La historia de los “huérfanos de San Juan”

Curly nos deja una escalofriante historia de algo que pasa en el cuarto piso del Hospital Central.

Curly

[MISSING]binding.image.description

Un tiempo atrás internaron a un amigo en el Hospital Central para realizarle una cirugía de vesícula por sus kilos de más. Lo pusieron a dieta estricta para poder intervenir. No fue una operación sencilla, por lo que tuvo que quedarse varios días internado.

Una de esas noches fui a hacerle compañía. El piso en el que estábamos era lúgubre y sombrío, como el de cualquier hospital público. Debo reconocer que estos sitios me generan una sensación extraña en el cuerpo, debe ser el hecho de que la vida y la muerte estén presentes todo el tiempo en el mismo lugar. Sus paredes desteñidas, sus pisos fríos, el eco de los pasos… todo tan gris, tan opaco.

Luego de charlar un rato y una vez que mi amigo se quedó dormido, me acomodé en una silla y me empezó a dar sueño. Me abrigué con una campera y entré en un estado de somnolencia. De pronto un ruido fuerte me sobresaltó… miré mi reloj, eran casi la una de la madrugada. Yo estaba muy nervioso porque sabía que al lado de nuestra habitación se encontraba internado un delincuente que habían trasladado desde la cárcel ese mismo día.

Imaginaba al reo intentando escapar, amenazando médicos de guardia y buscando a cualquier persona como excusa para fugarse. Los nervios me atacaron y no pude volver a pegar un ojo. Mis sentidos se agudizaron y escuchaba hasta las conversaciones de habitaciones aledañas.

Pasaron unos minutos y fui para el descanso de la escalera, generalmente había gente fumando a toda hora pero como estaba frío no salió nadie. Reí para mis adentros, me senté, encendí un cigarrillo y me relajé un poco.

Entonces entraron tres niños, agitados, vestidos casi con harapos, corriendo y jugando entre ellos. No se percataron que estaba ahí hasta estar casi frente a mí. Los tres me miraron sorprendidos…

– Señor, acá no se puede fumar – me dijo uno de ellos.

– Perdón gordito, hace frío afuera – le dije mientras apagaba el cigarrillo.

En ese instante un fuerte viento cerró la puerta del pasillo, instintivamente mis ojos se desviaron hacia ese lugar, volvió el miedo por el preso, los tres chicos corrieron en dirección opuesta, sumidos en su juego, abrieron la puerta del ascensor y entraron.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

– ¡¡¡Ese ascensor no funciona!!! – les grité

Avancé a pasos rápidos hasta el ascensor, solamente veía sus puertas entreabiertas y la oscuridad absoluta en su interior, una oscuridad densa, aterradora. A medida que iba llegando el frío se hacía más intenso, gélido y penetrante, sin ninguna ventana cerca. Cuando llegué a las puertas no vi a ninguno de los chicos. Hurgué mis bolsillos apurado por encontrar mi celular, los nervios me hacían temblar las manos, no lograba desbloquearlo para poder encender la maldita linterna, había una presencia extraña en el hueco aquel que me decía que no eran los chicos esos, no se sentían más sus risas, ni sus susurros, ni nada, un silencio absoluto reinaba en aquel espantoso cuarto piso. Logré prender la lucecita y alumbré el ascensor… nada… no había nada.

Alumbré el piso, el techo y las paredes. El corazón me comenzó a latir furioso, una daga helada me recorrió la espalda, prácticamente me choqué contra la puerta del pasillo y corrí hasta la habitación, me senté agitado, desorbitado, sin saber si huir de aquel lugar o despertar a mi amigo que dormía profundamente. Incluso la cercanía al delincuente parecía más cómoda que el descanso de la escalera. Las manos me temblaban, decidí ir en busca de alguien para preguntar por esos chicos… no podían haber desaparecido.

Bajé apresurado y me encontré con una enfermera, a la que le conté lo sucedido mientras me escuchaba paciente.

– Te hago una pregunta ¿vos estas en el 4 piso? – me dijo así sin más.

– Si doctora – le contesté aun tartamudeando.

– Flaco, desde que se inauguró el Notti que acá no hay menores internados, los que viste eran los huérfanos de San Juan. – me dijo serena.

– ¿¿¿Los qué??? – pregunté aterrado.

– Los huérfanos de San Juan… la historia es larga – y comenzó a contarme.

En enero de 1944 la ciudad de San Juan fue azotada por la mayor tragedia del siglo XX. Un terrible terremoto destruyó todo y dejó un saldo de siete mil muertos. Para esa misma época se terminaba de construir el que sigue siendo hospital más grande del interior, nuestro querido Hospital Central.

Aunque no se encontraba totalmente en funciones, ante la gravedad de la tragedia la mayoría de los heridos fueron traídos al nosocomio. Los profesionales trabajaron a sol y sombra para apalear la situación, se salvaron cientos de vidas y algunos meses después, cuando ya se habían recuperado los heridos, quedaron a la espera de ser adoptados los niños huérfanos. Se los conoció como huérfanos de San Juan.

Los más pequeños fueron adoptados al instante, pero los mayores pasaron meses y meses, algunos tuvieron que aguardar hasta que en 1949 Eva Perón inaugurará la escuela hogar, creada a tal fin. Luego de sanar sus heridas los pequeños hicieron del cuarto piso su hogar, transcurrían sus días jugando y aportando color al sanatorio.

Una de las tantas noches comenzaron a jugar a las escondidas, tres de ellos encontraron la última puerta del pasillo entreabierta, puerta que jamás estuvo abierta, salvo ese día, porque los albañiles habían estado trabajando en el sector. Era el escondite perfecto, nadie los buscaría en el lugar.

Uno de los ordenanzas pasó por el lugar y vio la puerta abierta y decidió cerrarla por el peligro, era la puerta del ascensor, el cuál no estaba habilitado. Un frío espantoso provenía de aquel oscuro y horrible hueco.

Los demás compañeros de juego se asustaron cuando pasaron horas sin encontrar a sus amigos, tenían prohibido salir del piso de noche y esperaron hasta la mañana siguiente. Cuando llegó la señora que les llevaba el desayuno se percató de que algunos de los niños no estaban en su habitación, alertó a los médicos y comenzaron a buscarlos, entre llantos los chicos restantes contaron lo que estaba pasando. Todo el hospital comenzó la búsqueda.

Pasaron varias horas, hasta que el ordenanza que la noche anterior había cerrado la puerta del ascensor sintió un escalofrío al sospechar lo que había pasado.

Se abrieron las puertas y el temor más grande se hizo real, en el lugar todavía se sentían las risas de los niños las cuales poco a poco se fueron convirtiendo en alaridos.

En las penumbras abrieron la puerta del ascensor y entraron confiando en su nuevo escondite, sólo una tabla tapaba el hueco, el primer niño no hizo peso suficiente, el segundo era aún más liviano, el tercero, de 12 años, la quebró. Cayeron al vacío, ninguno sobrevivió. En el lugar todos lloraron, sobrevivieron a la peor tragedia del siglo y una simple puerta los condujo a la muerte. Amigos y doctores asistieron al funeral, pero pasada la conmoción inicial, nadie volvió a llevar una sola flor a sus tumbas….

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?