Los primeros cafés de Kabul, un refugio para la juventud afgana

Una pareja de jóvenes se susurra sonriente cosas al oído por encima de una taza compartida de café. Sus cabezas están más cerca de lo que muchos consideran apropiado en el país musulmán y conservador. 

mdz mundo

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De la pared cuelgan pinturas abstractas y no alfombras, mientras que la luz que irradian las lámparas que alguien pintó amorosamente con dorado en su interior es suave y no estridente como la de los populares tubos de neón.

En una ciudad como Berlín no se trataría de un lugar demasiado especial. Pero para Kabul, la capital de Afganistán, es realmente revolucionario. El "Burger Shop" de la calle Taimani es apenas uno de un par de decenas de nuevos cafés en una ciudad en la que hasta ahora los jóvenes se podían reunir casi únicamente en el marco familiar.

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El dueño es Humajun Sadran, de 39 años, alto, de barba entrecana, gafas de aviador y chaqueta de cuero. Sadran es algo así como uno de los grandes maestros del entretenimiento en Kabul.

Antes, cuando aún vivían aquí miles de extranjeros de embajadas, ONGs o la ONU, fundaba un lugar nocturno tras otro. Sus fiestas con baile incluido eran legendarias. Pero los extranjeros se fueron por la mala situación de la seguridad. Ahora sus clientes son casi exclusivamente afganos.

"Hace apenas un par de años no habría sido posible un café afgano como el 'Burger Shop'", dice Sadran. Los clientes no habrían tenido el dinero ni tampoco la "apertura mental" para algo así. Cuando Sadran mira a sus clientes, ve por primera vez el surgimiento de una pequeña clase media afgana después de décadas de guerra y pobreza aguda.

Sadran dice que con el tiempo se formó toda una generación de jóvenes afganos que estudia y que vio un poco del mundo. Cuando se fueron los extranjeros, comenzaron a ocupar posiciones de mando en las ONGs o como consultores del gobierno.

Humajun Sadran, frente a su nuevo café-restaurante Burger Shop, en el distrito de Taimani.

Cuentan con sueldos que rondan los 1.500 dólares, con los cuales sus hamburguesas de 350 afgani (unos 4 euros o 4,50 dólares) ya no son prohibitivas.

Afganistán tiene más de 30 millones de habitantes. La mayoría de sus cafés están concentrados en la capital y casi exclusivamente en una clientela que va de los 18 a los 30 años. Algunos de ellos –como el elegante "Cupcake"- parecen una copia de Starbucks.

Los estudiantes que regentean el "451" tenían tan poco dinero que empapelaron sus paredes con papel de diario en vez de obras de arte. En su menú no hay mucho, pero en sus pizarrones se ofrecen clases de guitarra.

La gente se deja mensajitos en un tablón de notas. Amistades, amores, grupos de estudio... el café como un lugar que ayuda a dar a luz a un nuevo "nosotros".

Los proyectos gastronómicos son nichos, lugares de refugio para parte de una generación atrapada en algún lugar entre la emancipación juvenil y el trato honorario dispensado tradicionalmente a los más ancianos; entre las primeras miles de mujeres que hicieron carrera y el confinamiento de la mujer al hogar.

En todos estos cafés, las chicas se sientan al lado de los chicos sin estar casados, lo que en algunas zonas rurales sería motivo de lapidación y que incluso en Kabul aún genera indignación con bastante frecuencia.

"Algunos de nosotros tenemos hoy en día cierta libertad, pero más allá de los cafés apenas hay lugares donde ejercerla. Sobre todo para las mujeres", dice Sahra Nasemi, de 27 años, quien se encuentra sentada una mañana de primavera en el "Simple", un café pintado de colores con mesas y bancos de madera clara construidos de forma artesanal.

"Hay pocos parques, y los que hay están llenos de basura y hombres", afirma. Los gimnasios y otros clubes deportivos no suelen estar abiertos a las mujeres. Y mucho menos las viejas casas de té.

Nasemi vive una vida que no sigue los patrones tradicionales. Está separada, trabaja a tiempo completo como periodista y vive sola. A las siete de la mañana asiste a clases de inglés y después se va a trabajar.

No tiene tiempo para cocinar, por lo que va al "Simple" a comer unos huevos con una jarra de té, lo que le cuesta 170 afgani (unos dos euros o 2,24 dólares). A cambio, le dan gratis una segunda familia. Una familia de pares.

Un joven arquitecto vestido con jeans y gorro de lana dice desde la mesa de al lado: "Aquí puedo confiar en los demás". Quiere decir que puede confiar en que no tachen su vida de rara o reprochable en una sociedad en la que todo está estrechamente conectado y a muchas personas les importa lo que piensan "los demás".

El arquitecto aún no encontró un puesto de trabajo. Desarrolla tutoriales online para jóvenes que quieren aprender cosas nuevas y los publica en Internet. Su familia no cree que esa sea una profesión seria.

El arquitecto abre su computadora portátil dispuesto a mostrar su página cuando, una vez más, se corta la electricidad en el barrio. Muchos hogares se encuentran ahora a oscuras. Se escucha como afuera arranca un pequeño generador. El café se convierte en un oasis de luz. 

Por Christine-Felice Röhrs (dpa)

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