Desdoblamiento

Un hombre sumido en su rutina cotidiana es atormentado por extraños sucesos ajenos a él, hay algo más, algo detrás... algo que maneja los hilos de él... y de todos.

heriberto perez grullo

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Con los ojos bien abiertos pero consiente de encontrarse fuera de la realidad contempló la figura totalmente desconcertante que se movía detrás de un vidrio que ocupaba toda la pared frente a él. Un ser de extremidades asimétricas que salían de varias puntos de su tronco operaban algún tipo de tablero con palancas, botones y barras.

Miró a su alrededor y había cables. Millares. Salían de las paredes, el techo y el piso. Y confluían en el. Su cuerpo estaba hecho de ellos. Sus manos no eran tales sino que desde su muñeca divergían hacia todos lados. Lo mismo que desde los tobillos.

Una de las extremidades de la criatura con forma de tentáculo golpeó repetidas veces la pared de vidrio y esta fue perdiendo transparencia hacia el gris, sumado que en sus oídos reverberaba el inquietante siseo del ruido blanco. Y en un segundo, todo se hizo negro.

***

Fue abandonando la oscuridad de la inconsciencia a medida que el pesado sueño cedía. Su cuerpo aún permanecía quieto y relajado por la parálisis. Sus pupilas dilatadas no le afectaban en la oscuridad que percibía. No sabía dónde estaba, ni quién era, pero la certeza de estar de a poco sumiéndose en un infierno abrazador era real. Al aire caliente de la habitación se le sumaba una pegajosa sensación de humedad y la tela del colchón donde su cuerpo permanecía inmóvil e incapaz, picaba.

Saber que se encontraba en su pieza, en el décimo piso de un edificio mirando hacia el oeste, en la ciudad de Mendoza no vino de repente sino como un velo que se corre. Pudo mover uno de sus brazos y se colocó los lentes. Sus ojos no focalizaban al instante, así que tardó en leer la hora: tres de la mañana. Miró hacia los pies de la cama y no distinguió ninguno de los indicadores led de los dispositivos electrónicos. No se escuchaba el rumor de los aires acondicionados. Sacó la primera conclusión: se había cortado la luz.

Se incorporó como pudo, corrió la cortina y comprobó que era general. Abrió la ventana y fue a la cocina a buscar agua.

El pasillo se asemejaba a una caverna. Los sentidos se le agudizaron y el cerebro le empezó a traducir la información que le llegaba en forma segmentada. El living y el comedor estaban invadidos por una criatura de forma caprichosa. Sarzillos, ramas, tentáculos, brazos y dientes se avisoraban en negro sobre negro. De memoria guió sus pasos por un serpenteante recorrido.

Durante casi una hora, hasta que volvió la luz recorrió el departamento, y luego recostado en su cama se dejó llevar por los pensamientos. El pienso, que hablan los mayores. La suma de los problemas, enfocados segundo a segundo, uno por uno. Ese estado de semi lucidez, avivado por la adrenalina, útil en situaciones de despliegue físico, pero que en la vida sedentaria que el hombre moderno lleva, solo le genera angustia, cansancio y daños fisiológicos.

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En el desayuno tomó su café mirando la inmensidad de su reino, desde el amplio balcón de la torre donde estaban sus aposentos. Se sentía poderoso. Era poderoso. El horizonte no marcaba sus dominios, que estaban mucho más allá. Pero era reconfortante sentirlo como tal: todo lo que veo es mío. El paisaje que sus ojos tocaban era dorado por el sol, bajo un celeste límpido.

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Su mente volvió a materializarse en el aquí y ahora luego de vagar. Le era muy difícil no volarse, sobre todo en cualquier atardecer o amanecer, dado la vista a la majestuosa pre cordillera mendocina.

Mecánicamente tomó el bolso, chequeó que estuvieran las cosas del trabajo, llaves del auto, celular y abrió la puerta al pasillo. Caminó cansinamente hacia el ascensor, oprimió el botón y esperó con la desesperanza y el cansancio de cualquier lunes.

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Al abrirse la puerta corrediza, se vio descendiendo en un abismo plagado de luces. Miles de estancias lo separaban del hangar, pero la velocidad que tomaba el vehículo hacía que la espera no durara más de un minuto. Otros dispositivos como el de él se movían en todas direcciones. Había muchísima actividad en la estación espacial en la previa al gran acontecimiento. Llevaban años preparándolo.

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Cuando el ascensor viejo dio el golpe al detenerse en la planta baja se despabiló. Sintió que la ansiedad se le elevaba. El día había iniciado con episodios de mayor intensidad. Mientras caminaba hacia el garaje, donde estaba su auto, un rápido ramalazo de sentimientos mezclados: ira, tristeza, alegría, dolor fue coloreando cada problema que en la última semana se habían presentado, con prioridad de resolver, todos juntos.

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Mientras subía los escalones para acceder a la cabina del moderno caza de combate contempló de reojo el ajetreado movimiento de la cubierta del portaviones. Aspiró el olor a combustible y se sintió vivo. Una vez sentado en la cabina, el técnico fue comprobando que toda la electrónica de a bordo estuviese conectada con la computadora del traje. Una serie de resplandores en el horizonte le hicieron subir la adrenalina. Los combates se habían intensificado.

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— ¿Vuelve a la misma hora?— preguntó el peón de turno en la playa de estacionamiento sacándolo de aquella visión.

Le respondió con la cabeza que si, mientras conducía despacio. La playa estaba en un subsuelo, y la salida giraba en noventa grados mientras subía y salía a  una calle, que a esa hora del día estaba muy transitada.

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El cuerpo se le hizo para atrás por la aceleración al deslizarse su nave caza por el callejón de lanzamiento de la nave nodriza. Las igualmente espaciadas luces aceleraron su ritmo hacia atrás mientras el hueco por el que iba a adentrarse en el espacio se agrandaba. De pronto se vio flotando siguiendo una trayectoria automática que lo reuniría con el resto de su flota.

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El auto se detuvo en el semáforo. Siete treinta de la mañana en la calle 9 de Julio adolecía de un tráfico a prueba de nervios. Mas no los suyos. El cansancio mental le vencía las naturales barreras de lo práctico y le generaba dudas. Se perseguía, tal como le dijo a su psiquiatra. Y así, en su mente se generaba un ciclo retroalimentado, entre el esfuerzo en concentrarse en los real, en lo posible, el correspondiente cansancio, y así siguiendo. Pensar, elucubrar y perseguirse.

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La carreta entró en un oscuro bosque amenazante, cuando el portero del castillo le permitió la salida. En las otras ocasiones en que realizó este viaje, absolutamente todos los guardias morían. El objetivo era hacer llegar la carga al otro lado, donde los pobladores supervivientes contaban con los exiguos alimentos que le proveían.

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Volvió en si al casi impactar un auto que recién se estacionaba. Decidió parar y enfiló hacia la entrada de una playa de estacionamiento. Si los episodios se seguían sucediendo podría tener un accidente, con toda la cascada de piezas del dominó de actividades perjudicándose por su demora, o cancelación.

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Y todo se volvió negro y confuso. Esta vez no fue instantánea la transición sino que demoró un segundo. Se sintió envuelto en cables, luego en brazos que lo atenazaban, luego peleaba en la selva con otros como él. Todos simios gigantes. Fue breve, hasta que un mazazo lo durmió.

La ambulancia llegó en media hora. Estaba inconsciente y convulsionaba. Mas sus brazos se tendían hacia delante de su tronco, y sus manos se desplegaban en garra. Lo habían sacado con dificultad del auto, que yacía deformado incrustado en la pared adyacente a la entrada de la Playa de estacionamiento. Supusieron que en el ataque de epilepsia había pisado el acelerador.

A miles, quizás millones de años luz de allí, unos seres de apariencia indescriptible contemplaban el ordenador apagado. El pequeño que había estado operándola se había quejado de periódicas desconexiones, y cada vez que reiniciaba cambiaba el juego. La biblioteca solo le permitía elegir humanoides, y le aburrían, así que los progenitores sospechaban que había buscado sobrecargar los procesadores para que lo cambiaran. El aparato se había fundido.

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