“Yo no dependo de nadie” y otras mentiras que nos encanta decir

¿Existe la posibilidad de ser realmente independientes? Una reflexión para hacerse preguntas en serio.

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El ser humano es un animal de manada. No hay con que darle.

Pero como nuestra naturaleza nos empuja a sentirnos parte de un grupo, de una sociedad, de una pareja, de lo que venga, también nos empuja extrañamente a mostrar siempre autonomía a pesar de que no somos, ni por asomo, ignorantes a las vidas de las personas que nos rodean.

Y en el mundo moderno, la hipocresía crece más. Cada vez las personas se muestran más individualistas y fuertes, irónicamente, mientras más acompañadas están.

Es como si alguien que tiene un Ferrari y maneja una empresa de petróleo te dijera que la plata no importa.

O como si alguien que tiene una novia hace 10 años te dijera que el amor llega solo.

O como si un mendocino le dijera a un sanjuanino que el agua potable no es tan importante.

Es obvio que no es importante, porque nunca hubo falta. Porque si al rico le sacas el dinero, al enamorado le sacas la novia, y al mendocino le metes cianuro a las reservas de la OSM, solo ahí se van a dar cuenta de lo dependiente que eran de la guita, de la melosidad y de el acceso a agua no cancerígena.

Dicho en criollo, muchos creemos o fingimos que nos podemos el mundo entero solos, sin la ayuda de nadie. Que podemos ponerle confianza a cualquier persona, pero si nos falla, siempre vamos a salir adelante, porque somos re independientes del mundo.

Obviamente, están siempre las excepciones. Los que te dicen que sin la familia, los amigos, la novia/o, no podrían vivir. Y a ellos les doy un aplauso, porque es una realidad.

Yo acepto que sin esas personas mi vida seria miserable, por no decir insufrible. Es así de simple.

Pero veo tan seguido a gente desligándose de otra por peleas, por el tiempo, por falta de cariño, que me de bronca que no luchemos un poco por lo que queremos, o mejor dicho, a quien queremos.

Piensen que un día, Mirtha Legrand y su inmortalidad van a cortar relación, y piensen en el gran terror que eso ocasionaría.

¿Por qué nos desligamos de alguien que estuvo tan presente en nuestra vida?

¿Nos desligamos por una discusión? ¿Una pelea? ¿Por un distanciamiento? ¿Por paja de no ponerse al día de vez en cuando?

Pero siempre llega alguien nuevo a “ocupar un lugar”. Como si tuviéramos un límite de a cuantas personas querer en una vida.

Hacemos eso. Cambiamos de manada permanentemente y nos olvidamos de los que estuvieron ahí… familiares, amigos, conocidos, líderes, jefes, compañeros. Y a ese permanente cambio, a esa bosta de dejar algunos y poner otros siendo nuestra persona lo único que no se altera, es lo que llamamos “autonomía” e “independencia”.

Así es la realidad.

No nos gusta “depender” de alguien o “necesitar” de alguien. Nos hace menos por una razón que nadie puede explicar.

Es como si encontráramos en nuestra naturaleza esencial, una gran contradicción, que vivimos mejor cuando estamos rodeados de gente que queremos, pero que no nos sentimos a gusto dependiendo de esas personas.

Por eso, yo hoy les digo no “dependan” ni anden “necesitando” de nadie.

Pero si pueden “atesorar” y “valorar” a esa gente que está ahí o estuvo ahí para ustedes.

Atesoren ese beso que mamá o papá les dan o les daban a las mañanas, porque es una memoria que no se borra del pecho.

Valoren a ese hermano o hermana que un día sacrificó tiempo y energía por hacerles una gauchada.

Atesoren a ese amigo que nunca les fallo, ni en la peor de las situaciones.

Valoren a esa mina o a ese vago que les corto la cara, porque les enseño de la vida, como también atesoren a esa mina o ese vago al que tuvieron que mandar a volar porque no sentían lo mismo, por la misma razón.

Atesoren a los animales que algún día se quedaron mirando fijos la puerta esperando a que ustedes llegaran.

Valoren a ese profesor, que se quedo un rato mas después de clase para poder explicarles algo que no entendían.

Atesoren al grupo de amigos/as con el que vivieron las aventuras que el día de mañana les van a contar a sus hijos.

Valoren a esa persona que los hizo reír y llorar al mismo tiempo, porque nos enseño que en una vida de matices blancos y negros, solo nos encontramos grises.

Atesoren a un dios, si es que tienen uno, o atesoren a la naturaleza, solo por el milagro de existir.

Valoren a ese ejemplo de vida, que mas allá de toda complicación siempre nos enseño como actuar con conciencia.

Atesoren a ese familiar que ya no está con nosotros, pero su ausencia nos sigue doliendo.

Valoren a ese desconocido que un dia se bajo de su auto para ayudarles a empujar el suyo, a ese desconocido que les presto cambio en el micro, a ese desconocido que los levanto cuando se cayeron en medio de la calle, porque les enseño que la bondad se puede encontrar en cualquier lado.

Quizá somos animales de costumbre, y es una costumbre muy nuestra no mostrarnos vulnerables. Saber que si nos encontramos solos contra el mundo, vamos a salir adelante.

Pero yo les digo que hoy se den cuenta, que no dependemos sentimentalmente de nadie.

No necesito a nadie para vivir mi vida.

Pero le doy gracias a Dios todos los putos días, por haberme dejado vivirla acompañado.

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