Alien, el octavo pasajero ¡me cagaste el sábado!

Llega otra de las “famosas” anécdotas del Dr. Bomur, para “cagarse” de risa, como tantas otras veces

dr bomur

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Los sábados a la mañana no suelo trabajar, pero aquel me levanté temprano por pura costumbre. Abrí la heladera y recordé que habían quedado unas porciones de pizas con roquefort de anoche. Me preparé una leche con café y me las zampé mientras miraba los Simpsons y debatía entre lavar el auto o irme a correr al parque. En eso se levantó la sra. Bomur y me dice…

– ¿Vamos al centro?

– ¿A qué?

– Quiero comprarme una remerita…

– “Comprarme” me sonó a manada.

– Bueno… quiero que me compres una remerita.

– Noooo… te doy la plata y andá vos.

– Uhhh… ¡que poco romántico que sos! Bien que cuando estábamos de novios me acompañabas a todos lados y ahora… BLA BLA BLA

Mi cabeza comenzó a ingresar a un loop metafísico, omnisciente y luminoso que me llevaba a la más solitarias de las islas caribeñas, con un balde de Campari frozzen, un LCD de 42 pulgadas con un Blu-ray de Terminator 2, unas tetonas en sunga corriendo y challándose con espuma blanca mientras se cantaban canciones de los Guns & Roses, un Camaro rojo que salía del mar, partiendo un tiburón al medio y transformándose en un Optimus Prime espejado que bailaba como Mick Jagger y me hacía caritas…

– ¡No me estas escuchando! – me gritó.

Volví a la realidad…

– Bueno, vamos… te acompaño.

– Dale… y te compras un jueguito para la Xbox.

– ¡Dos!

– Bueno, dos.

Y nos fuimos al centro con mi señora, ella pensando en la remerita que se iba a comprar y yo en lo buenísimo que sería que un Camaro parta a un tiburón al medio desde el fondo del mar, justo antes de comerse a una tetona. Y que el Camaro se transforme en un Bomur alto y musculoso. ¡Que divertido!

Llegamos al centro, estacioné en San Juan y Garibaldi, como para caminarme tediosamente el trayecto desde Peatonal y San Martín hasta la Alameda, pasando por todas y cada una de las tiendas de ropa femenina, sin olvidar las nefastas galerías, que son como mini shopingcitos venidos a menos.

Llegando a la peatonal veo un mar de gente, lleno, a full, todo el mundo comprando. Guachitos corriendo por doquier, llorisqueando encaprichados con las pelotudeces que le ofrecen los vendedores ambulantes, cubatas, extranjeros, fobaleros, skaters, emos, viejos acartonados de traje, resacados del viernes por la noche, colegialas, punks, borrachines pidiendo monedas, músicos, rengos, lentes gruesos, operadas, pelados, pungas, señoras bien, pastilleros de gafas… estaban todos.

Comenzamos a caminar plácidamente, esquivando personas, cuando de pronto un retorcijón leve me atornilló el estómago. Parece que el café estaba deshaciendo el roquefort de la piza, sentía como un surgente de obsceno material se estaba gestando en mí. Seguimos caminando y el brebaje comenzó a bullir. Una cuadra más adelante me dio una puntada fulera, como esas que agradeces orgásmicamente cuando estas sentado en un inodoro luego de meterle presión hasta lagrimear, pero caminando son un garrón. Me detuve un instante… preocupado. La señora Bomur preguntó por mi estado. Me hice el choto.

Metros más adelante miré hacia mis espaldas y el mar de gente iba y venía… entonces no aguanté más. El bullicio ahogó el estrepitoso estruendo, que hizo que prácticamente me aplaudieran los cachetes del culo. Una ola de placer me invadió, como un vaso de tónica en el desierto. La señora Bomur ni se inmutó, yo no me atreví a mirar hacia atrás, compadeciéndome de los pobres desgraciados a los que les tocó tragar una bocanada de gas tóxico.

Una cuadra más arriba volví a arremeter con todo, esta vez acompañado de una sonrisa socarrona, como disfrutando mi descubrimiento, ¡podía cagarme sin ser visto! Esta vez me sentí como una máquina demoledora que le está dando un bochazo a un edificio de adobe… así me tiritó el esfínter. De solo imaginarme los espasmos epilépticos que iban a sufrir los transeúntes que venían detrás de mí, se me escapó una carcajada endiablada.

– ¿De qué te reís? – preguntó mi esposa.

– De nada – le dije a la señora Bomur al tiempo que un tercer trueno deshilachaba la tela de mi slip barbijero de ogete.

Nuevamente me tenté pensando que mi colon era la gamba de Messi y mi calzoncillo el arquero de Nueva Chicago, al cual lo estaba bombardeando a goles… uno detrás de otro. Pensaba en el halo de desmayados que podría estar dejando atrás, rogando que la sra. Bomur no se detenga en el instante inmediato de manado el mortífero gas, ya que el halo de la onda expansiva sería evidente y la locación del punto de origen culminaría irrefrenablemente entre mis nalgas, sumándole mi incareteable cara de póker.

Como todo en mi vida, lo divertido se transformó en vicio, así que al cabo de tres cuadras una batería de estallidos había perfumado toda la calle San Martín. Cuando de pronto la panza me hizo un rugido como el de un león en celo. Fue como un desgarro, como la previa de un volcán a punto de estallar. Yo me refregué las manos pensando “¡mameeeeta la que se viene!”, solo quería que la vibración dérmica del refusilo me haga tiritar hasta la entreceja, que el trompetazo anal conlleve a una vibración de paredes rectales de carácter orgásmico y cuasi eyaculativo. Suspiré hondo, tomé coraje, aguanté el colapso hasta sentir un bocinazo para disimularlo y de pronto explotó. Uno, dos, tres, segundos… mi cara estaba deshaciéndose de placer, cuatro, cinco… ¡que vibración monseñor Scalabrini!, seis… ¡por Jesucristo nuestro señor un escribano que clavo un Guiness!, siete, ochooooooooooo… ¡noooooooo!, ¡nooo la reputa que lo parió al Dios de la caca!…

El segundo ocho vino con sorpresa, el octavo pasajero. Los siete segundos previos dejaron un fétido aroma a Alien a catorce metros a la redonda de mí, pero el octavo trajo al extraterrestre, que ahora posaba húmedo y tiernito junto al arquero de Nueva Chicago. Una sensación de vergonzosa humedad viscosa me regó la superficie del pandero. El caminar se me tornó aceitoso y lubricado, lo que llevó a una inminente estrechez y fortificación de nalgas con el ánimo de no disipar el desastre ambiental. Caminaba como las gordas culonas del parque. Al cabo de unos minutos casi me da un calambre en el cachete izquierdo, así que aflojé un poco y con todo el dolor (y el olor) del mundo dejé que las vertientes de la naturaleza corrieran libremente piernas abajo…

– ¿Qué te pasa que tenes esa cara? – Me preguntó la señora Bomur

– Me quiero ir – dije haciendo la gran Lorenzino.

Luego de una hora más de caminata y de visitar todas y cada una de las vidrieras de la vereda de enfrente por fin llegamos al auto. Al sentarme la expansión de la cuestión me dejó en evidencia que el afluente había sido importante, no solo una ventisca con arena, sino una tormenta con granizo… tamaño naranja. Si la sensación de estar sentado en un pozo petrolero no denunciaba mi estado, el olor que a los instantes se empezó a sentir en el auto lo determinó a la perfección. Haciendo uso de mi impresionante habilidad para escapar de este tipo de eventos, gracias a la costumbre de cagarme a menudo, me miré la pata rápidamente y dije.

– ¡Que hijo de puta! ¡He pisado una caca de perro! Abrí los vidrios vamos rápido al departamento.

El olor era tan fétido que la mitad del cuerpo de la señora Bomur iba fuera del auto, preguntándome porque no me sacaba la zapatilla y la tiraba en el baúl. Creo que olvidé como llegué tan rápido al depto. Apenas llegamos, la señora Bomur bajó prácticamente a las arcadas y una vez más utilicé mi poder…

– Gorda, he manchado con caca toda la alfombra, anda bajando que me voy a manguerear el auto al lavadero – y sin dejarla siquiera pedir acompañarme hui despavorido.

Lógicamente no había caca en ninguna parte del auto, salvo en mi calzoncillo. Así que volé hacia mi casa de soltero, entré corriendo sin saludar a mis viejos y sin sacarme el pantalón me interné en la ducha… ¡gracias Plusbelle tamaño zeppelín, me dejaste el jean hermoso!

Volví a mi casa de yoguin, sin calzoncillos y con una bolsa de ropa lavada, lo que obligatoriamente me llevó a blanquear la amarronada situación que acababa de pasar ante los ojos de mi esposa. Y así, una vez más, juré para mis adentros no volver a jugar con fuego… digoooo… con caca.

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