La puritana del Misericordia

La puritana del Misericordia

Un lector nos vuelve a sorprender con las historias de su amigo "el Negro". En esta ocasión cuenta cómo era salir con una mina cheta del Misericordia y llevarla a Bizancio.

Tarde noche de diciembre del 90 y pico, mi amigo el Negro y yo estábamos picando mortadela y queso en mi casa cuando unos bocinazos alteraron la calma. El Sergio de Costa de Araujo, un amigo en común, llegó intespestuosamente buscando al Negro. En esa época no había celular y todavía, al día de hoy, no logro entender cómo es que nos las arreglábamos por ese entonces. El recién llegado le reclamó al Negro que su teléfono tenía la contestadora averiada, a lo cual el Negro le recordó el porqué.

Hacía un par de meses que el Negro había escuchado en la grabadora del teléfono un mensaje de su novia, en el cual le daba a entender que la relación había terminado, que la señorita le daba de baja, que cortaba la relación, eso enfureció al Negro porque si bien él era un tiro al aire, tenía sus códigos. Dejarle ése mensaje y no haberlo hecho de frente no era digno según él, y a raíz de eso, mi amigo le había quitado el mini cassette a la grabadora y a veces, para incrementar la dosis de odio hacia esa pobre chica, escuchaba ése pernicioso mensaje de vez en cuando.

Después de compartir un porrón de cerveza con el recién llegado, el Negro lo interrogó por el motivo de su llegada tan alocada, a lo cual éste respondió — ¿te acordás de mi novia, la Bety? Ella tiene una amiga, te la queremos presentar e ir a mi casa a ver una película que alquilamos, Top Gun, también vamos a comer pizzas— finalizó casi sin aire en los pulmones.

El Negro puso cara de pensante, sus cejas se fruncieron, pasó unos segundos mirando a ningún lado y preguntó — ¿está buena la amiga de la Bety?— después dijo — ¿puede ser para el sábado que viene? Ando bajoneado— (la que le dejó el mensaje en la contestadora lo había marcado un poco, aunque él no lo aceptara).

— La Bety con la amiga están en el auto, afuera, ¡salí ya! ?No seas güevon!— dijo alterado y nervioso el de Costa de Araujo.

El negro, y ya lo he dicho, lo que le sobra de simpatía y carisma le falta en belleza, la verdad no es un tipo bien parecido pero tiene suerte y se viste decentemente, es más, parecía un gurkha con pantalones Lois y camisa Angelo Paolo. Sólo que en esta ocasión estaba de fajín, ni desodorante tenía. Al cabo de unos minutos y ante tanta presión, el Negro salió y se subió al 505, la oscuridad lo ayudó bastante, tendría ocasión de hablar un poco y caer simpático antes que la amiga desconocida lo vea de frente y con luz.

Ya bien acomodado en el asiento trasero junto a la señorita, el Negro comenzó el interrogatorio, nombre, edad, gustos musicales, colegio, etc.

A medida que Laura María (tal era el nombre de la dama) respondía las preguntas, más se caían las expectativas del Negro… ella era su némesis, lo opuesto, la anti-negro, una suerte de kriptonita moral. Con paciencia, el Negro tendría una velada tranquila, pero lo que más lo desequilibró fue que ella era estudiante abanderada del Misericordia. El Negro venía del Nacional A. Álvarez, la cuna de indios más prolífica que la provincia de Neuquén. La cuestión es que la imagen del Negro se vería afectada ante sus amiguetes si lo vieran más de una vez con ésa puritana del Misericordia. Hasta caería su reputación con sus queridas amigas… todas tilingas.

Dentro del 505 el tufo a comida era insoportable, las dos mujeres habían preparado pizzas, las cuales iban tapaditas con repasadores en la luneta de atrás, casi en la nuca del Negro.

En un momento dado, en un descuido de la puritana, el Negro metió mano a una pizza y rápidamente logró probar un poco de queso. Lo que fue una travesura, fue luego una frustración ya que en casa del amigo, viendo la película, la puritana le sirvió al Negro un pedazo de masa con salsa sin queso y le dijo “por hacerte el vivo te pasa…” el Negro se sintió como un niño.

Durante la película, mientras las mujeres se tomaban la mano entre sí y lloraban en partes, el negro se tomaba unos fernet y roncaba por momentos. Hasta que por fin el cartelito de The End asomaba en la pantalla y el negro dejó de bostezar. Pensó que ya era hora de “cada uno a su casa” cuando la Bety dijo emocionada — ¡Ahora vamos a Bizancio! — Mi amigo, el Negro, le hizo una seña al de Costa de Araujo para silenciarla pero a éste también le había gustado la idea.

El único que no se había bañado era el Negro, los demás estaban impecablemente vestidos, la puritana del Misericordia estaba lista para salir, pero a criterio del Negro a cualquier lado menos a un boliche, alpargatas de goma, falda hasta las rodillas y un buzo de la promoción de su escuela. Un desastre.

Subieron todos al 505 y pasaron por la casa del Negro para que él se higienizara y se cambiara de ropa. Pero mi amigo sólo se dio un chapuzón en su Pelopincho, se puso desodorante, los Lois nuevos, una remera y salió otra vez a los 5 minutos, la puritana puso cara de asco y dudó abiertamente de su paso por la ducha.

El Negro andaba corto de dinero, hacía unos días que me había pedido un préstamo, y ganas de salir a bailar con una mujer que no era su estilo no lo entusiasmaba. Pero lo tomó como un desafío personal, una prueba a su encanto: ¿lograría tener entre sus brazos a una mujer de ésta categoría? La curiosidad y el amor propio lo llevó a iniciar su propia cruzada.

Lo que sí necesitaba era un “ayudín”, un combustible como “pa’empezar”. La Laura María no lo excitaba demasiado, entonces antes de entrar a Bizancio pasó por la parrillada Don Mario a visitar al Tutuca, un amigote. Él lavaba copas allí y podía pasar por contrabando una botella de tinto al Negro por la puerta de atrás. Una vez achispado por el malbec, el Negro se reunió con la puritana adentro del boliche. Se había bajado la botella del pico en sólo 2 tragos, ya escabiado de antemano la cosa se ponía más fácil.

Adentro de Bizancio las cosas también estaban a su favor, él era habitué y conocía la música, parte fundamental para el levante. El Mostro, el DJ de esa época, tenía los cassettes de 90' grabados y el Negro sabía en muchos pasajes y según el día de la semana, el orden de las canciones. Sabía por ejemplo que después de los Enanitos y Lerner venía Seminare, el tema “afloja-bombacha”. El Negro era un bruto en la escuela, pero tenía las estadísticas bien aplicadas en el campo de las canciones. El 87% de las mujeres aflojaban con Seminare, más precisamente cuando David Lebon decía “sé que tu corazón… diría que sí…”.

Pero antes de llegar a los lentos había un largo camino por recorrer, a lo que el Negro también estaba preparado científicamente, con el respaldo de las estadísticas por supuesto. Sabía que una señorita estaba bien con él si para cuando sonara “Jet set” de Soda ella se dejaba agarrar de las dos manos, el Negro usaba esa técnica para separar y acercarse, alterando las distancias de los cuerpos al son de la música, como elástico, a medida que ella se animara, más acercaba el paquete a domicilio, hasta lograr hacerlo con más precisión y efectividad que Amazon. Obviamente que todo dependía de ella, pero la estadística decía que si la técnica la superaba positivamente, ya el 25% de la Laura María sería de él.

Otro sensor muy importante era el tema “El tractor amarillo “, ideal para iniciar un trencito, el Negro sabía que al segundo de comenzar ésa canción, él tenía que colocarse rápidamente detrás de ella y tomarla de la cintura y salir a recorrer la pista de baile, sin darle tiempo para reaccionar. Si esa prueba era superada ya tenía ganado el 59%, muy buen porcentaje para empezar los lentos.

Ya llegados los lentos y a la espera de Seminare, otro difícil escollo a sortear era la posición de los brazos de ella, si pasaba los brazos por el cogote, ya tenía el 80% pero si ponía los codos en su pecho, las chances caían abruptamente.

Domingo a la noche, hacía 24 horas que no sabía nada de mi amigo el Negro, estaba un poco preocupado y me decidí a ir hasta su casa, pasé por la despensa y compré queso de chancho, mayonesa, pan y un Amargo Terma Cuyano. Iba en malla para darme un chapuzón en su Pelopincho. Toqué el timbre y salió el Negro, no lo vi bien, estaba como si lo hubiera atropellado un tren, rengo y hasta con un ojo en compota.

— ¡¿Qué pasó Negro!? — le dije preocupado…

— Y… nada — me dijo tímidamente, pasá y te cuento porque sos mi amigo, ¿pero te acordas de la minita que salí ayer?, bueno, te soy breve, cuando sonó “Jet set” de Soda, me agarró los dedos de la mano y casi me los parte, cuando sonó “El Tractor Amarillo” me dio un trompón en el ojo, cuando sonó el primer lento me clavó los codos en el pecho que casi me rompe el esternón y cuando la quise besar en “Seminare” me dio un rodillazo en los huevos.

— ¿Sos loco? —le dije enojado.

Es que estaba escabiado al tope, después del tinto afuera del boliche me clavé tres vodkas.

— ¿¿Y ahora??, ¿qué vas a hacer?, ¿qué pasó con tus estadísticas?— le pregunté .

— Tengo una nueva estadística — me dijo riendo — hay 99% de posibilidades que una puritana cheta de ojos celestes del Misericordia y un morocho del Nacional A.A. terminen mal en la primera cita.

Nos reímos un rato largo y después comenzamos a hablar de fútbol mientras nos bajábamos la picada adentro de la Pelopincho.

Escrito por G.G. para la sección:

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