volver a
Mendolotudo Los Giovanotti manejaban una pequeña empresa familiar, dedicada a la venta de risas envasadas en botellas de vidrio verde, tapadas con un corcho.

Los vendedores de risas

Mendo Mendolotudo

La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final.
Oscar Wilde

La familia Giovanotti era gente seria. A pesar de esta verdad irresoluta andaban por la vida a las puras carcajadas, parecían estúpidos para algunos, iluminados para otros. A ellos eso no le importaba, mostraban sus dientes feroces pero mansitos, amarillos pero sanos, careados pero con una apariencia de cristal del más allá.

Llegaban al nirvana varias veces al día de tanto reírse.

Manejaban una pequeña empresa familiar, dedicada a la venta de risas envasadas en botellas de vidrio verde, tapadas con un corcho.

Para tales fines tenían una máquina de fabricar risas, cuya patente de invención era de Giuseppe Giovanotti, un inmigrante italiano que tenía ínfulas de ingeniero pero que no sabía leer ni escribir. Con suma creatividad Giuseppe fabricó un artilugio enorme e incomprensible, pero que a los Giovanotti le resultaba muy fácil su manejo, a pesar de tantos engranajes, resortes, tuercas y secretos en su construcción.

Sobre la entrada del local de ventas había un cartel, hecho con tipografía dorada contra un fondo negro, resaltaba entre la arboleda de la calle, Risate S.A mencionaban sus letras góticas y prolijas. El nombre se lo puso el fundador de la empresa Giuseppe, y era toda una ironía. Ninguna persona recordaba haberlo visto ni siquiera sonreír. Siempre el rostro circunspecto, con una seriedad que asustaba inclusive a los fantasmas más fantasmagóricos.

Su hijo Gino era todo lo contrario, tenía la hilaridad a flor de piel. Gino heredó de Giuseppe la empresa familiar y lo hizo con mucho gusto. Bajo su dirección, la empresa casi se va a la bancarrota varias veces. Todo mejoró cuando dejó a cargo del negocio a sus dos jóvenes hijos, Ángel el mayor y Felipe el menor, quienes se llevaban sólo unos pocos años de diferencia. Entonces todo cambió para bien.

Las ventas florecieron como las madreselvas durante la primavera.

La plata entraba a montones a las arcas de la empresa familiar, esto vino de la mano con un amplio restructuramiento. La máquina de hacer risas que inventó Don Giuseppe fue modificada por un ingeniero alemán, con un nombre impronunciable, pero con una habilidad técnica envidiable que se sobredimensionó con sus estudios en la HafenCity Universität Hamburgo. Este hombre logró que el vetusto aparato pudiese fabricar más risas envasadas en un tiempo récord, obteniendo también una variedad infinita de combinaciones.

Este avance le dio a la empresa jerarquía internacional, y fueron varios los personajes notables que pidieron su botella con carcajadas: reyes y reinas, presidentes, actores y gurús eran habitúes del producto en cuestión.

“Llorar de risa”, “No me río con ustedes, sino de ustedes”, “Risas secretas de velorio”, “El que ríe último ríe mejor” eran algunas de las variedades en catálogo, existían además otras combinaciones hechas por encargo con un precio oneroso e inalcanzable, pero que valían cada centavo invertido.

Ángel Y Felipe nunca se hablaron a pesar de ser muy unidos; lo único que necesitaban para comunicarse era una mirada, la cual podía tener millones de significados, que sólo ellos podían dilucidar y comprender.

Una mañana fría de otoño, con los árboles desnudándose impunemente y la tarde tosiendo de gripe, una mujer se acercó a Risate S.A; era un ser bello, de pelo azabache hasta la cintura y anchas caderas disimuladas bajo un vestido negro como la noche más negra. Arrastraba tras de sí una congoja bestial y carnicera, producto de varios años de insatisfacciones amorosas, cortejos fúnebres imprevistos de parientes lejanos y una merma importante en el capital de su herencia familiar.

Se llamaba Mía Toscana, y necesitaba sonreír nuevamente. Hacía años que no lo conseguía. Como un médico prestigioso de Turín le había dicho que la sonrisa era contagiosa como un virus, la mujer decidió poner en práctica una cura. Miró por la ventana del consultorio del doctor que daba a la Piazza San Carlo y decidió viajar al cono sur, a la fábrica de la que todo el mundo en la alta sociedad europea hablaba. Ignoró una vez más las insinuaciones sexuales del galeno, pero no pudo evitar que éste le pellizcara un muslo.

Viajó en un crucero ignoto, que ella sospechaba que era una embarcación fantasma; trataba de mantenerse a distancia de los otros pasajeros del buque que buscaban un nuevo horizonte en Sudamérica. Los consideraba toscos, de mala catadura, pero intuía que, al igual que ella, buscaban con afán la esperanza, cada uno con sus formas.

Tuvo una relación fugaz y de tres orgasmos con uno de los marineros, un griego peludo que le contagió la enfermedad de la poesía, cosa que ella nunca se enteró.

Llegaron a Argentina.

Ella, sin descansar ni despedirse del griego, siguió la travesía hasta su destino. Viajó en tren, en colectivo, en un pequeño avión que la llevó para otro lado y tuvo que desandar el trayecto y finalmente en un coche de alquiler. Éste la dejó en la puerta misma de Risate S.A.

Mía Toscana entró al local ornado con elementos barrocos, rococós y otros de mal gusto, pero que encajaban perfectamente con la ironía oculta que destilaban las paredes del lugar.

Al verla entrar los hermanos Giovanotti se quedaron sin aliento.

Sin ponerse de acuerdo permanecieron azorados lo suficiente para que la mujer se diese cuenta de que los tenía en un puño.

Felipe la vio entrar levitando, mientras un coro invisible cantaba una canción obscena y rayos azules pulsaban a espaldas de la mujer; por su parte Ángel, siempre con los pies en la tierra, se enamoró de su mirada.

En ese instante azul, que quedaría grabado para siempre, los hermanos se hablaron por primera vez en sus vidas.

-Ella es mía- dijeron al unísono, mirándose a los ojos con una rabia y una saña que asustaría al más fiero de los lobos de la tundra que tenían en el patio.

Mía Toscana expuso su problema a los dos hombres, quienes escucharon atentamente a la clienta. La mujer hablaba en un español chapuceado con alegres palabras en italiano, sensuales fonemas en francés y algunas letras metálicas en alemán;  a pesar de la caterva idiomática los hermanos entendieron perfectamente lo que necesitaba la mujer. Le urgía algo nuevo, algo vanguardista, algo revelador y liberador.

En un segundo electrizante la misma idea se le vino a la mente a Felipe y Ángel; ella necesitaba del novedoso y carísimo “Jajajá, qué risa que me das”. Ésta era una mercancía de alta calidad, la más intrincada y poderosa que Risate S.A había fabricado, su sola cercanía lograba los más hilarantes resultados, pero conservando una postura  y conducta espartana.

Felipe, a pesar de ser el más soñador, tenía un estado físico de mandril en celo; por su parte, Ángel no podía correr una cuadra sin agitarse y sentir que sus células estaban a punto de colapsar por la falta de oxígeno. Aún así la carrera que hicieron hasta la trastienda, para ver quien lograba llevarle a la bella dama lo que precisaba para su felicidad, fue épica.

Por lógica Felipe estaba por llegar primero, pero Ángel, apremiado por el amor, le hizo una zancadilla artera desde atrás; Felipe cayó como un avión sin alas golpeándose la nariz contra el piso. Fue la hora cero para la relación fraternal.

El tabique de Felipe estaba roto indefectiblemente.

Ángel no sintió remordimientos por esta acción, más bien tuvo un gozo primitivo por saberse vencedor. Esquivó el charco de sangre que emanaba del apéndice nasal de su hermano y que inundaba el piso formando un lago sereno con un atardecer de postal. Aún así no pudo evitar pisar con la punta de su zapato el líquido.

Al acercarse a la mujer llevando su premio dejó a su paso una huella roja, como él imaginaba que era el color del amor.

Mía Toscana era una persona que se aburría rápido, muy velozmente su interés se iba para otros lados. En un primer momento la atención que le dieron los hermanos la llenó de lujuria y estuvo a un ápice de pedirle a los vendedores que hicieran un trío amoroso en el piso mismo del local, que la poseyeran por horas sobre el diseño supremo de la alfombra persa que alguna vez trajeron de un viaje por Persépolis (el vendedor que se las ofreció dijo que había llevado al mismísimo Aladino en raudos y kamikazes vuelos por el Oriente Medio, obviamente este hecho era una falacia mercantilista, pero a Giuseppe Giovanotti le pareció lógicamente veraz y estrictamente necesario para que su negocio brille con esplendor.)

Mientras Ángel le mostraba victorioso la botella verde con “Jajajá, qué risa que me das”, la mente del hombre tuvo la visión de él y Mía Toscana dos juntos en una casa en la montaña, con muchos niños y perros y gatos y alegría sin necesidad de ninguna máquina; pero todo se desvaneció cuando ella bostezó. No tuvo ni siquiera la gentileza de taparse la boca con la mano.

Felipe, con la dignidad de la derrota a cuestas, se mantuvo a cierta distancia; se mostró sorprendido al ver a la mujer saliendo por la puerta para no volver más. No estaba interesada, en realidad no lo estaba en nada de la vida, era una persona superflua, sin ambiciones, sin un sentido vivencial.

Viajo nuevamente a Turín y luego por tierra sin un destino fijo, hasta que el azar la derivó hasta Luxemburgo, vivió largos y hastiados años en la habitación 334 del hotel Sofitel Luxembourg Le Grand Ducal. Tuvo un ataque de hipo, provocado por la dejación, que le duró una década, siguió hipando hasta después de su muerte y fue exhibida en un museo, con mucho éxito, como “El cadáver hipante”.

Entre los hermanos Giovanotti se formó una frontera intraspasable, pero que les permitía continuar trabajando juntos; ambos esperaron en silencio el regreso de la mujer de la cual no sabían ni el nombre, sólo que tenía un diente de oro que se le vio cuando bostezó.

Con el tiempo les pareció un sueño que tuvieron (tenían la costumbre de dormir y despertar al mismo tiempo de sus siestas) De todas maneras Felipe un día abandonó su hogar, a su hermano y su negocio para buscarla, erró por el mundo en su afán y gastó toda su fortuna personal en el intento. Buscó por años en todos los países del orbe.

Hasta que un día lluvioso en la calle Pařížská de Praga, encontró al circo itinerante de fenómenos. Guiado por una fuerza inefable se encontró con “El cadáver hipante”. Entonces supo que era ella, pero no la reconoció. Sintió un alivio atroz y pudo tener paz. 

Con sus últimas monedas consiguió pagar un pasaje de regreso.

Cuando llegó Felipe, a pesar de que había llorado todas las noches por la ausencia de su hermano,  Ángel hizo como si nunca se hubiese ido, y con una mirada le reclamó que la vereda estaba sucia. Felipe tomó la escoba y se puso a barrer.

Entonces, cada vez que tenían una desavenencia, Felipe le mostraba su nariz rota y todo concluía con una sonrisa generada sin necesidad de una máquina.

Temas
  • Humor
  • Cuentos
  • Máquina de risas