Metamorfosis nocturna

Los hechos traumáticos de la infancia cobran vida mientras dormimos.

mina murray

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Cada vez que despierto en las mañanas es lo mismo. Abro un poco los ojos, me acomodo entre las almohadas y el acolchado y con mis pies busco sus pies. Los encuentro tibios y suaves. Y como si su cuerpo estuviera compuesto de imanes, una por una mis partes se acoplan a su silueta. Cuando mis rodillas hacen nido con las suyas, su cintura me ofrece la mejor de las curvas para reposar mi brazo izquierdo. Al rozar su espalda sentí su piel fría. Nada que ver con la tibieza de sus piernas.

Me incorporé un poco más. Su piel estaba pegajosa y un leve color verdoso se dejaba ver entre las sábanas. Al tacto era áspero y tenía bultos como callosidades con corteza.

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Seguí el recorrido con mi mano, aumentando la velocidad y al llegar a su nuca noté como la cabeza crecía de manera desproporcionada, volviéndose fina en la base y muy grande hacia arriba. No tenía pelo y el cuero aceitunado de esta zona era aún más viscoso que su espalda.

Continué el recorrido con la mano, desconcertada y esperando que, al menos, su rostro siguiera ahí. Mis dedos se deslizaron por lo que normalmente sería su frente y toqué una especie de tejido blando, gelatinoso y firme a la vez. Su cuerpo reaccionó a la invasión con una especie de escalofrío, se encogió de hombros escondiendo su asimétrica cabeza entre los brazos y tapándose con el acolchado.

Me quedé quieta unos instantes hasta estar segura de que estuviera nuevamente dormido. No podía adivinar, a tientas con la mano izquierda, que carajo era lo que estaba durmiendo en mi cama.

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Mi corazón se aceleró como nunca antes lo había sentido. Mi respiración se volvió sonora. El frío de su cuerpo comenzó a ocupar el mío, primero la mano, luego el antebrazo hasta llegar a mi hombro. Un frío inquietante me llegaba hasta la nuca y se dispersaba. Al mismo tiempo, un color verde azulado y una transpiración como mucílago comenzaba a salir de mis poros, dejando la piel resinosa. Con un fuerte mareo perdí la noción del espacio, y mi cuerpo cayó desplomado.

Solo recuerdo que desperté mirando el techo con la sensación de haberme dormido los mismos segundos en los que creí que me estaba despertando.

Giré la vista hacia la derecha. Su cuerpo me daba la espalda otra vez. Pero ahí estaba, todo él, entero, sin modificaciones. Levanté las sábanas, lo destapé y salté encima de él. Lo besé, se quejó y siguió durmiendo. Me quedé mirando su rostro un rato más, buscando algo de lo que, para mí, acababa de ver. Quedé perpleja. Confundida. Miraba hacia mis costados, moviendo solo los globos oculares. Perseguida.

No pude volver a dormir. Fue buceando en el pensamiento que recordé todas las veces que dijo: “En Corrientes, de niño, fui abducido. A veces tengo flashes de eso”.

PH Miriam Eme. Murcia, España: Seguirla en INSTRAGRAM click acá.

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