Algo pasa en Venezuela: qué, en ocho tips

En medio de la neblina informativa, intentamos poner en negro sobre blanco la crisis venezolana que necesariamente salpica al continente.
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Gabriel Conte

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Algo pasa en Venezuela: qué, en ocho tips(AP)

Algo pasa en Venezuela: qué, en ocho tips | AP

Algo pasa en Venezuela: qué, en ocho tips(El Universal)

Algo pasa en Venezuela: qué, en ocho tips | El Universal

La gran pregunta sobre Venezuela, a la que todos le buscamos alguna respuesta despojada de parcialidad, es “¿qué pasa?”. Un signo de este tiempo es que el periodismo no busca reflejar lo que ocurre, sino lo que le gustaría que suceda; no es testigo sino juez.

Por ello es que cada vez se necesita escuchar más campanas. Los periodistas que no estamos en el lugar, sólo podemos analizar lo que sucede hablando con mucha (pero muchos) protagonistas o testigos directos de variada pertenencia política, o bien buscando mucho (pero realmente mucho) algún reporte imparcial o análisis (más escasos todavía) que no busquen derrocar a nadie ni imponer a ningún otro.

Ya resulta raro tener que formular estas aclaraciones. Pero las noticias llegan a las redacciones de los diarios a través de diversos caminos: agencias noticiosas (que tienen un tinte, oficialistas u opositoras y si no, reflejan una mirada desde el lugar en donde están parados); medios de comunicación locales e internacionales; redes sociales (en donde todo debe ser chequeado y rechequeado y tomado con pinzas, aunque a veces pueden tener la clave de lo que realmente pasa) y la información propia con la que se pueda contar. No se trata solo de quién es el dueño del medio ni cuáles son sus intenciones, sino también si el periodista es o no –como califica Reynaldo Sietecase, “soldado de alguien”. Si es así, la primera baja en esa “guerra informativa” es la verdad.

Un “plan B” para la prensa es mostrar todo lo que dicen “los unos” y “los otros”, en crudo, pero ya no es un ejercicio pleno de periodismo, sino una oportunidad de mostrar todo, impávidos, tal vez incapaces de explicarlo.

Tratando de tomar altura y observar lo que realmente sucede en Venezuela, intentaremos tomar algunos tips:

Algo pasa. ¿Qué?

Por qué se protesta. Venezuela está convulsionada. Dos situaciones centrales fuera de la política partidaria llevaron a que miles de personas se movilicen: la inflación y la inseguridad. En el primero de los puntos, un país que posee escasa producción e industrialización de alimentos sufre desabastecimiento. Los estudiantes universitarios, por otro lado, salieron a las calles a reclamar por ser objeto de robos. Pero sucede en un contexto incendiario: Caracas es una de las ciudades más violentas del mundo y con un altísimo índice de corrupción policial. Sus morgues están rebasadas y las cárceles son un escándalo, a pesar de los esfuerzos manifestados por el ex presidente Hugo Chávez, quien hasta creó un ministerio para abordar el tema. Sin éxito.

Cuándo se radicalizó la protesta. Un salto cualitativo y cuantitativo sufrieron las movilizaciones luego de que estudiantes de diversas universidades fueran encarcelados por protestar. Se los acusó, de entrada, de “fascistas”. Eso despertó un movimiento reivindicartorio de los detenidos y de los motivos de las marchas que la oposición asumió como propio y que se les fue de las manos al Gobierno inclusive, tras ceder y liberar a gran parte de los detenidos.

Legitimidades. Nicolás Maduro cuenta con legitimidad electoral: fue elegido presidente, aunque con escaso margen. Pero cometió una serie de errores cuestionados a nivel local e internacional. Uno fue no permitir el recuento de votos después de que la oposición encabezada entonces por Henrique Capriles demostró serias irregularidades en el comicio. Otro, fue la falta de solidez de Maduro a la hora de proclamarse triunfador: se dijo y desdijo en varias oportunidades a lo largo de pocas horas, lo cual llevó a los antichavistas generados por la acción de la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez, a no reconocer la legitimidad de su triunfo. La oposición es un grupo de partidos, viejos y nuevos, reunidos en una “mesa de unidad democrática”, la MUD. No todos piensan igual: los hay socialdemócratas y conservadores en su seno.

La política y las marchas. Llegado el momento de las elecciones municipales en 2013, un sector de esa oposición definió que había que plantearlas como “un plebiscito” para socavar la imagen de Maduro y el chavismo en el poder. El tiro salió por la culata: ganó el chavismo y sumó más municipios, aunque la oposición se consolidó en las zonas urbanas que ya poseía y se hizo fuerte allí. Maduro llamó al diálogo y se sumaron los “ex chavistas”, los terceros en disputa en una Venezuela de rara composición política. El sector de Capriles se mostró firme en contra, pero dispuesto a dialogar, cosa que dividió a la oposición. La presencia y crecimiento de los “ex chavistas” o “verdaderos chavistas” también divide las opiniones en un partido gobernante (el PSUV) que no cuenta con el liderazgo unificador de Chávez. La oposición radicalizada se hizo cargo de la bronca popular y parió a un nuevo líder: Leopoldo López, ex alcalde de Chacao, uno de los municipios de Caracas.

Lo urgente y lo importante. Así planteadas las cosas, podría inferirse que de aquella inflación e inseguridad que mueven al común de la gente a pedir cambio de políticas públicas le ganó el fragor interno de todos los sectores que se disputan el poder y que han elegido el peor de los escenarios para reclamarlo para sí: las calles. Y el peor de los métodos, en muchos casos: los grupos de choque. Por eso se confunden las medidas: algunas tienen que ver con la economía, otras con la limitación de los derechos de los opositores, otros mensajes del Presidente dirigen la mirada hacia temas del pasado y el principal: comenzó a hablar de un intento de derrocamiento.

¿Quieren derrocar a Maduro? En general, lo que la sociedad le pide –y eso incluye a muchos chavistas- es poder vivir tranquilos, comprar alimentos y que no los maten ni despojen de sus bienes. Es poco creíble que la sociedad en general quiera que haya un caos y una incertidumbre como la que puede generar un golpe de Estado. También es cierto que, en el deseo íntimo de muchos opositores y de la gente que le tiene animadversión al chavismo (en una sociedad sumamente polarizada desde los discursos de la dirigencia), está que Maduro caiga y que, en general, todo su “socialismo del siglo 21” se vaya al demonio. El Presidente alienta la idea de la “invasión externa”, un viejo recurso de los nacionalismos ya implementado por Chávez, con mucha mayor cautela y en sentido más semiótico, diríamos. Maduro, en cambio, acusa y responsabiliza a mansalva: a EEUU, a Colombia; militariza la frontera, despliega tropas, tanques, aviones de guerra: suma miedo al miedo. Y aunque se identifica en la matriz de las protestas estudiantiles el “estilo” que EEUU promovió en países árabes (con efecto paradógico en Egipto), lo más probable es que el golpe lo ejecute quien cuente con al poder de las armas y un teléfono con Twitter no mata. Sí la Fuerza Armada Bolivariana.

Quién tiene las armas y quién el poder. Algo de lo que poco se habla es de los problemas internos de la Fuerza Armada en Venezuela. Definitivamente, es un país que posee un gobierno militarizado, desde Chávez a esta parte, con una fuerte posición ideológica que es excluyente en sus filas. Se trata de un gobierno como el que en Argentina podrían haber encabezado los “carapintadas”, a todas luces. De hecho, el primer ideólogo de Chávez fue uno de ellos, Norberto Ceresole (ya fallecido). Aún así conviven los sectores “nacionalistas” con los “castristas”, que responden indirectamente a los planes que se elaboran en conjunto entre dos gobiernos que son más que aliados, sino dependientes el uno del otro, y viceversa. Aunque algunos anticubanos están en prisión (como Raúl Isaías Baduel, apresado por el propio Chávez, de quien era “compadre” y “hermano”) otros no y llevan sus proclamas por un “chavismo verdadero” a los muros de los cuarteles de toda Venezuela, en un acto de sedición interno. Ellos sí tienen las armas. Tienen casi todo el poder real, más allá de toda el menoscabo que puedan provocar los medios de comunicación y las redes sociales.

En dónde está parado Maduro. Hay que reconocer varios puntos:

- El presidente Nicolás Maduro pone las causas de todo esto de lo que hemos hablado fuera de las fronteras de su país. Al menos, es lo que manifiesta públicamente. Para su discurso público nada de lo ocurre tiene una causa a la que se pueda combatir con política pública.

- Está subido, metafóricamente, en una tanqueta: todo lo que desde allí se ve es muy diferente a lo que puede apreciarse desde un comando general. En medio de las protestas, lanzó un apreciado llamamiento a “la paz” y al “diálogo político”. Pero en el mismo discurso usó una frase terrible: calificó a todo opositor de fascistas y, en diálogo con la masa que había convocado (empleados de la empresa estatal de petróleos PDVSA) los calificó de “infección que hay que erradicar”. Una mala interpretación de los adláteres sólo de esa frase puede desencadenar un genocidio.

-  A nivel internacional, puso en riesgo no solo a la alicaída OEA, sino también a la “propia” Unasur: sus mandatarios están en un brete. Una ola de reproches internos en los países aliados y aun en los que no lo son, como Colombia y Perú, están dejando mal parados a sus presidentes, que no quieren exagerar la condena a Maduro, ni condenar el “intento de golpe”, ni tampoco la represión y las muertes. Recibió un específico respaldo en una sesión de la OEA de parte de Argentina, Ecuador y Bolivia, por nombrar los países sudamericanos que lo hicieron. Y nada más.

- Dejó mal parado a Celac, “la nueva OEA latinoamericana”. Pocos días después de una cumbre realizada en La Habana en donde fueron todos, aun los anticubanos, pone en riesgo su unidad exigiendo definiciones que ni siquiera los “amigos” están dispuestos a dar porque arriesgan mucho políticamente dentro de sus propios países. Brasil, cuyas empresas gozan de las grandes obras de Venezuela, está en silencio y se mostró incómoda en la reunión que EEUU convocó en la OEA y hasta quiso cambiar la agenda del día para no tener que decir nada.

- Y además, ¿qué presidente quiere invitar a Maduro al suyo o visitarlo y salir juntos en alguna foto? Eso produce aislamiento y sospechas sobre Venezuela, más allá de las corrientes pro y contra en vigencia.

- A nivel derechos humanos, Venezuela ya mereció el rechazo de las organizaciones más respetadas debido a la situación vulnerable que viven miles de opositores y, aun, oficialistas, lanzados a “defender” al gobierno “hasta con las armas”.

Venezuela vive un momento insólito en donde la política no es quien encuentra las repuestas, sino en donde prima una visión militar de las soluciones. En ese micromundo el diálogo y la divergencia no es posible ya que solo se admite el verticalismo y la acción.

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