El juego del sapo

Paula Pietra nos cuenta como un juego de niños puede dejar entrever nuestros más oscuros sentimientos.

paula pietra

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¿Has sentido el calor de la sangre caliente en tus manos? Parece como si el elixir de la vida se te escurriera por entre los dedos.

Al menos era lo que pensaba Andrés en ese momento, se sintió Dios habiendo tomado la decisión de extinguir a otro ser.

Ahí yacía un sapo muerto, con las tripas por el suelo. Pero inmediatamente después de consumar el hecho, lo invadió el horror, ahora era un asesino.

Intentó de convencerse de que sólo era un pobre animal, se asustó pensando ¿y si no? ¿Y si la vida lo pone en otro lugar y es otra la víctima?

No pudo evitar sentirse adulto, como si el peso de las responsabilidades y el paso de la vida misma le hubieran caído sobre sí en un instante.

Se vió en una multitud, tirando pedradas a otro manifestante. Cegado por la misma furia, con una roca en su mano como hacía instantes.

Sangre mucha sangre…

El aire bajó a sus pulmones y al salir era diferente el escenario.

Ahora estaba sólo, furioso con otro hombre, pensó en la traición.

Sintió la traición en el pecho, quebrándole las costillas, no sabía porque ni qué, pero ese hombre le había hecho algo imperdonable.

La piedra tenía gatillo, vió horrorizado un arma en su mano. Ese horror lo heló y calmó su furia, tirándola lejos.

Se tomó la cabeza, llenándose las mejillas de sangre, se inundó en pánico ¿Qué había hecho?

Le faltaba el aire y se sentía morir, porque no lo merecía, no lo merecía…

No paraba de pensar ¿por qué el merecía vivir y había tomado la decisión de que ese pobre ser anfibio no?

No cesaba de repetirse que era un mísero sapo, pero el aire se negaba a volver a los pulmones.

Entonces recordó las circunstancias que lo habían llevado ahí, no era una crónica de una muerte anunciada.

Después de almorzar pasaron sus amigos a buscarlo, eran las vacaciones de verano y se podía holgazanear tranquilamente toda la tarde.

No había plan, lo que era relajante pero aburrido. Cuando eso pasaba lo mejor era ir al campito. Un terreno descampado con malezas altas si la Municipalidad no lo limpiaba. Zona de juegos virgen, terreno fértil para la imaginación de cualquier grupo de chicos.

La noche anterior y hasta bien entrada la mañana había llovido, tranquilo pero parejo. Dejando pequeños charcos por todos lados.

En el terreno baldío, bautizado por el barrio de manera muy poco original: “campito”, habían surcos, que ahora se encontraban con un buen fondo de agua.

El grupo de nueve chicos hablaba a los gritos, iba saltando y recogiendo palitos. Tal vez para armar algo o jugar a la guerra, uno empezó y el resto siguió sin pensarlo.

Hasta que uno, más fuerte que el resto, exclamó: “¡un sapo!”.

En segundos todos rodearon al pobre y asustado animal. Estaban mirando con curiosidad cuando uno vociferó:

– ¡Este será nuestro deporte! ¡Agarren los palos y vamos a jugar!

El horror de recordar que nadie ofreció resistencia, objeción o el mínimo pesar al respecto de lo que iba a suceder, no dejaba que el aire pasara a sus pulmones.

Entonces el sapo voló, cual juego de cricket para un lado y otro, moviendo sus patitas en una tragicomedia que le estaba costando su vida.

El hecho de que nadie dijera nada, de que todos reían histéricamente, ahora le presionaba la garganta.

Se vió a sí mismo, proyectado, vió sus ojos inyectados de un cruel frenesí y rompió a llorar.

Al cabo de unos minutos el pobre saco verde, que poco ya parecía un sapo, cayó a sus pies y al golpearlo con fuerza, dándole el golpe de gracia, se desarmó en mil pedazos. Salpicándolo de entrañas y, como su palo era corto, por la proximidad llenando sus manos de sangre.

Los demás lo contemplaban atónitos, no terminaban de absorber el final abrupto del juego para pasar a esta escena de novela mexicana. Se parecía mucho a cuánto la protagonista se creía abandonada y quedaba desconsolada, no terminaban de entender la magnitud de escenarios que pasaban por la cabeza de Andrés.

Una de las chicas finalmente reaccionó, se puso en cuclillas al lado y acarició su cabeza mientras aseguraba que:

– No fue para tanto…

Los sollozos, al pasar un buen rato, se calmaron. Entonces el que había empezado todo exclamó:

– ¡Faaa qué sos maricón! ¿Jugamos a otra cosa?

Y así se cortó la tensión, Andrés recuperaba el aire de a poco, aunque se le entrecortaba incómodamente, como normalmente pasa después de llorar un buen rato.

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