en vinilo, luego en casete, más tarde en CD y ahora en MP3, como para no escaparle. Lo mismo me ha pasado, hay que decirlo, con casi todos los de Deep Purple. Y de otros muchos.

Ahí debutaron dos de los que veremos en esta pampa seca: el vocalista Ian Gillian y el bajista Roger Glover, estableciendo así la formación conocida como “Mark II”, la más exitosa de la banda. Ellos y el eterno batero Ian Paice son hoy la columna vertebral e inconmovible de este monumento al rock que veremos tan de cerca.

Hasta ahí, todo más que bien. Pero la explosión fue en 1970, con “Deep Purple in Rock”, disco que me sé de memoria. Si yo tocara algún instrumento, agarrate... pero cuando me dan una pandereta desafino, así que no hay peligro. Con semejante discazo se olvidaron para siempre de los aires psico-pop de las primeras producciones, y del sinfonismo por un buen rato. Allí encontramos himnos duros como “Speed King”, temas que rozan lo conceptual, tan recurrente por aquellos años gracias al rock progresivo (el desgarrador “Child in time”) o canciones en las que luego abrevarán todos los que se colgaron, cuelgan y colgarán el cartelito de “heavys” (como por ejemplo “Bloodsucker”). Resumiendo, un disco indispensable. 



 
Después del tan fuerte como volado “Fireball” de 1971 (donde con las extensas “The mule” y “Fools” muestran un lirismo infrecuente para este tipo de bandas) llega la consagración global en 1972 con un disco que nadie pudo ignorar, ni siquiera aquí, atorados como estábamos por el oscurantismo onda Triple A y las trabas al arte en general, ni hablar si era foráneo: “Machine Head”, el que los lanzó al Olimpo de los grandes. Ahí estaba el que luego fue consagrado como el mejor riff de todos los tiempos, el de “Smoke on the water”, esa canción que se les adosó como una estampilla, el equivalente a “Satisfaction” para los Rolling Stones, lo que nunca jamás podrán dejar de tocar en ningún concierto, so pena de linchamiento. Una muy simple sucesión de pocas notas que han sido algo así como la iniciación obligada de todos los que intentaron alguna vez pulsar una guitarra para tocar algo que no sea “Zamba de mi esperanza”. El jazzero “Lazy”, el adelantado a su tiempo “Highway Star” (prefiguración del rock industrial, pero sin maquinitas raras) y el frenético “Space Trucking” completaban un rosario de temas tocados con virtuosismo desinhibido, grabados impecablemente y establecidos en el inconsciente colectivo roquero como marcas indelebles.

Paréntesis muy personal: la primera canción absolutamente roquera que escuché en mi vida se halla en ese disco: “Pictures of home”, donde me anoticié que un bajo podía sonar así, que una batería podía hacer “¡eso!” (escuchen el inicio de ese tema, justamente), que unos teclados eran capaces de crear semejante clima, y que una vulgar guitarra eléctrica podía percibirse como si un viento huracanado te abriera todas las ventanas de golpe. Esto habrá ocurrido un par de años después de editado el disco en Inglaterra (recordemos que en ese entonces los vinilos extranjeros tardaban hasta un año en llegar a estas costas) y desde entonces la música no fue lo mismo para mí. Me gusta desde que tengo uso de razón y de antes también, pero a partir de ese momento se transformó en materia de lectura, análisis, recopilación, investigación, conversación y casi te diría obsesión. De modo que hoy puedo decir que de música cazo bastante y tengo deliciosas joyitas sonoras en mi haber; no solo de rock, si no de varios géneros, diversos estilos y épocas. Pero todo partió de ahí: de escuchar por pura casualidad (a los 13 años) un demoledor solo de batería que iniciaba un tema de esos que no se empardan. Y era de Deep Purple.

Poco después, las tensiones entre el cantante Gillian y el superguitarrista Ritchie Blackmore no se soportaron más, y el vocalista (junto al bajista  Glover) partió a otros rumbos. En las siguientes dos décadas llegaron David Coverdale y Glenn Hughes, se fue Blackmore y en su lugar entró el joven Tommy Bolin, que murió poco después, volvió Blackmore, volvieron Gillian y Glover, se fue Gillian otra vez e ingresó Joe Lynn Turner, se autojubiló Jon Lord (hoy reemplazado por Don Airey, a quien veremos en acción) y no sin que otros genios de las seis cuerdas pasaran por ahí (como Joe Satriani) finalmente Steve Morse se quedó con la guitarra y la formación se estabilizó por más de diez años. Entre tanto ajetreo, dejaron discos para la historia.

En una rápida enumeración, tiro los nombres, para que en caso que no los tengas, te los consigas a como de lugar: Además de los ya citados, manotea “Burn” (el primero con Coverdale y Hughes); “Made in Japan” y “Made in Europe” (dobles en vivo, cada uno con distinta formación pero la misma energía y virtuosismo); “Perfect Strangers” (el del primer retorno de Gillian y Glover); “The battle rages on” (último con Blackmore en la guitarra) y “Flying in a Purple Dream” (doble con Satriani). No olvides los discos considerados “malditos” hasta por los propios músicos, dadas malas críticas o flojas ventas, nada de lo cual desanimó a nadie, porque igual son sensacionales; estos tipos no pueden hacer un mal laburo ni a propósito. Por ejemplo, “Strombringer” (segundo con Coverdale y Hughes) donde coqueteaban con el soul y lograban seducirlo; “Who do we thing we are” (con la formación “Mark II”, pero hecho por compromisos contractuales  ya que los miembros de la banda casi ni se hablaban entre ellos. No obstante, el talento fue más fuerte que las desavenencias y pelaron un clásico: “Woman from Tokyo”, y un tema que de tan bueno asusta un poco, el tremendo “Rat bat blue” con  una tarea superlativa de Paice en la bata y Lord en las teclas); o el bien raro “Come taste the band”, único disco de estudio con el finado Tommy Bolin en la viola, que incluye varias pequeñas guerras vocales entre Coverdale y Hughes (que tampoco se soportaban) y ciertos tracks finales bellisimos, voladísimos y alguno con una melancolía que presagia tristes finales, como el exquisito “This time around”, hecho solo con los teclados de Lord y la voz de Hughes.

Para seguir el festín se aconsejan los más recientes, con Steve Morse en la guitarra, a quien veremos sacándole chispas en el Bustelo. “Purpledicular” (1996), “Bananas” (2003) y “Rapture of the deep” (2005) alcanzan perfectamente para saber de qué estamos hablando. Y esto es: una banda de fabula, con una historia de 42 años de escenario y estudio, compuesta por instrumentistas que están entre los mejores que puede proveer la raza humana, y que hacen una música que partiendo del rock es mucho más y resiste tanto las etiquetas como el paso del tiempo. De hecho, han vendido unos 100 millones de copias en total, sumando sus 18  discos de estudio y en vivo. ¿Qué tal?

En fin, ya vino otra leyenda (Yes, y yo no fui por seco), estuvieron el supermúsico Tony Levin y The Cult, una banda para sacarse el sombrero aunque te vuelen el jopo. Y ahora esto, nada menos que Deep Purple.

¿Estará cambiando algo en Mendoza, o estoy crazy?


Tal vez, todo tenga una sola explicación: Internet, que hace que las ventas de discos tiendan a desaparecer y los músicos deban salir por los caminos a transpirar la camiseta como nunca antes para ganarse el sustento y bancarse los vicios.

No vayamos a creer que estos bichos grosos vienen porque somos así de bonitos…Como sea, el 19 a las 22 hs. todos al Bustelo. Están avisados.

Opiniones (2)
24 de mayo de 2018 | 15:09
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24 de mayo de 2018 | 15:09
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  1. EXCELENTE Y COMPLETA LA NOTA, CUANTA NOSTALGIA Y CUANTA FALTA DE GUITA DE MI PARTE PARA DISFRUTAR DE TAN BUEN EVENTO. LOS QUE PUEDAN.... DISFRUTE POR MI DE ESTOS MONSTRUOS
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  2. Muy buena nota, capo. Se te cae la chapa de fana, pero eso es lo q te justifica hacer un reporte bien completo de una vida llena de buen rock.
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