Un matemático explica "por qué los economistas siempre se equivocan"

Se trata de Steven Keen, economista matemático australiano de formación marxista que ha trabajado en los últimos años en modelar matemáticamente las premonitorias intuiciones de Hyman Minsky sobre la dinámica del capitalismo financiero actual.

Steven Keen es un economista matemático australiano de formación marxista que ha trabajado en los últimos años en modelar matemáticamente las premonitorias intuiciones de Hyman Minsky sobre la dinámica del capitalismo financiero actual. E l año pasado recibió el premio Revere de Teoría Económica, que distinguió a los economistas que habían sido capaces de predecir con mayor lucidez y penetración analítica la actual crisis económica y financiera. Kenn quedó en primer lugar, con 1.150 votos, por delante de Nouriel Rubini (566 votos), Dean Baker (495 votos), Jospeh Stiglitz (480), Paul Krugman (399) y Michael Hudson (391). [Todos estos autores han sido traducidos y publicados estos últimos años por SinPermiso: véase AQUÍ]. Reproducimos a continuación una pequeña pieza reciente de Keen en la que explica teóricamente los razones de fondo por las que los economistas del mainstream, todavía hoy, no entienden ni el perfil ni la dinámica de una crisis que fueron incapaces de predecir y que siguen siendo incapaces de explicar.

(…) En diciembre de 2005 llegué a la conclusión de que estaba en ciernes una gran crisis económica. Sentí que alguien debía hacer sonar la alarma y que –al menos en Australia— ese alguien era yo.

Dos años después, la crisis golpeó. Llamada "la Crisis Financiera Global" por los australianos y "la Gran Recesión" por los norteamericanos, todo el mundo la considera ahora la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

La crisis tomó completamente por sorpresa a la inmensa mayoría de los economistas, incluidos todo estos "economistas de mercado" que no paran de aparecer por televisión, no menos que los grandes peces de la economía académica y regulatoria profesional.

En fecha tan tardía como junio de 2007, el economista jefe de la OCDE observaba lo siguiente:

"… en muchos sentidos, la situación económica es la mejor experimentada en años (…). Nuestros pronósticos siguen siendo, en efecto, harto benignos: un suave aterrizaje en los EEUU, una recuperación robusta y sostenida en Europa (…) En línea con las tendencias recientes, el crecimiento sostenido en las economías de la OCDE se cimentará en una enérgica creación de puestos de trabajo y en una caída del desempleo." (Jean-Philippe Cotis, 2007, p. 7.) (…)

El premio a la peor previsión es para Oliver Blanchard, editor y fundador de la revista científica de la American Economic Association, AER: Macro. El 12 de agosto de 2008, Blanchard publicaba una ardida defensa panorámica de la macroeconomía convencional:

"Durante mucho tiempo, tras la explosión de la macroeconomía en los años 70, el campo parecía un campo de batalla. Sin embargo, con el tiempo, y en buena medida porque los hechos permanecen, ha aparecido una visión ampliamente compartida tanto de las fluctuaciones como de la metodología. No todo es perfecto. Como todas las revoluciones, esta ha venido con la destrucción de conocimientos adquiridos y anda aquejada de extremismo y gregarismo. Nada, en todo caso, necesariamente mortal. El estado de la macro es bueno. (Olivier Blanchard, 2009p. 210; las cursivas son mías, Olivier J. Blanchard, 2008)

¡Qué equivocados estaban! La crisis económica y financiera que está ahora definiendo el contexto social de nuestra época comenzó meses después de que la OCDE declarara "benigno" el futuro, días después de que el Banco Central australiano predijera un crecimiento por encima de la media y un año antes de la desnortada apología de Blanchard. El desempleo creció, no cayó, y de manera espectacular en los EEUU. Cuatro años después, el desempleo en los EEUU sigue siendo asombrosamente alto, a despecho de los ciclópeos paquetes de estímulos, los mayores de la historia (…).

Figura 1: Las predicciones de la teoría económica convencional sobre la caída del desempleo en 2007-2008 fueron espectacularmente erróneas.

¿Por qué los economistas convencionales no vieron venir la crisis, mientras que un buen número de economistas no ortodoxos sí la predijeron (Dirk J Bezemer, 2009, Dirk J. Bezemer, 2011, 2010)? Pues porque nosotros nos centramos en el papel de la deuda privada, mientras que ellos la ignoran. Y la ignoran por tres razones substanciales.

Tres razones substanciales por las que los economistas convencionales no vieron venir la crisis

Primero, porque creen que el sector privado es racional en todo lo que hace, incluido el volumen de deuda que contrae. Por eso Ben Bernanke, el "experto" neoclásico en la Gran Depresión, ignoró la Hipótesis de la Inestabilidad Financiera de Minsky:

"Hyman Minsky (1977) y Charles Kindleberger (1978) explicaron muchas veces la inestabilidad inherente al sistema financiero, pero para hacerlo, tuvieron que abandonar el supuesto del comportamiento económico racional. Yo no niego la posible importancia de la irracionalidad en la vida económica; pero me parece que la mejor estrategia de investigación pasa por llevar el postulado de la racionalidad hasta sus últimas consecuencias." (Ben S. Bernanke, 2000, p. 43; las cursivas son mías.)


En segundo lugar, ellos creen que el nivel de la deuda privada –y por lo tanto, también el de la tasa de cambio de la misma— no tienen mayor significado macroeconómico:

"Pero la idea de Fisher alcanzó menos influencia académica, porque se prestaba al contraargumento de que la deflación por deuda no representaba sino una redistribución de un grupo (deudores) a otro (acreedores). Sin la presencia de impluasiblemente grandes diferencias en las propensiones del gasto marginal entre los grupos, se replicaba, las meras redistribuciones no deberían tener efectos macroeconómicos significativos…".  (Ben S. Bernanke, 2000, p. 24; las cursivas son mías.)


Y en tercer lugar, la más notable de las razones: la deuda, el dinero y el propio sistema financiero no desempeñan el menor papel en los modelos económicos neoclásicos convencionales. Muchos legos creen que los economistas son expertos en dinero, pero la creencia de que el dinero es meramente "el velo que cubre el intercambio" –y que, por lo mismo, la economía puede ser modelada sin tomar en cuenta ni el dinero ni la forma en que se crea— es un dogma fundamental de la teoría económica neoclásica. Sólo los economistas disidentes de otras escuelas de pensamiento, como los postkeynesianos y los austriacos, toman en serio el dinero, y sólo un puñado de ellos –incluido un servidor (Steve Keen, 2010)—construyen modelos formales de la creación de dinero en su teoría macroeconómica.

Ni siquiera los economistas neoclásicos más "vanguardistas": Paul Krugman sólo muy recientemente ha empezado a considerar el papel que la deuda puede jugar en la economía:

"Dada la prominencia de la deuda en la discusión popular de nuestras presentes dificultades económicas, y dada la larga tradición de invocar la deuda como factor clave en las grandes contracciones económicas,  podría esperarse que la deuda estuviera en el núcleo de la mayoría de modelos de la macroeconomía ortodoxa, singularmente en los análisis de las políticas monetaria y fiscal. Sin embargo, y acaso sorprendentemente, lo más común es abstraerse de ese rasgo de la economía." (Paul Krugman y Gauti B. Eggertsson, 2010, p. 2).

Incluso cuando trató de romper ese molde, Krugman lo hizo desde el mismo punto de vista que el antes mencionado de Bernanke: el nivel de la deuda no importa, sólo su distribución, y uno se puede abstraer completamente del proceso de creación de dinero:

"Ignorando el componente exterior, o considerando el mundo como un todo, el nivel general de la deuda no añade nada al valor neto agregado: el pasivo de una persona es el activo de otra (…) En lo que sigue, comenzaremos por exponer un modelo de endeudamiento de precios flexibles, en el que los agentes 'impacientes' toman prestado de agentes 'pacientes' [y en donde lo prestado no es dinero, sino 'bonos libres de riesgo denominados en el bien de consumo'], pero están sujetos a un límite de deuda…". (Paul Krugman y Gauti B. Eggertsson, 2010, pp. 3 & 5).

En cambio, yo he dedicado mi vida académica a elaborar y extender la Hipótesis de la Inestabilidad Financiera pioneramente desarrollada por Hyman Minsky, razón por la cual siempre he sido consciente de que la deuda privada juega un papel en la economía mucho más importante del que están dispuestos a concederle los economistas neoclásicos. Encargado de explicar (en una comisión oficial de expertos) hasta qué punto un empréstito predatorio podía tener consecuencias catastróficas para terceros que no eran parte en la relación de préstamo, no tardé en dirigir mi mirada al nivel y a la tasa de cambio del crecimiento de la deuda privada.

Lo que vi en diciembre de 2005 me llenó de asombro. Aunque cinco años antes, cuando escribía mi libro Debunking Economics, ya esperaba en el futuro una crisis financiera generada por la deuda (Steve Keen, 2001, pp. 311-312), lo cierto es que el enorme volumen y la tasa de crecimiento de la deuda habían cobrado entretanto un aspecto terrorífico. La tendencia durante 40 años había sido la de crecimiento de la deuda un 4,2% más rápido que el crecimiento del PIB, y esa tendencia no podía durar eternamente: sentí que el desplome era inminente. Cuando efectivamente se desplomó, pensé que la economía australiana caería en un marasmo peor que el de comienzos de los 90. (Luego discutiré porqué me equivoqué en eso).

Figura 2: La deuda privada australiana creció un 4.2% más rápido que el PIB entre 1965 y 2006.


Comprobé inmediatamente los datos de los EEUU, para ver si se trataba sólo de un fenómeno australiano, o de un fenómeno global. La razón entre la deuda privada y el PIB estaba creciendo más lentamente en los EEUU, aunque a lo largo de un período de tiempo mucho más dilatado (a un promedio del 2,5% desde 1945). Esa razón era en los EEUU casi dos veces la australiana, y cinco veces la del final de la II Guerra Mundial.

Figura 3: La razón entre deuda privada y el PIB estadounidenses se quintuplica desde 1945.

Cuando esas tendencias al crecimiento de la deuda privada terminaron, tuve la certeza de que íbamos a experimentar un desplome económico sin precedentes en el período posterior a la II Guerra Mundial, un desplome que podría rivalizar incluso con la Gran Depresión.

La razón por la que creí que un cambio en la tasa de crecimiento de la deuda iba a causar una crisis –mientras que los economistas convencionales (incluido Paul Krugman […]) no veían el menor problema en un mayor nivel de deuda privada— es porque la tradición económica en la que estoy reconoce claramente que el crecimiento de la deuda privada dispara la demanda agregada. Cuando un banco presta dinero, crea capacidad de gasto al crear simultáneamente un depósito. Ese dinero adicional viene a sumarse a la capacidad de gasto del prestatario, sin reducir la capacidad de gasto de los ahorradores.

La teoría económica neoclásica, por contra, trata a los bancos como simples intermediarios entre ahorristas y prestatarios. Un empréstito, pues, aumentaría la capacidad de gasto del prestatario, pero reduciría la capacidad de gasto del ahorrista.

Si el modelo bancario neoclásico fuera verdadero, entonces los efectos macroeconómicos de la deuda quedarían cancelados, como sostienen Krugman y Bernanke. Sin embargo, hay pruebas empíricas abrumadoras de que ese modelo es falso. Esas pruebas empíricas fueron exhaustivamente analizadas por vez primera por el economista postkeynesiano Basil Moore (Basil J. Moore, 1979, 1988a, 1995, 1988b, 1997, 2001, 1983), pero fueron también reconocidas ya en 1969 por el entonces vicepresidente decano de la Rerserva Federal de Nueva York, Alan Holmes. Al explicar el fracaso de los intentos filomonetaristas de controlar la inflación controlando el crecimiento de oferta monetaria, Holmes ironizó: "En el mundo real, los bancos extienden el crédito, creando depósitos en el proceso, y luego miran las reservas."

Yendo más a fondo, Holmes resumió el objetivo monetarista de controlar la inflación controlando el crecimiento de la base monetaria como un "supuesto ingenuo", según el cual:

"… el sistema bancario sólo incrementa los préstamos luego de que la Reserva Federal (o los factores del mercado) hayan puesto reservas en el sistema bancario. En el mundo real, los bancos extienden el crédito, creando depósitos en el proceso, y luego miran las reservas. La cuestión, entonces, es si y cómo la Reserva Federal adecuará la demanda a las reservas. En el muy corto plazo, la Reserva Federal apenas tiene posibilidades, si es que tiene alguna, de acomodar la demanda a las reservas; con el tiempo, su influencia puede llegar a dejarse sentir (…) y las reservas que el sistema bancario precisa mantener están predeterminadas por el nivel de los depósitos existentes dos semanas antes." (Holmes 1969, p. 73) (Alan R. Holmes, 1969, p. 73; las cursivas son mías.)

¿Por qué ignoran y pasan por alto los economistas neoclásicos este perfectamente razonable análisis y la muchedumbre de pruebas empíricas que, acumuladas por Moore y otros –incluidos neoclásicos tan ortodoxos como Kydland y Prescott (Finn E. Kydland and Edward C. Prescott, 1990, p. 4), lo avalan? Yo estaría tentado a decir que, "puestos a elegir entre la realidad y sus propios supuestos teóricos, los economistas neoclásicos eligen sus supuestos, pero estrictamente hablando eso no es verdad. Pues lo cierto es que la gran mayoría de los economistas neoclásicos no tienen siquiera la menor idea de la existencia de esas pruebas empíricas. Si hubieran oído hablar de ellas, la mayoría las habría rechazado de todos modos, habida cuenta de que socavan muchos artículos de fe centrales de la teoría económica neoclásica, incluida la creencia conocida como Ley de Walras. Y eso es así porque, una vez se reconoce que el crecimiento del crédito puede expandir la demanda agregada, entonces:

·       En vez producirse necesariamente una equivalencia entre la demanda agregada (nocional) y la oferta agregada (Robert W. Clower, 1969, Robert W. Clower y Axel Leijonhufvud, 1973), la demanda agregada excederá a la oferta agregada, si crece la deuda, y caerá por debajo de la oferta agregada, si cae la deuda.

·       El volumen nominal del dinero importa, y las dinámicas bancaria y de deuda han de incluirse en los modelos macroeconómicos, en vez de ignorarlas como hace la teoría económica neoclásica.

·       La separación neta entre la macroeconomíaa y las finanzas no puede seguir manteniéndose, puesto que el cambio en la deuda financia la compra de activos, así como compras de bienes y servicios de nueva producción.

·       Y lo peor de todo: la creencia de que todo lo que ocurre, ocurre en equilibrio, ha de abandonarse. El incremento de la deuda no es necesariamente un mal –de hecho, es un aspecto esencial de una economía en crecimiento—, pero sí es necesariamente un proceso de desequilibrio, como Schumpeter explicó hace mucho tiempo (Joseph Alois Schumpeter, 1934, pp. 95, 101).

Trabajando con la perspectiva de que la economía está movida por la demanda agregada y de que esa demanda agregada es el PIB más el cambio en la deuda, mi conjetura fue que la crisis comenzaría cuando la tasa de crecimiento de la deuda se desacelerara substancialmente. En agosto de 2007, cuando el Banco Central australiano publicó sus optimistas pronósticos para 2007 y 2008, yo publiqué la siguiente observación sobre la economía australiana:

"Reducir la tasa de crecimiento de la deuda desde su nivel actual del 15% al 7% de la tasa de crecimiento del PIB nominal significaría una reducción del gasto en el próximo año –comparado con el presente— de más de 100 mil millones de dólares (australianos). Eso equivale a un 8% de reducción de la demanda agregada en comparación con la tendencia, y representaría para la economía el mismo impacto que una caída del 10% del PIB nominal. De aquí que, al percatarme de eso, dije ya en 2006 que es inevitable que eso termine en una recesión y de aquí también que, honrando la famosa frase de Keating, me sirviera del marbete de 'La recesión que no podremos evitar'". (Steve Keen, 2007, p. 37).

Ese hipotético proceso comenzó en los EEUU a comienzos de 2008 (aunque Australia evitó la recesión por motivos que en otras ocasión comentaré). La demanda agregada cayó drásticamente en 2008, aun cuando la deuda seguía creciendo; luego, a mediados de 2009, el cambio en la deuda llegó a hacerse efectivamente negativo:

Figura 4: una desaceleración de la tasa de crecimiento de la deuda causó la Gran Recesión.

Puesto que la demanda agregada determina el empleo, la tasa de desempleo se disparó a medida que colapsaba la porción de la demanda agregada financiada por la deuda.

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Opiniones (1)
22 de mayo de 2018 | 23:31
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22 de mayo de 2018 | 23:31
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  1. Porque la mayoría son una manga de charlatanes , forman parte del grupo de vivos y especuladores que viven presagiando ecatombes, pensando siempre en sacar provecho, de alguna manera, con el sacrificio y trabajo ajenos . El mejor ejemplo: OSVALDO GRANADOS
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