El Humanero

El Humanero

¿Conoces el género PULP? Adrián Monetti escribió una novela corta bajo este género y la compartimos COMPLETA con vos. Tomate un descanso, ponete cómodo y lee esta maravilla de la mano de una de las mejores plumas del Mendo.

Primera Parte

No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable.

Mario Benedetti

I

Carolina jugaba con las hormigas en la plaza más céntrica de la ciudad. Con sus inocentes seis años imaginaba que era la reina de ellas; una reina buena, amable y gentil. Jugaba por horas con las hormigas, luego lo hacía con las plantas de los canteros, que se convertían en una jungla impenetrable, llena de peligros y misterios.

Su madre, Norma, trabajaba todo el día frente a los semáforos vendiendo estampitas religiosas a los conductores que se detenían ante el rojo del semáforo. Lo hacía para ganarse el sustento y para el vino de su marido y que se emborrachara y no le pegara ni a ella ni a su hija. Sólo una vez se le rebeló a su esposo, cuando se dio cuenta de que miraba con lascivia a Carolina. Sin ofuscarse ni histerias tomó un gran cuchillo de carnicero y se lo apoyó en la garganta a su pareja -Ni se te ocurra- le dijo. Sólo eso bastó

Norma amaba a Carolina, daría lo que fuera por ella. En el medio del vértigo de la venta se dio vuelta para mirar a su hija que retozaba entre las flores de la plaza, y no pudo menos que sonreír por amor a la Reina de las Hormigas.

II

Hoper miraba al planeta Tierra, mientras la orbitaba en su nave. Le parecía un lugar hermoso, era una visión magnífica la de las montañas confundiéndose con los mares, la del blanco surreal de los polos contrastando con las selvas eróticas.

Acomodó su pequeño cuerpo violeta en el puesto de mando y se dispuso a ingresar a la atmósfera. Sus grandes ojos amarillos miraron el monitor que le indicaba todo sobre el funcionamiento de la nave. Sus pequeños dedos rozaban la pantalla táctil de la madre computadora.

Había decidido prescindir del piloto automático, le gustaba pilotear la nave en lugares que nunca había visitado antes. Sabía que ese planeta era un lugar peligroso, pero no tenía miedo. Había visitado los lugares más recónditos de la galaxia y se había enfrentado a verdaderas amenazas.

Entonces algo ocurrió, una explosión en el exterior del fuselaje, entonces perdió el control de su nave. Ésta comenzó a caer sin control.

No tiene manera de recuperar el dominio, en cualquier momento la nave podría desbaratarse, su estructura vibraba cada vez más. El monitor le indicaba una pérdida de energía.

Hoper se esforzaba por mantener la nave en curso, pero le resulta imposible, era casi seguro que se estrellaría; sólo le quedaba una solución, necesitaba combustible orgánico. Con ese material lograría recuperar el control. Rápidamente hizo los arreglos para que mediante un rayo, entre miles de millones de seres, azarosamente pudiera capturar a un espécimen y teletransportarlo a su nave.

III

La madre de Carolina estaba desesperada, la niña no aparecía por ningún lado. La buscó por todos lados en esa plaza enorme, pero fue infructuoso.

La policía llegó rápido, todas las fuerzas de seguridad comenzaron un amplio rastrillaje por toda la ciudad en su búsqueda. Los investigadores vieron las cámaras de vigilancia de la zona y no pudieron creer lo que descubrieron: a Carolina se la llevó un haz de luz.

En la imagen de baja resolución del video grabado vieron como la niña jugaba entre las madreselvas de un cantero de la plaza cuando un chorro de luz cenital cayó sobre ella, haciéndola desaparecer.

IV

Así llegó Carolina a la nave.

Hoper preparó todo para efectuar el traslado de la niña al procesador de materia para convertirla en el poderoso combustible, que le daría el poder suficiente para poder evitar caer a la Tierra.

Carolina lloraba, con un llanto desgarrado llamaba a su madre mientras Hoper intentaba hacer oídos sordos para poder concentrarse, pero le resultó imposible. Buscó su arma, durante un instante se le vino la idea de ultimar al pequeño ser que emitía tan desagradables sonidos; cuando se dispuso a llevar adelante su cometido se encontró con los ojos color almendra de la criatura, húmedos, adoloridos; entonces algo parecido al cariño lo invadió.

Entonces, Carolina, le ofreció a Hoper una hormiga, como un regalo, una ofrenda de su inocencia, de su candidez de cachorro perdido.

V

Norma, la madre de Carolina, lloró por tres días seguidos sin dejar de buscarla. El video de la abducción de la niña era claro, un haz de luz se la llevó. Las autoridades, cómo no sabían qué hacer, decidieron que la prueba del video había sido manipulada y que a Carolina se la había llevado un tercero, un desconocido, ante la desidia de la madre.

La ciudad pronto fue invadida por afiches con el rostro de la nena en blanco y negro, los canales de televisión tomaron el asunto como a toda noticia nueva y truculenta. La población clamaba por el retorno de la niña, culpaba y juzgaba a la madre y buscaban a Carolina en el lugar equivocado.

VI

La emergencia aún no había pasado, la nave seguía fuera de control. Hoper, con la poca energía que quedaba en sus paneles, hizo funcionar su rayo teletransportador y entonces Jean Pierre Verhamont, un hombre de unos cincuenta años de la ciudad de Lyon, en Francia, desapareció de su cama y se materializó en la nave de Hoper, quien no tuvo problemas en utilizarlo como combustible para su nave. Jean Pierre Verhamont murió sin saber en dónde estaba y qué estaba ocurriendo.

Hoper recuperó el dominio de su nave.

Era un procedimiento sencillo, sólo bastaba conseguir un humano y usar sus elementos químicos para generar la suficiente energía. Lo hacía mediante el uso de una máquina destinada a tales fines: un contenedor de cristal, que licuaba a los cuerpos de los cuales eran extraídos los líquidos que funcionaban como combustible.

Usaba humanos por una cuestión específica, eran considerados alimañas por casi todas las razas que habitaban el Universo Conocido. Eran destructores como un virus, unos animales carroñeros. Los humanos no eran resultado de la evolución, eran producto de un experimento, de la manipulación genética del ADN por la raza de los Grises. El proyectó falló y los Grises abandonaron a los humanos a su suerte.

La Federación de los Mundos, el ente que legislaba al Universo Conocido dictaminó que el planeta Tierra estaba vetado para los viajeros por sus peligros. Ningún habitante del Universo Conocido podía pisarlo o acercarse. Hoper violaba la prohibición porque el combustible a base de humanos era muy requerido en el mercado negro, por su excelente calidad.

Hoper miró a Carolina, no le pareció un virus, más bien le generó cierta empatía, su nariz brillante, sus ojos interrogadores, su berreo continuo y constante. A pesar de que la lógica le indica lo contrario, se decidió a tenerla como mascota. Sus viajes eran largos y tediosos, la soledad lo embargaba y necesitaba una compañía.

Descendió a las afueras de la ciudad de Lima, en Perú, bajo el manto de invisibilidad que tenía la nave. Mientras esperaba que se hiciera la noche reparó el problema en su nave. Luego se dedicó a cazar incautos, para generar más combustible y poder venderlo clandestinamente. Al fin y al cabo para eso eran los humanos.

Segunda Parte

Tampoco yo he encontrado un hogar. Tarde de otoño.

Kobayashi Issa

VII

Carolina no se había dado cuenta de que era casi una adulta, no lo sabía, no tenía referencias para ello. Para ella el tiempo nunca pasó entre las paredes metálicas. Su intelecto quedó como si fuese el de una niña de seis años. Recordaba la plaza y las hormigas, luego los recuerdos se transformaban en una vorágine confusa, cuyo único eje era la presencia continua de Hoper.

A veces Hoper la dejaba sola por días, era cuando llegaban a la base de él. Hoper se iba a pasear por las instalaciones de los espacio-puertos de Ganímides, una luna de Júpiter. Iba a drogarse y a buscar en dónde gastarse las ganancias que hacía con la venta de combustible a base de humanos en el mercado negro.

Entonces, en la soledad de la nave vacía, una presencia femenina llenaba las remembranzas de Carolina. Ella no sabía quién era esa mujer que le sonreía mientras le acariciaba la cabeza, mientras le daba de comer, mientras la hacía dormir; esa mujer que la miraba y que le llenaba el corazón y la hacía sonreír a ella. Carolina sabía instintivamente que estaban conectadas, aunque no supiera de que se trataba eso.

VIII

Hoper recorría los bares de los espacio-puertos de Ganímides; estaba aburrido y con los bolsillos llenos de créditos monetarios. Se le había terminado su dosis de Arenas de Plutón (unas pastillas que lo sumían en un ensueño de colores vívidos y sonidos desconcertantes) Pensó en conseguir más, pero el neptuniano que se las vendía estaba escondido, porque la Federación de los Mundos lo estaba siguiendo. Las Arenas de Plutón estaban terminantemente prohibidas, por su alta capacidad adictiva y el poder de destrucción de la salud que tenía este elemento. De todas maneras Hoper se las ingenió para conseguir más.

Decidió regresar a su nave, hacía mucho tiempo que la había dejado. Caminó por las instalaciones, mirando por los grandes ventanales hacia el espacio. Desde Ganímides se podía ver perfectamente la superficie de Júpiter, que no le parecía tan bella como la de la Tierra.

Entonces las pantallas de comunicación comenzaron a transmitir una noticia: los Grises habían vuelto y era inminente una confrontación con la Federación de los Mundos. Los Grises habían abandonado el Universo Conocido para sumergirse en la Oscuridad, por un conflicto que tuvieron con la Federación; los Grises querían tener la posibilidad de experimentar con las especies consideradas involucionadas, pero la Federación de los Mundos se lo negó. Se rumoreaba que en su etapa en la Oscuridad los Grises habían avanzado a niveles insospechados en los aspectos tecnológicos y armamentísticos. Al parecer la guerra contra ellos era inminente.

Hoper se sintió feliz por eso, seguramente levantarían la veda para convertir a los humanos en combustible; habría una gran demanda de energía para intentar derrotar a los Grises.

IX

Hoper llegó casi perdido por el consumo de Arenas de Plutón y la novedad de la casi segura guerra contra los Grises. Carolina, al verlo llegar, manifestó alegría, porque comería algo y porque paliaría un poco la soledad. Hoper le dio unas palmadas en la cabeza, con las cuales ella se sintió reconfortada, le agradó el contacto ajeno después de tanto tiempo sola. Carolina podía entender todo lo que le pedía Hoper sin que él le hablara, recibía en su mente el mensaje telepático en forma clara y contundente; pero ella no se podía comunicar de la forma que quería con Hoper, todos sus intentos eran infructuosos y terminaban con una mirada entre extrañada y divertida de éste.

Hoper se sentó en los controles y comenzó a preparar el viaje a la Tierra, se adelantaría y cazaría algunos humanos.

La nave de Hoper despegó del espacio-puerto.

X

Jeremías Aleo volvía a su casa después de un largo día de trabajo, estaba cansado, literalmente agotado por una jornada laboral de diez horas detrás de un torno. Le dolía la vista, la espalda y las manos. Se prendió un cigarrillo mientras esperaba el colectivo.

Dio un par de pitadas, miró como las volutas se iban hacia arriba, llevadas por la brisa fresca de la noche. Entonces, de la nada, un fulgor insoportable le llenó los ojos; sintió como su cuerpo se elevaba. De alguna manera era consciente de ello. No sentía dolor ni nada por el estilo, pero su visión estaba cegada y sus movimientos maniatados por una clase extraña de fuerza.

Ésto duró algunos minutos, Jeremías Aleo pensó que estaba teniendo un ACV y que estaba viendo la luz al final del túnel, en cierta manera se sintió reconfortado porque pronto vería nuevamente a su madre y a su abuela.

El hombre recobró de golpe sus sentidos y se encontró en un lugar extraño, por un instante no supo cómo reaccionar. Estaba en un cubículo de metal de unos pocos metros cuadrados, Jeremías Aleo dejó escapar un grito al ver a una pequeña criatura violeta con ojos amarillos mirándolo fijamente.

Hoper estaba satisfecho, era un espécimen joven, de gran tamaño; podría sacar varias unidades de combustible de él.

Carolina se tapó sus oídos con sus manos, siempre lo hacía cuando Hoper procesaba humanos, la chica no podía soportar los gritos y el sonido de los huesos al quebrarse.

Hoper estaba acostumbrado al procedimiento, le resultaba sencillo, solamente bombardearlo con mensajes telepáticos terroríficos y darle un par de empellones al humano en cuestión para que entrara en el procesador. Estaban tan asustados que no se resistían, ni siquiera sospechaban lo que les esperaba.

Jeremías Aleo era una persona sanguínea, impulsiva, además de ser poseedor de una gran fortaleza física. Apenas vio que Hoper se le acercaba amenazante Jeremías le propinó un puñetazo en la cara. Hoper no se esperaba esa acción, intentó sacar su arma, pero antes de que pudiera hacerlo el hombre se le vino encima dándole golpes a diestra y siniestra.

Hoper sintió dolor, los golpes de Jeremías Aleo eran poderosos y certeros, era un hombre acostumbrado a la violencia, de chico tuvo que recurrir a ella para sobrevivir a su entorno, a su pertenencia a un barrio peligroso.

El arma de Hoper cayó al piso, éste intentó una defensa pero no pudo. Un golpe furibundo lo hizo caer, al hacerlo su cabeza golpeó fuertemente al piso. Lo último que hizo Hoper antes de morir fue pensar en las dosis de Arenas de Plutón.

Jeremías Aleo se quedó mirando al cadáver del extraterrestre, entonces el hombre se percató de la presencia de Carolina, y se asustó aún más que con Hoper. Miró al extraño ser cubierto por una larga cabellera, que hedía de la peor manera y trataba de esconderse detrás de unos paneles.

La situación cada vez lo desbordaba más, se acercó a una claraboya y vio en su esplendor al planeta Tierra. No pudo soportarlo y se derrumbó en el piso llorando a los gritos.

Tercera Parte

Nada es más útil en la guerra que saber ver la ocasión y aprovecharla.

Maquiavelo

XI

Ganímides, una de las lunas de Júpiter, es un lugar hermoso. Lleno de vida que soporta las condiciones del entorno. También posee el mar más grande de agua salada del sistema solar y eso era algo que sabían los Grises.

En ese satélite la Federación de los Mundos tenía uno de los Espacio-Puerto más importantes de esta zona del Universo Conocido. Siempre estaba funcionando plenamente para viajes cortos y para saltos espacios temporales para poder acceder a lugares a años luz de distancia. Era un sitio estratégico que podía decidir el futuro de la contienda.

La Federación de los Mundos, como primera medida, había desplegado un cinturón defensivo alrededor de la órbita de Júpiter; no sabían en dónde iban a atacar los Grises.

Los Grises todavía no se hacían ver, no habían indicios de su presencia; todo eran meras especulaciones, pero había que tomar los recaudos necesarios. Todos los sistemas estaban dedicados a intentar detectar cualquier clase de nave de los Grises, pero no tuvieron en cuenta al cometa Hale-Bopp, que estaba ingresando al Sistema Solar.

XII

Jeremías Aleo tuvo un ataque de pánico que le duró casi un día entero, no dejaba de llorar, de sentir cómo colapsaba. Por su parte, Carolina supo que de alguna manera estaban conectados. Ella dejó de ver como su amo a Hoper, que yacía muerto, y se puso a disposición del recién llegado.

Luego de unas horas Jeremías volvió en sí. El sentido de supervivencia lo obligó a intentar buscar alguna solución al problema en que se hallaba.

Comprobó que Hoper estaba muerto, tocándolo con la punta de su zapatilla un par de veces, temió alguna clase de represalia de algún congénere.

Estaba en una nave espacial orbitando a la Tierra.

Jeremías Aleo escudriñó al ser que estaba un poco más allá, como esperando algo. Entonces, para su sorpresa y estupor, descubrió que era un ser humano, una mujer. Conjeturó que era una prisionera, como él. Intentó comunicarse, pero ella sólo pudo dar unos gruñidos entrecortados, tantos años de incomunicación le habían atrofiado el habla. Jeremías buscó en su mochila y sacó de ella un chocolate y se lo ofreció.

Carolina dejó escapar un grito de placer. El sabor le llenó las papilas gustativas; una especie de paroxismo la invadió y se largó a reír. Reía de felicidad. El gusto del chocolate le trajo recuerdos, sensaciones ya vividas. Carolina recordó una ocasión en que una mujer le dio algo parecido, en el costado de una calle muy transitada. Evocó las estampitas, las mañanas frías, las hormigas que eran sus súbditas… Una palabra que lo definía todo comenzó a gestarse en su interior. Carolina balbuceó algo ininteligible, con esfuerzo trató de modular. Como si fuese una revelación suprema, articuló el concepto: Mamá, dijo y lo repitió varias veces, cada vez que lo hacía se afirmaban más y más las imágenes de su niñez.

Entonces, a modo de revancha, pateó al cuerpo inerte de Hoper, de alguna manera supo que él era el hacedor de la separación.

XIII

El cinturón de defensa de Ganímides estaba conformado por varias estaciones de combate que ls orbitaban. Los integrantes de este módulo de defensa estaban alertas a cualquier anomalía que pudiera surgir, sabedores de que los Grises podían usar cualquier estratagema. No habían dejado nada al azar, pero no tuvieron en cuenta el poder tecnológico de su enemigo.

El cometa Hale-Bopp cambió su órbita intempestivamente, gracias a la intervención de los Grises. Tomó rumbo hacía Ganímides.

Por más que las defensas intentaron repelerlo no hubo caso. El cometa cayó como un bólido en el mar de Ganímedes. Formó un megatsunami que arrasó todo a su paso. Una ola, de más de cinco kilómetros de altura avanzó a una velocidad de dos mil kilómetros por hora e hizo añicos la base principal de la Federación de los Mundos.

El último bastión de la Federación de los Mundos en el Sistema Solar había caído, el ataque de los Grises había comenzado con una contundente victoria

XIV

El conflicto alcanzaba a todo el Universo Conocido, el avance de los Grises era arrollador. No tenían quién les hiciera frente. La Federación de los Mundos impuso una serie de normas, en vistas de la peligrosidad de la situación, entre ellas la de levantar la veda del consumo de humanos para generar combustible para su uso bélico.

Un grupo de naves espaciales iban rumbo a la Tierra. Pertenecían a cazadores que pretendían hacer una diferencia económica con el levantamiento de la prohibición. Disimulados entre ellos iban Los Salvadores, un grupo interracial que se dedicaba al cuidado de los seres involucionados del Universo Conocido, combatiendo el maltrato y la caza de éstos.

Kandinki era el líder de los Salvadores, provenía de los confines del Universo Conocido. Kandinki vio de chico el abuso hacia los seres menos pensantes. Entonces decidió dedicarse con todas sus fuerzas al rescate de los débiles.

Los Salvadores tenían claro de que no tenían posibilidades de salvar a toda la población de la Tierra, pero si a los suficientes y llevarlos a algún lugar idóneo, para que pudiesen comenzar de nuevo y lograr ser una civilización más avanzada.

Algo llamó la atención de Kandinki, era una nave que iba al garete por la órbita de la Tierra; tuvo una sensación, un llamado a acercarse.

XV

Jeremías Aleo no sabía qué hacer, no tenía la más mínima idea de cómo usar los controles de la nave para volver a la Tierra, no podía comunicarse con la mujer, que sólo repetía sin cesar la palabra mamá una y otra vez.

Un fuerte golpe en la estructura de la nave la hizo temblar. Una compuerta se abrió y entró un ser enorme, de facciones humanas pero con los rasgos alargados.

Jeremías Aleo se sintió tranquilo al ver como el recién llegado le sonreía.

Kandinki se preguntó cómo habían llegado a esa nave los dos humanos, luego vio el cadáver de Hoper y conjeturó una respuesta.

Jeremías Aleo y Carolina fueron llevados a la nave de los Salvadores.

XVI

En los cielos de todas las ciudades de la Tierra comenzaron a verse naves espaciales. La humanidad en su totalidad estaba atónita.

Todo era un caos. Se iniciaron batallas entre humanos y extraterrestres, en las cuales los segundos salían vencedores.

La gente era abducida por millares, para ser usados como combustible. Los países perdieron gobernabilidad, algunos lanzaron misiles nucleares a tontas y locas, otros respondieron de la misma manera. Fue infructuoso, la radioactividad sólo afectaba a los humanos.

La matanza en el Humanero había comenzado.

Cuarta Parte

Hay que luchar y seguir luchando aunque solo sea previsible la derrota.

Mao Zedong

XVII

El avance de los Grises fue arrollador, iban tomando planeta tras planeta, galaxia tras galaxia. El espacio empezaba a ser su imperio.

La Federación de los Mundos pasó de ser el gobierno consumado a una resistencia débil y pronta a desaparecer, no había forma de competir contra la tecnología innovadora de los Grises. No usaban sólo armas convencionales, sino también habían logrado dominar las fuerzas del Universo, podían sacar de su órbita a cualquier cuerpo celeste y usarlo como un arma.

El nuevo Orden Universal se estaba imponiendo.

XVIII

Kandinki rescató la mayor cantidad de seres humanos que pudo, casi cien mil de ellos; el resto fue usado como combustible para las naves de combate de la Federación de los Mundos. Fue un acto infructuoso, el combustible fue consumido en un lapso de tiempo muy corto y no valió la pena el aniquilamiento de una especie para un fin mayor.

Los humanos sobrevivientes fueron llevados a Caronte, una de las lunas de Plutón. En un sitio en el cual se habían emulado artificialmente las condiciones idóneas para su subsistencia. Era un domo de cristal en el cual se generaba un micro-clima, con el espacio suficiente y las necesidades alimenticias aseguradas por un suelo fértil y una fauna abundante.

XIX

Jeremías Aleo y Carolina también fueron llevados a Caronte, con el resto de los refugiados. Era una multitud sumisa y temerosa que se dejaba arrear como ganado. Apenas llegaron a la luna de Plutón reinó el caos, no había nadie que organizara las actividades necesarias para la sobreviviencia.

Corrió sangre en la nueva colonia, una especie de todos contra todos.

En esa sublevación lucharon por cualquier cosa; la agresividad reinaba en el ambiente. Por estos eventos murieron casi la totalidad de los humanos, apenas sobrevivieron unos pocos miles,

Estos hechos duraron casi un año. Entonces, pareció reinar la paz. Las personas se dividieron en tribus y una estabilidad precaria reinó.

Jeremías y Carolina subsistieron a este estallido de violencia. Se fueron con una tribu, que vivía un tanto alejada de las demás. Al poco tiempo vivieron como pareja. Carolina veía como su salvador a Jeremías, quién le enseño rudimentos de lenguaje y de como manejarse en la vida. En poco tiempo Jeremías fue elegido como el líder de su tribu.

XX

Los Grises se sabían ganadores, pletóricos festejaban su victoria, luego de largos eones relegados en el lado oscuro del Universo. Se habían acostumbrado a vivir en sus naves y no tenían ningún planeta en el cual vivir. Toda la flotilla de los Grises era manejada desde una nave nodriza, que funcionaba a la vez como una especie de capital de su imperio.

Unas naves de reconocimiento de éstos se acercaron a Caronte y se sorprendieron con el domo que funcionaba como hábitat de los humanos. Decidieron ver qué pasaba. Un batallón de Grises se aprontó para investigar.

Las tribus del domo se unieron. Recordaban la masacre de la que habían sobrevivido y decidieron que no sería igual y en un acto de arrojo atacaron a los Grises, a los cuales ultimaron con armas propias de la época de las cavernas: palos y piedras. Los Grises, armados con la última tecnología, no pudieron hacer frente a los humanos, que los apedrearon y apalearon sin misericordia. Luego desmembraron sus cadáveres y los pusieron en las puertas de entrada al domo, como una advertencia para quien se acercara.

XXI

Para los Grises esto fue un hecho aislado que no significaba nada, pero los mandos de la Federación de los Mundos fue una revelación ya que habían ideado un plan con el cual tenían una remota posibilidad de vencer. Debía ser efectuada con audacia y ferocidad, cualidades que ninguna especie del Universo conocido poseía, tanta evolución les habían hecho perder todo tipo de actitud guerrera.

Era una misión suicida, de la que seguro la mayoría no volvería.

Mandaron una comisión para hablar con los líderes de los humanos, pero fueron rechazados. La gente ya había tomado ese hábitat en la luna de Caronte como su hogar y no iban a permitir que alguien se los quitara. Fue necesaria la intervención de Kandinki para que aceptaran una reunión.

XXII

El conciliábulo fue largo. Los humanos no querían ayudar a lo que casi los extinguieron. Recordaban que los cazaron para ser usados como mero combustible. Todas las personas alojadas en el domo en Caronte tenían un pariente o un amigo perdidos en esa masacre. Los jefes de las tribus se negaban al requerimiento de los enviados de la Federación de los Mundos, eran irreductibles en su negación, que guardaba cierta sensación de revancha contra los otrora verdugos.

Entonces Jeremías Aleo habló y propuso una cosa a los otros jefes. Todos se pusieron de acuerdo.

Los humanos ayudarían con una condición, querían volver a la Tierra.

El trato se selló, la Federación de los Mundos, en caso de vencer, repatriaría a los humanos.

No sabían que el planeta Tierra había quedado prácticamente inhabitable por la radioactividad que generaron las explosiones atómicas con las cuales intentaron defenderse cuando los invadieron para ser usados como combustible; sólo sobrevivieron y se adaptaron algunas especies de animales.

Algunos humanos escaparon de la cacería y se escondieron. Cuando los cazadores extraterrestres se fueron éstos quedaron en un sitio distópico, pero de todas maneras intentaron sobrevivir y crecer en ese ambiente inhóspito.

La Humanidad en la Tierra había vuelto a La Edad de Piedra.

Quinta Parte

Miraba una batalla de cruceros de algodón…

Sobre héroes y tumbas | Ernesto Sábato

XXIII

La misión que le habían encomendado a los humanos no era para nada sencilla, era un acto suicida de las que seguramente volverían muy pocos. En las tribus del domo de Caronte se escuchaban los llantos de los familiares al despedirse. Se iban a luchar por ellos, para el retorno a la Tierra.

Jeremías y Carolina se dieron un largo abrazo, en silencio, con Plutón detrás suyo, de testigo de su amor nacido en la nave de Hoper.

Carolina no quería llorar, no lo hizo, despidió a su hombre con templanza y entereza. En silencio lo miró alejarse. Luego, cuando él desapareció en la distancia se consumió en sollozos.

XXIV

El plan era sencillo pero por eso no dejaba de ser osado: atacar a la nave nodriza de los Grises en un ataque comando. Había que llegar hasta ella, encontrar su centro de energía y hacerlo volar. La Federación de los Mundos creía que les daría el tiempo suficiente para una contraofensiva.

Eran unos cien humanos, todos jóvenes y en excelente condición física. Ninguno poseía instrucción militar pero esa falta la suplían con arrojo. Fueron provistos con armas y con trajes espaciales para tales fines. Los mandos de la Federación preguntaron quién era el líder, pero no lo había. Entonces hubo una votación entre los humanos y se decidieron por Jeremías Aleo.

Fueron transportados en una nave apta para la misión que se iba a efectuar, pero de escasa capacidad de carga, por lo que iban apretados e incómodos.

La idea era la siguiente: efectuar un ataque sorpresa a la nave nodriza de los Grises, de una manera torpe, sin orden, casi como un manotazo de ahogado. De esa manera generar una distracción y así poder enviar a los humanos al interior de la nave madre de una manera poco ortodoxa, lanzándolos a través de un agujero generado por alguna explosión. Se abrirían paso a sangre y fuego hasta llegar al centro de energía para poder explotar una bomba que llevaban. Era una estratagema desquiciada que se nutría del azar, pero no quedaba otra opción. Se habían analizado miles y miles de formas de atacar a la nave nodriza, pero todas resultaban inviables.

La nave de los Grises nunca se quedaba en el mismo lugar, así que las sondas de la Federación la buscaron sin descanso. Hasta que llegaron noticias de su paradero, estaba a mitad de camino entre Plutón y la estrella Alfa Centauri, en la nada del frío espacio. Esa posición en la que se encontraba le daba una ventaja: no existía un lugar para esconderse pasa sus posibles atacantes. Se decidió que el asalto se efectuaría igual. Reunieron un centenar de naves de combate, entre ellas iba la nave con el batallón de humanos. Iniciaron el ataque.

Las naves de la Federación iban cayendo, pero, milagrosamente, la de los humanos pasaba indemne entre las defensas de los Grises. Estaban a punto de poder ingresar a la nave nodriza.

El piloto de la nave de los humanos no pudo poner los retropropulsores para poder frenar. Fue un choque atroz. En la colisión contra la nave nodriza sólo se salvaron una veintena de humanos, entre ellos Jeremías. De pronto se encontraron dentro de la nave nodriza, Jeremías llevaba el aparato explosivo que haría estallar el centro de energía.

La nave nodriza estaba robotizada, sólo habían Grises suficientes para poder manejar controles básicos. De todas maneras había un escuadrón de robot que se encargaban de la defensa. Éstos entablaron combate contra los humanos. Jeremías y los suyos estaban en inferioridad de condiciones en la pelea. Jeremías barajó las posibilidades, se dio cuenta de que no sería posible poner la bomba en el lugar indicado, no podían volver porque su nave estaba destruida y no tendrían misericordia con ellos como para tomarlos de prisioneros.

El funcionamiento de la bomba era muy sencillo: se presionaba un botón y un temporizador marcaba el tiempo en el cual detonaría. Jeremías pensó en Carolina, le pareció muy normal enamorarse de ella en las condiciones en que lo hizo. Sonrío al recordarla en la nave de Hoper, toda sucia, dando gruñidos como un animalito. Entonces activó la bomba y siguió combatiendo.

El artefacto explotó. No tuvo el suficiente poder para destruir a la nave nodriza, sólo le causo unos daños en su estructura, pero el estallido fue lo suficientemente poderoso tanto como para matar a los Grises que manejaban los controles como para destrozar partes fundamentales del funcionamiento.

La colosal astronave perdió su dirección y se dirigió al único objeto que estaba en un radio de millones de kilómetros, un asteroide un poco más grande que Ceres.

La nave nodriza estalló y se desarmó en infinitas partes. La Federación contraatacó y los resultados no se hicieron esperar. Los Grises fueron desplazados hasta la parte más oscura del Universo.

La estrategia había funcionado, aunque no de la manera planeada los resultados fueron óptimos. Lo que no pudieron hacer los seres más evolucionados del Universo conocido lo hicieron los humanos, casi considerados una peste.

XXV

Los habitantes del domo en Caronte vieron regresar a Kandinki y a los enviados de la Federación de los Mundos. No había ningún humano entre ellos. Todas las tribus tenían alguien para llorar.

Carolina estaba embarazada, Jeremías nunca lo supo. Ella se decidió por regresar a la Tierra. Jeremías le había contado cómo era la vida ahí y quería verlo por si misma, aunque todo hubiese cambiado. No recordaba ese planeta, pero lo poco que podía rememorar la hacía sentirse segura.

La Federación de los Mundos iba a cumplir con lo pactado, llevarían de vuelta a los humanos a la Tierra, pero algunos no quisieron y se quedaron a vivir en el domo en la gélida luna de Plutón. El grueso fueron repatriados, pero antes la Federación tuvo que hacer un limpieza en el planeta Tierra, y sanearlo de radioactividad. Grande fue la sorpresa de las brigadas encargadas de la limpieza al encontrarse a los sobrevivientes de la cacería por el combustible. En todos partes del globo aparecían humanos que subsistían como podían.

Al principio estos sobrevivientes fueron reacios a tener contacto con seres que no fuesen humanos, pero cuando vieron a los repatriados cambiaron de parecer.

Carolina fue a vivir a una aldea en lo que fue la costa de Uruguay, era un poblado pequeño, con personas que estaban aprendiendo el oficio de ser pescadores. Apenas llegó fue a ver el mar, a sentir como rompían en sus pies las olas, como la espuma le hacía cosquillas.

Una mujer adulta, con el rostro surcado por las huellas de las penurias que pasó, no dejaba de mirarla. Carolina no se sintió incómoda, por el contrario, algo le decía que se acercara, que le hablase. Entonces la otra mujer dejó escapar un grito de alegría, al tiempo que corría hacía ella.

Ambas se fundieron en un abrazo.

Carolina sólo le dijo una palabra: Mamá.

FIN

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