Eso que se conoce como respeto a los ancianos

Un día te sentís viejo y experimentás la indiferencia de los más jóvenes, ¿te ha pasado? Seguí leyendo si llegaste o si estás por llegar o si llegarás a la vejez. 

cecilia ortiz

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Dicen que a veces el universo conspira para que las cosas se den. Y algo de eso debe haber ocurrido, porque esa misma tarde escuché a una nena chiquita diciéndole a su mamá: “la seño dice que hay que venerar a los ancianos, ¿qué es venerar, mamá? “Venerar es cuidar, hija”.

Horas después, Gerardo, 73 años, con enfermedad de Alzheimer en etapa inicial, me pregunta: “licenciada, ¿por qué la gente ya no me tiene paciencia? Hoy un joven me trató muy mal porque demoré en calcular los billetes con los que tenía que pagar”.

Finalmente, en la verdulería, observo caras de impaciencia e indignación porque una mujer entrada en años preguntaba insistentemente el precio de unas frutas.

Ahí se me vino a la mente “venerar es cuidar”, ¿venerar es cuidar? La palabra venerar procede del latín veneratio y venerari, que significaban “dar culto, reverenciar” y se usa para indicar, entre otras acepciones, respeto en grado sumo.

¿Y qué es respetar? Es tener en cuenta las necesidades, intereses, preferencias, sentimientos y emociones del otro. Psicológicamente, implica aceptar el límite establecido entre lo que es mío y lo que no, o sea, lo que es del otro. Supone aceptar al otro en tanto cuerpo y en tanto experiencia diferentes de la mía.

Respetar significa ver la diferencia, “metabolizarla” y tolerarla. Es la base de la convivencia social.

Envejecer conlleva cambios a nivel cerebral. Así como por afuera nos damos cuenta que nos ponemos viejos porque notamos esas arrugas o esas canas, nuestro cerebro también sufre el paso de tiempo, ¿cómo lo vivenciamos? Nos ponemos más lentos, nos cuesta recordar información reciente, nos es más difícil calcular y tomar decisiones. Es un proceso biológico irreversible.

Pero ganamos en emoción. Devenimos más sensibles, se desarrolla más ese, como a veces escucho, “sexto sentido” que nos permite “oler” situaciones a lo lejos. Vamos sumando experiencia. Nos ponemos más sabios.

“Ustedes se toman todo a la chacota”, decía mi abuela Gelu, “pero no sean tontas, por algo yo les digo las cosas”.

Y claro que es por algo, es porque lo pasé, me caí, me levanté y te estoy transmitiendo esa información. Usála. Es lo mismo que ocurre con los genes y con las conductas: se repite y

transmite la información que resulta útil para sobrevivir. Porque de eso se trata: trascender en el tiempo. La supervivencia del más apto.

Los japoneses tienen una festividad que se llama “keiro no hi” (día del respeto a los mayores). Cada tercer lunes de setiembre, los nipones honran a los ancianos, pretendiendo hacer recordar a la población lo importante que es la experiencia de ellos y que hayan servido a la sociedad durante muchos años.

Creo que aún hay algo más. Somos quienes somos y hacemos lo que hacemos porque ellos fueron e hicieron allá y entonces. Transportamos sus genes, transmitimos su herencia.

No voy a negar que vivimos tiempos acelerados, en los que queremos todo “para ayer”, en los que no toleramos una “no respuesta”. Los niveles de tolerancia y frustración son significativamente bajos. Perdemos la paciencia ante cualquier estímulo que se corra un milímetro de nuestro escueto embudo de atención.

Pero, así como cuando venimos a mil en el auto y frenamos raudamente ante un disco pare o un semáforo en rojo (o, por lo menos, es lo que deberíamos hacer). Así de roja debería ser la señal en nuestra mente que nos haga parar y respetar a una persona añosa.

Porque cuidar es satisfacer las necesidades básicas, pero venerar va mucho más allá. Implica adscribir valor a tu existencia. Es demostrarte lo importante que sos para mí. Es sentir orgullo de tus canas, de tus arrugas, de tu lentitud.

Los invito a que, cuando se topen con un anciano, busquen mirarlo a los ojos y descubran los ríos recorridos que hay detrás de esas cataratas, las idas y venidas ocultas en esas caderas con artrosis y las brillantes ideas de esos cerebros pausados.

Porque todavía hay corazones que laten. Porque todavía hay emociones que sufren y porque todavía hay preguntas, como la que yo a Gerardo no le pude responder.

Quien no respeta, no se hace respetar. Que nuestro apuro no nos cubra de insensiblidad, porque, tontos, hacia allá vamos.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortizm@gmail.com 

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