De rodillas

El disfrute en dominar y someterse puede ser complejo. Una terapeuta sexual decide sentir en carne propia el juego que atormenta a su paciente.

lobesia botrana

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“Me he convertido en una puta a través de la buena voluntad

y una libertina a través de la virtud”

Marqués de Sade

Las sesiones fuera del consultorio con Fran ya eran parte de la rutina. Si alguien de la comunidad médica hubiera sabido de esta manera de proceder con un paciente, me habrían quitado la matrícula.

Esta vez, me pasó a buscar porque la sesión era en su casa. Me había dicho que hay cosas que sería mejor que yo las viera.

Al llegar, se bajó del coche y mientras yo me desprendí el cinturón, rodeó el vehículo para abrirme la puerta. No me acostumbraba a esos gestos de caballerosidad que tan bien le sentaban, sobre todo enfundado en ese traje con el que aparentaba ser un señor. Al verlo con su gran hombría madura, no podía pensar que era un niño que jugaba a ser adulto.

Caminamos hacia la entrada de la casa que estaba en las afueras de la ciudad. . Él había dicho que vivía con su madre.Parecía una casa grande para ser habitada sólo por dos personas.

―Adelante, bienvenida ―dijo al abrir la puerta.

Tras el umbral me sentí en una atmósfera diferente. La casa estaba en penumbra. Había una mesa redonda pequeña a pocos metros de la entrada y sobre ella, un mantel tejido a crochet bajo un florero con flores frescas que se reflejaba en el espejo de la derecha y una lámpara de pie encendida junto a la ventana. Dominó mi atención la escalera hacia el final. Intuí que los cuartos estarían arriba. Me pidió que me sentara, fue hasta la cocina, trajo dos vasos y una lata de gaseosa sin calorías.

―Y bien ¿cuál es tu primera impresión? ―preguntó.

No supe muy bien qué decir. Evidentemente la casa estaba al cuidado de una mujer mayor, se podía percibir la ausencia de cosas que en cualquier casa dan el indicio de que hay un hombre allí.

―Me resulta extraño que no haya fotos, ni cuadros. Aunque no me asombra, la penumbra aquí es mucho más intensa que en tu oficina ―allí había sido la sesión anterior.

Siguió caminando hacia la escalera. Lo seguí y llegamos a un espacio mucho más iluminado y moderno. Allí sí había cuadros, además de un juego de sillones de pana gris.

Con una caricia presionó en la parte baja de mi espalda, en el espacio exacto entre el final de los omóplatos y la cintura, para indicarme que debíamos seguir caminando. Estábamos en un hall de la estancia superior, en donde había tres puertas y la direccionalidad de su mano me guió hasta la primera.

―Abrí ―me pidió. Supuse, acertadamente, que se trataba de su cuarto.

Al entrar, di dos pasos y sentí el chasquido de un interruptor que iluminó de ámbar las paredes con luces desde el piso. La habitación pareció volverse circular. Él se quitó el saco y observé ese movimiento que, como pocos, hace justicia a la anatomía masculina, dejando ver aún debajo de la camisa, el ancho de la espalda, la resistencia de los hombros y la torsión de los pectorales. Un espacio del cuerpo que no compite en virilidad con el miembro genital que, en el caso de ser también excelso pierde gracia en un cuerpo de apariencia desgarbada y sin tensión en la musculatura torácica. Deseé ser contenida por semejante estructura corporal.

―Estoy sorprendida —dije refiriéndome a las luces pero sin restar importancia a la evidente irrupción de hormonas que me hormigueaba el cuerpo. La exhibición de testosterona que acababa de presenciar, a pesar de intuir que había sido intencionalmente elaborada, no dejaba de ser irresistible.

―Me doy cuenta y por eso quería mostrártelo... —dijo con ironía, observándome mientras se quitaba la corbata con los puños desprendidos y continuaba con la viril puesta en escena.

―¿Sólo me trajiste a ver un espectáculo lumínico?

―Observe, doctora, observe...

Me pidió que me quitara el abrigo y le cediera la cartera, los colocó en un perchero de caoba natural que pertenecía al mismo juego de muebles conformado por la mesa ratona sobre la que se apoyaba un tablero de ajedrez de mármol persa y las dos sillas a su costado, tapizadas en pana del mismo color ámbar que las luces. El acolchado de plumas combinaba con todo el ambiente que, al igual que la planta baja, tenía poca luz natural y las paredes vacías de cualquier imagen.

Con absoluta tranquilidad, caminó hacia lo que yo había identificado como las puertas de un armario. Pero me había equivocado, era la puerta que introducía a otra estancia más amplia. Comprendí por qué desde el exterior la casa se veía más grande.

―¿Una suite? ―pregunté con un poco de confusión.

―No. Esta es mi casa.

Era un departamento contiguo, al que se accedía desde su cuarto y evidentemente, apartado de cualquier visita que no contara con su anuencia.

Había una sala de living con un importante sofá, un gran equipo de audio, cine y video. Luz tenue que iluminaba de abajo hacia arriba. No había ventanas. El ambiente provocaba sensación de ahogo. Vi el inicio de una escalera que conducía a lo que quizás era un sótano. Me quedé mirando sin saber qué hacer.

―¿Mas jueguitos de luces? ―insinué con inseguridad, sintiendo la sensación de opresión ante el túnel sin final.

―No exactamente ―dijo.

―¿Qué hay abajo?

―Andá a ver ―me ordenó sin un solo gesto que me diera el indicio de lo que encontraría.

Desde la escalera, no vislumbré luz que proviniera del lugar. Cuando llegué abajo, sólo la oscuridad absoluta hasta que él activó una llave desde arriba y la sala se iluminó. El chasquido del interruptor me aturdió en ecos infinitos y el flash me encandiló. Me llevé las manos a la cara y poco a poco, separé los dedos de la mano que cubría mis ojos, temerosa, dudando si lo que vería era la realidad o una alucinación más.

No puedo describir lo que sentí en ese momento pero estaba segura de que la confusión y el caos que asaltaron mis percepciones no eran sólo míos. Escuché los pasos de Fran bajando la escalera hasta quedarse inmóvil detrás de mi cuerpo, a una distancia exacta que, sin asediarme, me asfixiaba.

―De esto se trata —dijo en un tono seco, sin demostrar ningún signo de emotividad en sus palabras.

―No me sorprende, aunque no creí que llegaras tan lejos en el juego de matar o morir —murmuré tratando de devolverle la gentileza de no expresar emoción en el tono y la cadencia de la voz.

―Ellas elijen ―murmuró.

―¿Qué elijen? —pregunté girando mi cabeza para interrogarlo también con la mirada y observar la impasividad de su gesto.

―Avanzar o retroceder ―sentenció con sus ojos inquietos esperando de mí una respuesta a una pregunta que no me haría.

―Fran, esto es...

―Sólo un juego ―dijo antes de que yo terminara la afirmación.

―Necesito aire.

Me di la vuelta esquivando su cuerpo para subir rápidamente la escalera. Él me siguió, aunque más lentamente, dándome tiempo. Cuando llegué a la habitación, me senté en una de las sillas, frente al tablero de ajedrez.

.

―No vamos a hacer nada, sólo quería que supieras —dijo con su mirada gris y decepcionada, sentado sobre la cama. El movimiento galopante de su cuello mostraba sus alborotadas pulsaciones―. Nunca obligué a ninguna a hacer nada, no les hice daño, ellas querían hacerlo.

―¡¿No les hiciste daño?! Eso no me consta en este momento y a vos tampoco.

Observé el tablero, en silencio. "El jugador mueve la pieza", pensé. Él me observaba, tácito, lacónico.

―Si no querés continuar con esto, lo entiendo. Pero no te vayas ―suplicó.

―¿Qué sentido tiene que me quede?

―El sentido de no dejarme solo ―murmuró con los ojos melancólicos, casi en un ruego―. No quiero que te vayas.

―Lo sé y es una locura, pero tampoco quiero irme.

Se puso de pie para encender el equipo de sonido en la habitación contigua, su postura mostraba intranquilidad, ansiedad. Se mordió los labios mostrando su conflicto interno.El control remoto temblaba entre sus dedos. Al encender el equipo de video, lo conectó al bluetooth "...contemplo el mundo en un espejo quebrado", cantaba Miguel Mateos, mientras dos jóvenes jugaban a su primera experiencia sexual en el anime del video. Se quedó frente a la pantalla mientras la canción seguía sonando.

―Jugá —le ordené sin dejar de prestar atención a la letra y las imágenes del video.

Su rostro se iluminó. Se acercó, me abrazó por la cintura y me besó en la frente. Percibí el estremecimiento del abrazo que estaba deseando desde que lo vi quitarse el saco en esta misma habitación.

Sentí el pulso acelerado. La adrenalina me invadió y su piel resplandeció. Me dio la mano y pude sentir su palma sudando mientras bajábamos la escalera en absoluto silencio. Escuché su respirar agitado atrás de mí, puse un pie en la habitación absolutamente blanca, pero en penumbras. Todo era blanco, el piso, las paredes, el techo, la cama, las sábanas...

―Si te molesta la luz, hay un antifaz que podés usar― dijo.

―No quiero ver, sólo sentir. Dame el antifaz.

No me lo dio, dijo que él lo colocaría. A partir de allí todo, absolutamente todo, cambiaría mi percepción. La intensidad de ese momento sobrepasó todas mis expectativas. Quería sentirlo. Necesitaba sentirlo. Me pregunté sobre cuántas habrían pasado también por este cuarto en el que ahora me amedrentaba o cuántas habrían cedido al frenético rose de sus labios susurrando fantasías al oído.

Me tomó de la mano y me acercó a la cama. Me senté primero y me recliné sobre las sábanas luego. Todo lo que había cuestionado férreamente, lo que había defenestrado por esencia y lo que había puesto por propia decisión más allá de los límites esperables para mi propia dignidad, tambaleaba. Muchos de los conceptos que tenía tan claros ahora comenzaban a confundirse.

Violencia, sugestión, manipulación. Todo daba vueltas en mi mente mientras sus manos me despojaban de la ropa. Sentía el roce de sus dedos, sus dientes mordiendo mis hombros, sus manos apretando mis muñecas para inmovilizarme, su lengua bebiendo el sudor de mis axilas. Con un frenético movimiento me colocó boca abajo y me dispuso de rodillas en la cama para recibir la primera nalgada.

Permanecí muda, quería saber hasta dónde llegaría. Percibí un roce suave que, imaginé, era una pluma o una tela fina rozando mis genitales, generando un espasmo erótico que no se detuvo ante mi instinto.

Su mano cubrió mi boca ante el impulso de gemir. Sus rodillas inmovilizaron mis piernas y mis manos arañaron las sábanas. Sentí su aliento en mi oreja y su voz ordenándome silencio. La pluma subió por mi espalda y sentí nuevamente la erección que me estremeció.

Luego tomó mis cabellos, levantando mi cabeza para morderme el cuello. Me agité cuando su boca bajó a mis senos para roer mis pezones endurecidos. Los mordió fuerte. Quizás los hizo sangrar, sentía cientos de astillas punzándome en las aréolas.

Se apartó de mi cuerpo. Sentí frío, sus pies caminando por la habitación y ruidos. Me di vuelta nuevamente y regresó a mi lado. Inmovilizó mis manos con unas cuerdas y lamió cada uno de los dedos de mis pies. Tomó mis piernas y las llevó a cada rincón de su cuerpo, para que pudiera sentirlo en ese espacio de mi piel. Tomó fuertemente mis tobillos y me ordenó otra vez silencio, al morder mis genitales. "Matar o morir" pensé en el momento que el impulso de mis piernas quisieron apartarlo sin fuerza suficiente. Me colocó en posición fetal y con las cuerdas que inmovilizaban mis manos, ató también los tobillos.

―Intentá liberarte― me ordenó. Mi cuerpo empezó a retorcerse y sentí la segunda nalgada―. Liberarte, no desatarte― dijo bruscamente. Salió un gemido animal de mis adentros y llegó la tercera nalgada―. ¡En silencio! ―gritó.

Tragué, respiré hondo. Estaba de rodillas, atada de pies y manos, sometiéndome a él. Su cuerpo cubrió el mío y sentí sus espasmos arremetiendo contra mí sin ser penetrada aunque lo estaba deseando de manera animal. Me abrazó por los hombros, mordió mi espalda con un gemido y sentí un líquido que mojaba mis piernas. No era de él, era mi propia excitación derramándose. Se quedó quieto unos minutos. Con una tela me limpió las piernas y luego introdujo sus dedos en mi vagina. Creo que fueron tres, después de sacarlos los llevó a mi boca y me ordenó que los limpiara con mi lengua. Luego me desató y me quitó el antifaz.

Me señaló el lugar en donde estaban las esposas y me pidió que esposara sus manos a la cama porque él intentaría defenderse y yo no debería permitir que lo hiciera. También me pidió que lo amordazara con el pañuelo con el que me había limpiado.

Tenía que dominarlo y, no sabiendo muy bien cómo hacerlo, me puse en el rol, simplemente lo hice. Lo até a la cama. Le pregunté si quería el antifaz y negó con la cabeza. Tomé una fusta.

―¡Contestame! ―le ordené dándole un golpe en el tórax.

Un gruñido salió de su boca amordazada. Luego le desgarré la camisa, le quité los pantalones y usé el cinturón para lacerar sus piernas. Entre cada latigazo, lamí el espacio de su cavidad más inferior. Su cuerpo comenzó a temblar con los espasmos de cada azote y cada lamida.

No me provocaba placer lastimarlo. Sin embargo, comencé a sentir que disfrutaba castigarlo por lo que había hecho a otras mujeres.

No podía entender la erección que le provocaba mi paliza. Le até las piernas separadas para que no intentara apartarme. Luego le mordí el pene erecto tan duro como él había hecho con mis pezones. Gimió.

Lamí su cuello, los brazos y le arañé el torso con un elemento extraño de los que encontré.

Su eyaculación me enfureció y apreté su miembro con mis manos para frenarla. Él gimió de una manera que no supe si era dolor o placer. Quizás, las dos cosas. Luego se quedó inmóvil y yo me sentí exhausta.

Lo liberé de las cuerdas y las esposas, le quité la mordaza y me quedé a su lado de la cama. Me dio frío y lo notó. Se levantó con algo de esfuerzo a buscar una manta y me cubrió. Fue al baño y abrió la ducha. Tenía los ojos cerrados pero podía sentir el vapor inundando la habitación. Me cargó en sus brazos y me llevó hasta la bañera con agua caliente. Me bañó completa, luego me secó suavemente y me colocó un aceite en el cuerpo. Peinó mis cabellos y me llevó nuevamente envuelta en la manta hacia la cama. Me vistió y entre sus brazos comenzamos a subir por la escalera.

—Necesito ir a casa —dije.

—Te llevo. ¿Te sentís bien? —preguntó.

—No sé. Vamos, por favor —le pedí.

Durante el trayecto nos mantuvimos en silencio. Al llegar al edificio, detuvo el vehículo.

—Dejame acompañarte hasta la puerta. No quiero dejarte acá.

Acepté, yo tampoco quería despedirme de él ahí. No estaba segura de cuando volvería a verlo después de esta sesión. En el ascensor, le permití abrazarme porque la debilidad que sentía en las piernas me obligaba a buscar un apoyo para mantenerme en pie.

Me despedí en la puerta, luego entré y apoyé mi espalda en ella, en silencio y a oscuras. Fui deslizándome hacia abajo hasta quedar con la cabeza entre las rodillas y las manos en la nuca "...de pie como una muñequita en la escalera"sonaba la canción en mi mente. Creí comprender por qué la eligió.

Entendí en carne propia el desenfreno, los instintos sacudiendo desde el centro del ser los motivos que sin explicación pulsan por estallar. Matar o morir no parecía una metáfora y me resultaba enfermizo disfrutarla.

Me costó ponerme de pie. Caminé hasta la cocina y me tomé un sedante con un vaso de agua completo. Busqué el paquete de cigarrillos que hacía meses no tocaba. Encendí uno y, mientras daba la primera calada, el humo nubló los pocos pensamientos coherentes que me quedaban. No lo terminé. Sólo necesité el mareo inicial de la nicotina hormigueando en mi torrente sanguíneo. Abrí la ventana para acentuar la sensación con el impacto del aire fresco en mis pulmones y tiré el cigarrillo al aire. Vi su coche todavía estacionado en la calle.

“El amor no existe. Es sólo una construcción mental para dotar de algo trascendente la pulsión sexual.”, había dicho él en la primera sesión. Quizás el problema es cuando las cosas se confunden en algo más que un juego de palabras amordazadas.

Cerré la ventana, caminé hacia la cama y, antes de recostarme, apagué el teléfono.Me abracé a la almohada en posición fetal, recordé las nalgadas y me acaricié la entrepierna. Todavía quedaba una semana para la próxima sesión.

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