Las réplicas del sismo chavista que sacudió la cumbre de Chile

El significado de los nuevos ataques del presidente venezolano contra España y las dos caras del debate sobre José María Aznar y sobre las inversiones ibéricas en Latinomérica.

Marruecos comenzó a emitir gestos tendientes a recomponer la relación con España, recientemente atribulada por la crisis que desató la visita de Juan Carlos y Sofía a las ciudades de Ceuta y Melilla, antiguos enclaves españoles en pleno territorio del país magrebí.

Paralelamente, ya desde Caracas Hugo Chávez redobló su ofensiva contra España, poniendo a las empresas del país europeo establecidas en Venezuela bajo fuerte presión gubernamental, y acusando al rey español de lo mismo que acusó a José María Aznar: estar detrás del intento golpista del 11 de abril del 2002.

La razón del enojo marroquí con Madrid tenía una lógica muy fuerte: la visita real a Ceuta y Melilla fue una decisión de Estado que contraría la visión que Rabat tiene sobre el futuro de ambas ciudades.

Sin embargo, en el desplante del estado árabe hay dos hechos a subrayar: Primero, el rey Mohamed VI en ningún momento atacó a Juan Carlos de Borbón, a quién llama “tío” y le profesa un inmenso respeto heredado de su padre, Hassán II. Segundo, fue el gobierno de Rabat el que inició de inmediato las maniobras para salir de la crisis.

Que el presidente de Venezuela, donde no hay enclaves territoriales de España ni actos recientes de Madrid contra Caracas, haya convertido un hecho ocurrido cinco años atrás en una crisis actual, así como que haya reiniciado la ofensiva, incluso incrementando su agresividad, a pesar de que el canciller español Miguel Angel Moratinos intentaba recomponer la relación dañada en Santiago de Chile, es prueba contundente de lo que sostuvo nuestra columna anterior sobre este tema.

O sea que, lejos de haber sido un accidente provocado por el habitual histrionismo desmesurado de un exuberante líder caribeño adicto a las escenificaciones de alto voltaje, lo que ocurrió en la Cumbre Iberoamericana fue lo que acertadamente Fidel Castro calificó de “Waterloo ideológico”: la batalla inicial del bloque chavista contra la política española hacia la región.

Se trata de una política de Estado inspirada en la Commonwealth británica, con tres vértices bien definidos: el económico, desarrollado a través de las inversiones privadas; el político, instrumentado a partir  de las cumbres iberoamericanas, y el cultural, con eje en el Congreso de la Lengua.

A esa proyección española hacia Latinoamérica, Chávez y los mandatarios que se encolumnan tras su liderazgo consideran un neocolonialismo que debe ser combatido con el mismo vigor puesto  contra el ALCA.

El arma principal del frente bolivariano es la retórica bombardera del presidente venezolano, que como toda munición verbal de alto calibre, siempre logra su principal objetivo: partir aguas. Lo que implica inexorablemente sumar partidarios a sus causas más allá de las fronteras del país que preside.

Como siempre, en el ataque de Chávez hubo porciones importantes de lo que podría considerarse verdad histórica. Por caso, José María Aznar ha implicado un retroceso para la propia España.

Tras haber apoyado al líder franquista Fraga Iribarne a enterrar la ideología falangista en el altar del pacto de la Moncloa, Aznar tuvo un rol fundamental en la transformación de la derechista Alianza Popular en el centroderechista y liberal Partido Popular.

Pero cuando firmó el Pacto de las Azores involucrando a España en la aventura militarista iraquí de George W. Bush, sin haber consultado a las demás fuerzas políticas y a contramano de la opinión pública, fue José María Aznar el primero en sacar los pies del plato del Pacto de la Moncloa.

La inmoral manipulación de informaciones respecto a los atentados del 11-M, procurando que la masacre reforzara la chance oficialista en la elección presidencial, evidenció la oceánica dimensión del lado oscuro de Aznar, cuyo heredero Mariano Rajoy se ha dedicado sistemáticamente a generar histeria política y crispación en el escenario institucional español.

Pero más allá de la preocupante regresión de la derecha española y de la irresponsabilidad de sus líderes, al recurrir a un hecho ocurrido hace cinco años y sobre el cual no se han producido revelaciones significativas en los últimos tiempos, está claro que Chávez usó a Aznar como instrumento para un ataque en realidad dirigido a los actuales jefes de Estado y gobierno del país ibérico.

El otro blanco de la ofensiva, las empresas españolas que invirtieron en Latinoamérica, también merece un debate en el que la razón se bifurca en fundamentos enfrentados. Porque en definitiva hay hechos que avalan la embestida coordinada que lanzaron el ecuatoriano Rafael Correa, el nicaragüense Daniel Ortega y el propio presidente venezolano en lo referido a la tendencia a incumplir con los compromisos de inversiones, a pretender niveles de ganancias exorbitantes y a actuar como grupos de presión sobre los gobiernos locales, traspasando el límite de lo aceptable.

Pero también es cierto que las ganancias pretendidas por las empresas son inversamente proporcionales a los niveles de previsibilidad (o directamente proporcionales a los niveles de riesgo) que ofrecen los países donde invierten. Y que la agresividad con que defienden sus intereses lógicamente crecen frente a gobiernos que intervienen los mercados, cambian las reglas a mitad del partido y reducen la seguridad jurídica a escala molecular.

De todos modos, la intención chavista no parece apuntada a  generar estos debates imprescindibles sino a partir aguas, objetivo directamente vinculado a la proyección de su propio liderazgo sobre toda Latinoamérica.

Se trata de un método infalible porque lo que importa a quien lo instrumenta no es la cantidad de rechazo que genere, sino las adhesiones que inexorablemente logrará al jugar al todo o nada.

Nadie se enteró de lo que dice el documento final de la atribulada cumbre, referido al tema “la cohesión social”, ni se asomó al medular discurso de Michell Bachelet, porque el mundo se dividió entre los que consideran que Chávez dijo la verdad y es el único presidente que se atreve a desafiar a los poderosos, y los que aprueban el “por qué no te callas” con que respondió el rey Borbón.

El presidente venezolano logró incluso erigirse en adalid del republicanismo antimonárquico, cuando es fácilmente comprobable que su gobierno, al concentrar tanto poder en manos de un solo hombre, es en términos reales más monárquico que las monarquías europeas (incluida la española), donde los reyes no gobiernan mientras que los jefes de gobierno tienen más límites a su poder que prerrogativas.

El método de la guerrilla verbal siempre le ha permitido a Chávez ganar terreno conquistando adeptos en los países latinoamericanos. Y más allá de la sorpresa que le provocó la dura réplica de Rodríguez Zapatero y el rey Juan Carlos de Borbón, la “Waterloo ideológica” que estalló en la cumbre de Santiago podría no ser la excepción a la regla.
Opiniones (1)
21 de julio de 2018 | 23:14
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21 de julio de 2018 | 23:14
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  1. Si utilizamos su teoría para el análisis confirmaríamos la razón que pudiera tener Chávez para hacer lo que hace, ya que si somos imprevisibles, si nuestros Gobiernos cambian las reglas de juego a cada rato y nuestra seguridad jurídica es nula, entonces ¿porqué invierten aquí?. La lógica económica diría que nadie invertiría por acá sino fuera sólo para buscar ganancias que en otras partes no tienen. Entonces invierten para obtener ganancias y pretenden que sigamos siendo imprevisibles, que nuestros Gobiernos cambien las reglas de juego a cada rato y que nuestra seguridad jurídica siga siendo nual, ya que así obtienen las mayores ganancias y, a la vez, las justifican con la opinión que Ud. vierte. A esta gente de Europa hay que ponerles un freno de una vez y para siempre. Basta de espejitos de colores y si no les gusta como somos, que se vayan, lo cual no va a ocurrir porque si nos mantienen como estamos entonces obtienen más beneficios que si fuéramos ordenados, coherentes y predecibles.
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