Último

Una carrera barrial se transforma en un evento multitudinario, un adolescente rosarino se juega el honor familiar, el amor y el apellido en la pista. Increíble anécdota real de un lector.

Daniel filas

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Último, el peor… y lo más triste… saber que es cierto. Sos un sorete, sí, un gran sorete, y no falta el altanero ganador que palmeándole la espalda al pobre infeliz le dice: ─muy bien, lo tuyo fue digno─. ¡Digno! ¡Qué hijo de puta! ¡Cómo será lo indigno!

Nací en Rosario, ciudad portuaria y oscura, mis viejos, hijos de inmigrantes italianos, me criaron de la mejor manera, éramos una típica familia de clase media argentina, no faltaba pero tampoco sobraba, junto con mi hermano tuvimos una infancia feliz.

Crecimos correteando las calles del barrio Echesortu, mi hermano, cinco años mayor que yo, hoy ingeniero civil, siempre fue mi protector, por lo general sin estar presente ya que era famoso por su condición de boxeador callejero de los mejores, se hablaba mucho de su zurda letal, es más, a mi me identificaban por él, solían decirme, ─¡AH!... vos sos el hermano del perro Lubertti─. Esto me llenaba de orgullo, me agrandaba como maíz que se hace pororó.

Mi vieja, ama de casa de toda la vida, era un ser difícil de describir, para mí no era humana, era un ángel, un Dios, algo divino, no sé cómo definirla, todo cariño y bondad, siempre sonriente, su mirada transmitía paz. Me acuerdo de un compañero de colimba, el sapo Martino, feo como pocos, conocí solamente una persona más fea que él: su hermana.

─Decía el sapo: Las madres y las novias no cagan ni se tiran pedos─, y yo creo que algo de verdad había en esa profunda reflexión.

Mi viejo, mi gran viejo, era mi ídolo, serio, personal, de pocas palabras pero las justas, cabeza dura como pocos, le decían adoquín, siempre tenía la razón y si no la tenía más testarudo se ponía. Me acuerdo que una vez se trenzó en una discusión política con el rengo Bonfati y terminó pateándole el bastón al pobre gringo que mientras iba cayendo de jeta al piso recibía todo tipo de puteadas.

Hombre de rostro duro, nunca lo había visto sonreír, cuando tenía que expresar un sentimiento era como que cambiaba de color, se tornaba medio azul, amante del futbol y las bochas, fanático de Newell’s Old Boys, sabía de memoria las formaciones de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, también la del campeón setenta y cuatro, a su entender, el último gran equipo. Siempre repetía con enojo: “el fobal de antes era verdadero, no como ahora que corren por la guita, antes jugaban trasnochados, inclusive en pedo, pero… ¡cómo jugaban!

Su cultura era bien barrial, según él se había recibido de técnico electricista, pero por su forma de hablar y su cultura general yo creo que no había terminado la primaria. ─Ferroviario y peronista hasta los huevos ─como decía él, frecuentaba diariamente el club “Deporte, salud y progreso”, vieja institución del barrio, la cual no hacía honor a su nombre ya que la cancha de básquet era simplemente un espacio para que los mocosos jugaran y se cagaran a golpes contra el suelo, lo de “salud” era muy dudoso, la mayoría de los bochófilos eran chuperos empedernidos y fumaban a tal punto que el cigarrillo parecía parte de sus cuerpos, y lo de “progreso” más dudoso todavía, el más prospero de los socios ostentaba una moto Puma modelo 1957.

Mi viejo no jugaba, simplemente veía cómo lo hacían sus amigos, eso sí, chupaba a lo loco, cuando llegaba a casa para cenar se lo veía tambaleante y con un olor a mezcla de vino tinto y vermut que volteaba, pero nadie le decía nada, eran códigos entre los cuatro, disimulábamos su estado charlando de cualquier pelotudez.

A tres cuadras de casa estaba la sociedad de fomento “Socorros mutuos”, otro nombre que jamás entendí (siempre imaginé a un pobre hombre que había caído de un techo y hecho mierda pedía socorro, yo me acercaba y le pedía socorro a él, al rato aparecía otra persona y nos pedía socorro al accidentado y a mí, y así sucesivamente hasta que se formaba el coro “Socorros mutuos”, a todo esto el desdichado, reventado y quebrado por todas partes se arrastraba hasta una sala de primeros auxilios).

Dicha institución cumplía cincuenta años de existencia, como festejo organizó carreras de cuatrocientos metros y para darle más seriedad al evento contrataron a una tal Añuska Brezhneva como entrenadora. Me anoté con mucho entusiasmo y optimismo, daban dos meses para entrenarse y disponías de las clases de la rusita, como le decían los viejos. Cuando la vi por primera vez casi pierdo el conocimiento... ¡qué culo! rubia, alta y con unos shorts apretadísimos que le resaltaban las zonas más apetecibles ayayayyy…

Iba a sus entrenamientos solamente para verla, después no hacía un carajo de lo que decía: trotar media hora, elongar, trotar otra media hora, elongar, correr diez minutos, elongar, cinco minutos de carrera intensa y elongar por última vez, una ducha bien caliente y relajación; lo único que hacía yo era tomar una ducha bien fría para sacarme la calentura que me provocaba su imagen en mi cerebro, previo a esto le hacía de todo a la rusita ejercitando mi mano derecha. El cura del barrio decía que si nos masturbábamos no íbamos a entrar al paraíso, haciendo cálculos… creo, me tocaría el subsuelo del peor infierno.

Y llegó el día, el gran día, el barrio era un volcán en erupción, frente a la sociedad de fomento habían puesto un pasacalle que rezaba 1924 – 1974, cincuenta años de trabajo y progreso.

Me tocó la quinta carrera categoría 14 años, sin exagerar había más de dos mil personas, estaban todos, hasta el comisario exhibiendo su monumental panza etílica, si habían dos mil personas yo calculo mil perros presentes, el olor a mierda pisada mezclado con el humo de los puestos de choripanes producían una atmósfera parecida al chiquero de Don Moglia, un verdadero asco, pero esto sumado a las figuras fellinescas y a los tangos de Gardel que reproducían los parlantes enganchados en los árboles, daban como resultado una imagen onírica, irreal, llena de magia… única.

Las primeras carreras fueron muy parejas, con un entusiasmo casi desmedido de los espectadores que alentaban estruendosamente a sus hijos, familiares o amigos que participaban. Dos cuadras ida y vuelta era el recorrido, cuando el concursante llegaba al otro extremo debía pasa por atrás de una silla y emprender la vuelta hasta llegar al punto de partida. Y llegó la 5ta carrera, ¡la puta que lo parió!, ¡qué nervios!, me temblaba el cuerpo y sentía picazones por todos lados, por un altavoz se escucharon los nombres, cuando oí el mío tuve un leve alivio, no sé porqué pensé que todo iba a terminar como en las películas de Hollywood que proyectaban en el cine Echesortu, una simple premonición, nada más.

Ya en la línea de largada con la cabeza baja, mirando el asfalto recé un Ave María muy rápidamente, luego elevé la cabeza y vi a mi vieja sonriente y a mi viejo serio pero de color azul, eso significaba que estaba orgulloso y feliz.

Sonó el pito, no sé porqué puta razón salí a mil, olvidando los consejos de la rusita que decía: ─hay que regular las energías ─, a los cien metros sentí como un mareo y las piernas me empezaron a pesar como si fueran de plomo, Ayayayyy… respirar era casi imposible y para colmo esto recién empezaba.

Vi pasar a mis contrincantes como verdaderas saetas humanas, quedé en el último lugar en forma humillante, ¡último! ¡último! me repetía el cerebro, cuando llegué a los doscientos metros era tal mi aturdimiento que casi doy dos vueltas alrededor de la silla, un buen hombre me tomó de los hombros y me orientó diciendo: ─¡Dale derecho que llegas!─, esto me cayó como una patada en los huevos, me hizo razonar que lo que estaba pasando era real.

Me quedaban doscientos metros de dolor y vergüenza, temblaba como un Cristo en la cruz, mi visión era muy confusa y mi cerebro un caos total. Recorrí los cien primeros metros de la vuelta casi caminando, de vez en cuando levantaba un poco más la pierna derecha para simular un trote que nadie creía. Todos los corredores habían llegado a la meta menos el peor: yo… El ganador esperaba impaciente mi llegada para que concluyera la carrera y así recibir su correspondiente medalla. Continué a pan y queso, ya no se escuchaba el griterío de la gente, estaban como atónitos de ver mi paupérrimo desempeño deportivo, sin resto ni para gatear busque un apoyo externo, una ayuda divina que me proporcionara fuerzas para llegar y terminar este verdadero calvario, solamente una persona podía proporcionármelo: mi viejo.

Alcancé a verlo entre la muchedumbre, lo miré fijo, noté que su rostro tenía otro color, estaba como morado, vi como sus manos subían para hacer de megáfono y me dije: ¡por fin un alivio a este martirio, por fin! Y escucho su estruendosa voz decirme: ─¡Andá a estrenar hijo de puta!!!

Estas palabras fueron martillazos en mi cabeza, de ahí en adelante no recuerdo nada, es más un amigo me contó que llegué a la meta tipo zombi y cuando pasé la línea de llegada tropecé con un pendejo que estaba tirado en el suelo y me tuvieron que levantar entre varios. Dos meses estuve sin hablar con mi viejo, nos esquivábamos en todo momento, en la mesa el silencio se tocaba con la mano, inclusive no se lo veía borracho, la vergüenza era mutua y se la transmitíamos a mi vieja y a mi hermano, hasta que en un almuerzo dominguero decidí cortar el hielo diciendo: viejo, no se dice estrenar se dice entrenar… y mi padre alzó la cabeza y mirándome a los ojos... sonrió.

FIN

Dedicado a mi vieja, 11 de agosto de 2013

Escrito por Daniel Filas para la sección:

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