La odisea de familias venezolanas que oscilan como un péndulo entre fronteras

La odisea de familias venezolanas que oscilan como un péndulo entre fronteras

Parte de la población venezolana que había emigrado en busca de mejores condiciones de vida, ahora regresa a su Venezuela, pero esta vez en peores condiciones, con un mayor desgaste y con un horizonte al que mientras más intentan acercarse este más se aleja.

MDZ Mundo

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La realidad política y social de Venezuela parece quedar cada vez más lejos de interpretaciones fáciles. En todo caso, su realidad económica es más fácil de interpretar: ya sea por bloqueos económicos o malas gestiones "nicomadurenses", lo cierto es que está cada vez peor; y eso ya puede verse desde lejos y desde hace tiempo.

Hace alguno días, el portal del New York Times publicó una reporte elaborado por Julie Turkewitz y Isayen Herrera, que cuentan el derrotero de numerosas familias que emigraron a Colombia para buscar mejores condiciones de vida, huir de lo que a esta altura no cabe dudas de que es una dictadura y habitar un país sin bloqueos comerciales ni causi-guerras civiles a la vuelta de la esquina. Su destino: Colombia. Su suerte: una pandemia asfixiante y peligrosa. Nada menos. Así que, así como se iban yendo, fueron volviendo.

Una de las consecuencias que generó la pandemia de la Covid-19 fue, precisamente, que se perdieran los puestos de trabajo que poblaciones migrantes habían conseguido en sus nuevos destinos. "Afganos, etíopes, nicaragüenses, ucranianos (...)" --enumera la nota--, debieron regresar a sus lugares de origen. Entre estas poblaciones destacan las familias venezolanas, las más afectadas, y entre unas y otras conforman un fenómeno que organizaciones internacionales de ayuda han definido como "migrantes varados", es decir, personas que quedan a medio camino, en rutas fronterizas, sin dinero, sin trabajo.

Gentileza de New York Times
Fotografía de Federico Ríos.

La Organización Internacional para las Migraciones, dice la nota, ha contabilizado por lo menos 2,75 millones de personas en esa situación y, entre los más afectadas figuran, precisamente, las oriundas de Venezuela. Más de 100 mil personas de ese país han emprendido un regreso desde Colombia y lo han hecho a pie. Es decir, han intentado (algunas lo habrán logrado) caminar más de 2400 kilómetros hasta sus hogares. Pero claro, una odisea es una odisea, no podría nunca terminar ahí: pues, al no encontrar respaldo ni mínimas posibilidades, volvieron a Colombia; otros 2400 kilómetros más. 

 En la descripción de la situación de tan sólo una de las tantas familias que atraviesa la misma realidad deambulante, la nota dice: "Cada día, caminan hasta que se les entumecen los pies, piden comida, acampan al borde de la carretera y se esconden de la policía que patrulla en busca de las personas que no cumplen la cuarentena".

Oportunistas al acecho, una especie de abogados caranchos que andan como zombis por los pasillos de los hospitales, aparecen los traficantes. "Atrapados entre dos países, y después de perder sus dos hogares, deciden seguir adelante y le entregan el dinero que les quedaba, 30 dólares, a un contrabandista. Cuando les dice que no es suficiente, el hermano de Jessika, Jesús, se quita los zapatos. Los entrega y se sube descalzo, con los demás, a un camión de carga lleno de personas".

Cuenta, además, que en este regreso a sus hogares, el Gobierno venezolano hace uso de sus fuerzas armadas para confinar a los recién llegados a carpas donde se hacinan cientos de personas. Los mantiene allí durante un mes o más, la comida escasea, las esperanzas se desinflan y lo que era una vuelta a casa termina siendo la vuelta a un infierno en cada vez peores llamas.

Culpa de Maduro, culpa del bloqueo, culpa del mundo que como dijo Duras en una de sus novelas "se equivocó de rumbo y de eso no hay vuelta atrás", lo cierto es que la población venezolana viene siendo víctima de un atropello a los derechos más esenciales desde ya hace un tiempo que por poco parece ya incontable. 

 

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