Solitaria

Solitaria

Una escritora padece la ausencia de la musa inspiradora, necesita activar su mecanismo creativo, entonces inicia su oscura rutina para conseguirla.

La escritora quiere escribir algo y no puede. Se sienta ante la pantalla vacía y una que otra lagrima le cae por la mejilla.

Piensa. Piensa en lo melancólica que es la vida para un poeta, lo triste e impotente que puede ser el desear cosas que no pasan. Que no pasarían.

El frío llega de a poco, y el vacío que está en su cama se hace grande. Sus manos solas se enfrían, como para avisarle, y la melancolía le agarra más fuerte que nunca. Piensa en lo que le gustaría que pasara.

Esas aplicaciones la mantienen ocupada. Ese celular es un manotazo de ahogado. Necesita compañía, aunque sea fugaz. Comienza a charlar vanamente con alguien, acuerdan un encuentro.

Se viste provocativa y sale a su encuentro, aun sabiendo que pueden haber pervertidos, aún así y todo necesita contacto con alguien. Necesita lo que un lejano y pasado le dio. Necesita calor.

Llega temprano al bar, y se pide un gin tonic. Cuando ya va por el segundo llega su cita, un hombre de unos treinta años, alto y de contextura media, que la mira lascivamente y la saluda con un beso.

—¿Cómo estás? —Le dice. Intentando entablar una charla casual.

—Con ganas —le responde ella, y le dice con la mirada lo que, para no quedar como desubicada, no le puede decir en palabras.

Él se pide una pinta de cerveza negra. Ella sigue con los gin tonic.

En un punto de la noche, se va hacia el baño, se lava las manos y se retoca el rouge. Al buscarlo toca el borde la navaja que, siempre como precaución, lleva en la cartera. Se le ocurre una idea pero no dice nada. Intenta olvidarla.

Cuando vuelve y se sienta en la barra donde está el hombre (no recuerda el nombre, y medio que tampoco le importa) pide la cuenta. Paga él y ella le susurra — vamos a tu departamento —, y le da una mordida pequeña en el cuello. Él se excita. No duda. En la puerta del bar llaman un taxi, y, en el camino entre su departamento y el bar, se empiezan a besar con lujuria, y él se siente el rey de la selva. Ella le mete la mano por el pantalón y siente la erección creciente que la situación le provoca. Él le mete una mano por debajo del vestido y siente como su entrepierna se moja. No lleva ropa interior.

Cuando llegan al edificio en las afueras del centro en donde vive él y entran, ella no puede olvidar el hecho de que tiene una navaja en la cartera. Nada malo va a pasar. Solo es sexo. Solo eso. Y nada más.

Apenas él abre la puerta, ella entra y siente como de atrás, le empieza a dar besos en el cuello que acrecienta la excitación. Deja la cartera arriba de la mesa en el living. Se saca la campera. Él empieza a desprenderle el vestido hasta dejarla desnuda. Ella le saca la camisa y empieza a besarlo, hasta llegar al pantalón.

El la agarra de la mano y la conduce a la habitación. Ahí se saca el pantalón y se sube arriba suyo y se trenzan en un éxtasis conjunto. Nada puede salir mal. Y nada saldrá.

El acaba primero, y ella después. Le da un beso en la boca y se levanta para ir al baño. En el camino, va a buscar su cartera y vuelve a sentir su navaja. La saca. Va al baño, se mira al espejo. Está despeinada pero sabe perfectamente que hacer.

Vuelve a la cama, él la mira y le ofrece quedarse a dormir. Ella lo hace, hace frío afuera y la compañía nunca está de más. No se da cuenta de la navaja que ella lleva en su mano, y que deja en el piso al lado de la cama.

Se duermen los dos. Unos instantes antes de que amanezca ella se despierta. Ve la navaja y ya no duda. Abre la hoja. Mirándola se pregunta cuánta sangre saldría por el cuello si apuñalase al amante. Y sin darle muchas vueltas al asunto, le da una sola puñalada en el cuello y en cuestión de segundos observa como los litros de sangre en el cuerpo del hombre dormido empiezan a salir por el corte. Segundos después de da cuenta que se ha muerto. Ni un solo ruido. Ni una sola palabra. La sangre tiñe las sábanas y la cama, y empieza a chorrear hacia el piso.

Ella mira la hoja ensangrentada. La lame y saborea el ferroso sabor de la sangre en su boca. Una vez limpia, va hacia el living donde está su cartera, deposita el arma dentro, se viste y cierra la puerta. Llama a un taxi, y recuerda porqué esta sola. Matando a sus amantes siempre lo seguirá estando.

¿Querés recibir notificaciones de alertas?