¡Me olvide!: Cuándo hay que preocuparse

Nos angustiamos, repasamos mentalmente, pero hay un bache, un agujero negro que nos mezquina la información. ¿Por qué olvidamos? ¿Cuándo debemos consultar? Seguí leyendo y te contamos. 

cecilia ortiz

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¿Qué venía a buscar?, ¿Cómo era que se llamaba esta actriz?, ¿Qué te iba a decir?, ¿Dónde dejé las llaves? Que levante la mano el que nunca haya atravesado por una experiencia así. Y tantas otras que en este momento estarás recordando.

Para hablar de olvidos, primero tenemos que hacer una pequeña visita a la memoria. Esa función cognitiva que nos permite recibir, guardar y, posteriormente, recuperar información.

Dos tipos de memorias gobiernan nuestras conductas. Por un lado, la memoria a largo plazo guarda los datos sobre lo que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra vida (capitales del mundo, quién fue el primer hombre que pisó la luna), sobre episodios de nuestra existencia (el día que me recibí, esa vez que me caí y me lastimé) y aquellas acciones mecánicas que implican secuencias de movimientos (andar en bicicleta, manejar, preparar un té).

La memoria operativa, o de trabajo, por otra parte, es la que posibilita que realicemos una tarea específica (ir calculando cuánto dinero voy a gastar mientras estoy cargando el carrito del supermercado, recordar las palabras que me están dictando). Si esta información no será útil por más tiempo, entonces, se olvida. Y es que nuestro cerebro archiva aquellos datos que son relevantes para nosotros.

Entonces, ¿por qué olvidamos cosas que sí necesitamos?

El olvido se define como ausencia total o parcial de recuerdo. Esa pérdida de información puede ser benigna, funcional o lesional.

Un olvido benigno implica que ciertos aspectos no son asequibles al recuerdo. Los olvidos benignos suelen asociarse a fallas en la atención, ese “radar” que debe captar datos importantes del medio para que podamos dar una respuesta adaptada.

Yo siempre recurro a este ejemplo: supongamos que estamos escribiendo un texto en la computadora y, sin guardarlo, la apagamos. Luego, cuando la encendemos y queremos recuperar la tarea, “¡rayos y centellas!” no está. La pregunta que les hago es: ¿es culpa del disco rígido que no guardó la información? ¿O es falla mía, que no dí la orden adecuada?

Lo mismo ocurre con la relación atención-memoria. Si yo no presto atención de manera adecuada, entonces los datos no ingresan de la manera que la memoria necesita para guardarlos. Obvio, cuando quiero recordar…bache.

Estos olvidos en nuestros días son muy frecuentes. Estamos preocupados, bombardeados de estímulos, acumulación de cosas por hacer, estresados, razón por la cual, “creemos” que estamos prestando atención, pero, lamentablemente no es así.

Los olvidos funcionales se relacionan con una alteración en el equilibrio del cerebro, que puede estar originada en alteraciones metabólicas, mala alimentación y/o causas de origen psicológico.

Las alteraciones metabólicas y alimentarias incluyen:

Alimentación carente de vitaminas B6, B9 y B12 y proteínas, glucosa, magnesio, cobre, calcio, aminoácidos, etc.

Abuso de alcohol y otras sustancias

Falta de descanso reparador

Uso de cierta medicación (ansiolíticos, estatinas, antidepresivos, antiparkinsonianos, antihipertensivos, antihistamínicos)

Problemas de tiroides, riñones o hígado

Falta de oxígeno en el cerebro (como en los ictus), EPOC

Traumatismos craneoencefálicos

Tratamientos para el cáncer (quimioterapia o radioterapia)

Tumores o infecciones cerebrales

Dentro de las alteraciones psicológicas afectan nuestra memoria:

Estrés

Ansiedad

Depresión

Duelo

Enfermedades psiquiátricas (esquizofrenia, enfermedad bipolar, TOC)

Déficit de atención

Desinterés

Factores emocionales

Finalmente, los olvidos lesionales se dan por muerte neuronal (deterioro), cuyas causas son variadas (enfermedad de Alzheimer, demencias vasculares, esclerosis múltiple, enfermedad de Parkinson, hidrocefalia, TEC, retraso mental, etc.).

En nuestros días, por su frecuencia de presentación, la enfermedad de Alzheimer y la enfermedad vascular son las principales causas de demencia. En estos casos, hablamos de que los olvidos son patológicos.

Pero, ¿cómo diferenciamos si los olvidos son benignos o patológicos? Como primer aspecto a tener en cuenta, el factor edad nos juega en contra. Mientras más canas peinemos, mayor posibilidad de tener olvidos debidos a deterioro o muerte neuronal.

En un olvido patológico se olvida el bloque entero de información. Por ejemplo, la persona no recuerda que fue a la fiesta de casamiento de su sobrino. Si el olvido es benigno, recordaremos que fuimos a la fiesta, pero, podremos olvidar de qué color era el vestido de la prima Rosa o con qué tema empezó el baile.

Como en el olvido patológico el recuerdo NO está, entonces no hay conciencia de no recuerdo, con lo cual, no se hace un esfuerzo para recuperar la experiencia.

En el olvido benigno SABEMOS que el dato está, entonces, vienen las frases como: “lo tengo en la punta de la lengua”, “si me esperás un ratito te lo digo”, es decir, hacemos un esfuerzo por recuperar esa información.

¿Cuáles son las señales de alarma que indican que debemos consultar?

Perder objetos personales frecuentemente

Tener dificultades para encontrar las palabras adecuadas

Hacer las mismas preguntas en una conversación, o contar varias veces la misma historia

No recordar si hemos hecho algo, como por ejemplo, tomar un medicamento

Desorientarse o perderse en lugares conocidos

Confundirse de año, o de día de la semana

Tener dificultades para recordar citas o eventos

Problemas para seguir instrucciones o tomar decisiones

Si alguno de estos puntos nos alarman, un neurólogo es quien mejor podrá orientar acerca de qué estudios complementarios realizar y qué pasos seguir para realizar un diagnóstico certero.

No olvidemos que un olvido es un síntoma, una señal de que algo está pasando. Una consulta a tiempo puede ayudar a controlar procesos y a prevenir.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortizm@gmail.com

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