Mitos cuyanos flasheros: El duende del Valle de la Luna

Pericles Gonzales Mendo nos deja una especie de "leyenda cuyana" sobre un duende que habita en el Valle de la Luna, San Juan.

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Muchas son las leyendas urbanas que corren en nuestros días, algunas de ellas son muy difíciles de comprobar debido a su escasa información o ridículo contenido en su cuerpo. He sido testigo de algunas de esas anécdotas que normalmente están ligadas al uso de estupefacientes, en chuncano básico “ya estas flasheando culiado”. Los personajes de estas incurren en una serie de aventuras muy locas en circunstancias muy extrañas.

Bueno, queda entonces plasmada una pequeña introducción y vamos con esta primera anécdota que ocurre en la vecina provincia de San Juan. Debido a una serie de denuncias realizadas en redes sociales no puedo utilizar algunas palabras clave y frases características para poder desarrollar esta historia, entre ellas están “neeeño”, “échale viento a la shueeeda”, “semiiita” y el “quiere algo dooon”. Tampoco voy a decir piedra, roca, cascote o “proyectil catapultado con el brazo”. Al fin y al cabo, ya las dije.

Todo ocurrió una semana de verano, unos amigos decidieron ir a acampar unos días al mítico Valle de la Luna, un lugar de otro planeta ubicado dentro de nuestro hermoso país. Se desconoce la cantidad de personas que concurrieron, pero se presume que eran entre 4 y 5. Las noches en este hermoso paraje muestran un luminoso cielo estrellado, un silencio armonioso y una calma de envidiar, es el lugar ideal para tener conversaciones profundas y personales, o en su defecto el lugar ideal para consumir alguna sustancia de índole psicoactivo.

Asado de por medio, vino y guitarreada, uno de los presentes sustrajo de su mochila una pequeña botella con un liquido de un color peculiar, no era transparente como para ser agua y no tenia burbujas como para ser una gaseosa. Todo indicaba que era algún menjunje medicinal o algo extraño. Existen dos versiones poco alentadoras y manijas, una de ellas es que era te de floripondio y la otra es que era el conocido San Pedro de la zona. Cualquiera de las dos es demasiado fuerte para quienes no las conocen. Vamos a la historia, estas drogas se utilizan en distintas tribus del mundo para realizar rituales espirituales y te dejan de la tutuca por un tiempo demasiado prolongado, se habla de días de viaje. Es como subirse en uno de los anillos de saturno y correrle una carrerita a Usaín Bolt arriba de un 147 sin capó y escape abierto, una flasheada de la gran puta.

La cosa es que tomaron una tapita cada uno y empezaron a alucinar de manera extravagante, colores impensados, bichos que se les acercaban a hablar, uno de ellos se acerco al conocido “submarino” y le empezó a preguntar sobre la razón de la existencia del ser humano en la tierra. Ante la respuesta, o falta de respuesta, tomó un objeto contundente del suelo y lo arrojó contra la figura sin percibir reacción alguna, le gritó “submarino careta” y se quedó insultándolo por unos minutos. Dije que no iba a decir algunas palabras, pero me doy a comprender.

A la mañana siguiente uno de estos personajes subió al auto y dijo “enseguida vuelvo”, gran error, algo que nunca debió haber sucedido. Imaginen ustedes lo que debe ser manejar en ese estado, las señales de velocidad te saludan, las de alto te invitan a acelerar y los semáforos te bailan en la esquina.

Pasadas muchas horas el vehículo rodo por los caminos del valle y se detuvo frente a sus amigos, de adentro se bajó un joven frenético con una sonrisa de oreja a oreja, según el relato este dijo en voz alta —loco, no saben lo que pasó, me encontré un duende.

Acto seguido todos largaron una fuerte carcajada, debido a que estaban aún bajo los efectos del narcótico, seguido de esto uno le dijo —estas flasheando culiado.

Mostrando cierto enojo con sus amigos tomo las llaves del vehículo, se dirigió hacia la parte posterior y dijo detrás de una sonrisa orgullosa —sabía que no me iban a creer, así que lo agarré y lo encerré en el baúl.

—Callate culiado— le gritaron entre risas, todo hasta que abrió la puerta.

Desde adentro se escucho una serie de insultos que dejo mudos a los amigos, menos al primero que inflo el pecho orgulloso como loro que va para la cocina. Cuando se acercaron a observar encontraron dentro del mismo a un hombre de pequeña estatura atado con la linga del auto, gritando a viva voz —¡suéltenme, hijos de puta!— El joven, bajo los efectos psicoactivos de la droga, había encontrado al hombre caminando por algún pueblo, seguramente Jáchal, lo había reducido y lo encerró en el baúl. Más claro: secuestro a un enano.

Según cuenta la leyenda, una vez liberado de sus ataduras, el pequeño hombre trato de agredir a su secuestrador, mientras que sus amigos intentaban detenerlo. Luego pidió un teléfono y llamo a la policía. Algunos dicen que el hombre retiro los cargos, otros que el joven enfrento un juicio, la sentencia habría sido en años de prisión o en pagarle al pobre hombre una gran suma de dinero.

Lo importante es lo siguiente, no se droguen con esas cosas. Si lo van a hacer que sea con supervisión, y escondan las llaves en algún lugar donde su amigo manija no las encuentre, eso es mucho muy importante.

Volveré con más mitos flasheros en la brevedad.

NDR: pueden leer otra versión de este mito, situado en Córdoba, haciendo click acá.

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