Vuela vuela, no hace falta equipaje

Vuela vuela, no te hace falta equipaje, sólo ingenio y agallas; un texto para leer y pagar en cómodas cuotas.

adrian monetti

a

Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra

Fuentes consultadas

https://alpoma.net/tecob/?p=321

http://www.poetasandaluces.com/profile/12/

Los humanos siempre quisimos volar, envidiamos a las aves que rondan nuestras cabezas y anhelamos bucear entre las nubes, acariciarle la panza a la luna.

Queremos ser dioses para poder controlar el vuelo. Amamos a Súperman, por su capacidad para poder volar, que es inherente a su condición de súper hombre.

Queremos volar para no pagar pasaje, para ver las cosas chiquititas y sentirnos gigantes. Queremos volar sin consumir drogas  o volar para consumirlas. Queremos tener alas, para acicalarlas con cuidado, con amor y con esmero... alas blancas, esponjosas y con plumas fuertes... alas de colibrí... alas de murciélago con radar y GPS.

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En Córdoba, España, aproximadamente en el año 850, una persona - de esas que son imprescindibles para la Humanidad - reunió a una multitud  para que sean testigos de la hazaña que iba a hacer el intento de realizar. El morbo de una muerte segura y dolorosa estaba presente en el gentío que se había congregado.

Abbas Ibn Firnas era considerado como un ser ilustre entre los suyos, era muy conocido por sus experimentos químicos y sus obras de ingeniería. También fue un reputado poeta, experto en el uso de cristales para fabricar lentes, astrónomo, físico y mecánico de primera. Diseñó y construyó  una clepsidra -un reloj de agua muy original.

Abbas Ibn Firnas también tenía el mismo deseo y como era industrioso decidió llevar a cabo un experimento muy peligros pero no por eso atrayente y digno de envidiar.

Mandó a hacer unos largueros de madera articulados que se podían mover y abrir de forma similar a unas alas, detallando cada parte con suma precisión de ingeniero. Además cubrió el artilugio con sendas plumas.

Luego se subió a la torre más alta del Palacio de la Arruzafa, se ciñó el arnés con el aparato que mandó fabricar. Entonces ante el grito ahogado de la muchedumbre que observaba mórbidamente se lanzó al vacío.

Ante el estupor general no cayó en picada cómo todos esperaban; por el contrario se mantuvo en el aire, planeando, algunas decenas de segundos, surcando el aire como un pájaro.

Abbas Ibn Firnas fue el primer ser humano en desarrollar un intento basado en técnicas científicas de vuelo.

A pesar del éxito conseguido el final del vuelo no fue tan auspicioso. Él no tuvo en cuenta de que se necesita algo más para conseguir la perfección de los seres alados, una cola para maniobrar en el aterrizaje. Al intentar hacerlo Abbas Ibn Firnas se encontró de golpe con el piso, pero eso importaba. El hito estaba logrado.

Algunas fuentes detallan que tuvo lesiones menores, otras en cambio dicen que sufrió serias heridas y fracturas varias y que su recuperación fue lenta y dolorosa, han pasado muchos años para tener certezas y todo el relato tiene aires de leyenda, de mitología, como Ícaro y sus alas de cera.

***

Cuando yo tenía la edad de seis años no tenía conocimientos de lo que había logrado Abbas Ibn Firnas, pero si una intuición lozana e infantil de que me podía erigir como un ser volador. En una enciclopedia que había en mi casa un dibujo de una máquina voladora -de Leonardo Da Vinci -  me había embelesado.

En secreto, con cinta adhesiva, tres palos de escoba y una sábana blanca con flores azules conseguí armar una especie de aladelta; quedó muy uniforme, aunque tenía el defecto de no tener en dónde asirme, pero ese era un detalle menor.

La idea seminal era arrojarme desde el techo, pero era invierno - uno crudo y desleal - así que tenía prohibido salir, entonces opté por hacer el vuelo inaugural en la pieza de mi abuela Cruz.

Aparte de tener siempre chocolates escondidos en lugares que yo los pudiese encontrar, también tenía un gran ropero que llegaba casi hasta el techo.

Consideré que era la altura justa.

Una siesta que creo que nevaba, me subí al mueble y me dispuse a volar.

En la parte superior del armario descubrí un montón de tesoros, pero nada me alejaba de la idea inicial. Tuve un rapto de lucidez y elegí como pista de aterrizaje la cama de mi nona, un sitio idóneo para descender.

Me lancé.

Durante un escaso segundo todo funciono a las mil maravillas, había vencido a la gravedad; pero la estructura de mi aparato volador tuvo una falla de materiales en la cinta adhesiva. Antes de caer en la cama ya se había roto.

Caí sobre el grueso acolchado, reboté hacia la mesita de luz y le pegué con la cabeza. Quedé tirado en el suelo, llorando ríos desbordados. Como un detalle no menor la sábana blanca con flores azules me cubrió lentamente al caer.

Ahora, al acariciar bajo mis canas la pequeña cicatriz que me quedó, me siento bien.

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