Los Orgonautas

REDACCIÓN MDZ ONLINE

En diciembre de 2007, los científicos se reunieron en conferencia de prensa para anunciar los resultados de los análisis químicos de dos rocas encontradas cuatro años antes. Lorena Funes y Marcos Andrada fueron convocados por el equipo multidisciplinario de especialistas. Se habían formado en geología porque un hecho que habían presenciado veintidós años antes, los había llevado a preguntarse más cosas de las que creyeron tener respuestas.

Eran chicos cuando planearon ir a espiar al viejo. Se decía que estaba loco. Algunos creían en lo que decía. Otros pensaban que tomaba demasiado y eso le hacía ver mal. Lo cierto es que se había hecho una rara fama. Vivía cerca del río, en la soledad del campo, para que no lo molestaran. La gente no le gustaba.

Esa noche oscura, apenas un hilo en la luna iluminaba el cielo de cuarto creciente. Enero, calor. Se apostaron a unos veinte metros de la choza, entre los matorrales. Cigarras y sapos melodeaban un cantito que el viejo reconoció.

—¡¿Quién anda ahí?! —preguntó a los gritos, con una lámpara en la mano que sólo permitía iluminar unos pocos metros a su alrededor.

Pudieron escuchar por primera vez la voz ronca, pero intensa. No lo habían visto antes y, a pesar de eso, no se sorprendieron de la barba extremadamente larga, casi tanto como el cabello negro azabache que no tenía indicios de vejez. Sin embargo, caminaba un poco encorvado. Tenía puesto algo que parecía un poncho largo. Extraña vestimenta para una noche veraniega en esa latitud.

—¡¿Quién anda ahí?! —volvió a preguntar el viejo.

Nada, excepto el eco en el aire del campo abierto de Barrancas que resonó contra las lomas. Luego, el silencio sepulcral. Ni grillos, ni cascabeles. Las luciérnagas se apagaron por completo. Marcos y Lorena sintieron una presión extraña, semejante a la de un túnel subterráneo o ultraespacial.

Los tambores, como tímidos latidos, comenzaron a sonar y contemplaron la llegada de la cohorte de sombras sin rostro, espectros con túnicas harapientas danzaban murmurando cosas. “Las brujas de la Cruz de Piedra”, susurró Marcos. Venían huyendo, o presagiando. ¿Cómo saberlo? El viejo lo sabía, porque las estaba esperando sentado en el tronco del árbol caído en el costado de la choza.

—Está muy quieto el río —dijo él.

—Y demasiado oscuro —agregó una de las brujas que se apostó de cara al cauce.

—Hay que sentarse a esperar nomás la medianoche, no falta mucho —aseguró él.

—Las hormigas están inquietas —susurró otra de ellas, arrastrándose por el piso.

Marcos y Lorena veían las sombras en la lumbre de la lámpara que el viejo había dejado sobre el tronco. Llegó una ráfaga atroz y todo se oscureció, más. La llama de la lámpara quedó como un imperceptible punto en el medio de la oscuridad cerrada.

—¡Ahí viene! —anunció el viejo.

Ellos se arrastraron para acercarse un poco, porque desde dónde estaban no podían ver bien, apenas escuchaban los murmullos de las brujas. Los asaltó el miedo de que supieran que estaban ahí, espiando.

—¡Es hora! —gritó la bruja que miraba el río, y la danza de tambores comenzó el ritual.

Desde el agua, algo brillante empezó a emerger. No podían distinguir si era una figura humana o animal. Un luminoso tornasol incandescente de forma irregular y casi transparente, se dirigía hacia donde estaban las brujas.

—¿Hay amebas en los ríos? —preguntó Marcos, en un susurro.

—Shhh, nos van a escuchar —dijo Lorena.

Tras la figura luminosa, otras más. Y otra. Otra. Eran cientos, formando una cola, una estela, una alfombra que arrastraba y cubría todo a su paso.

—¿¿¿Qué es eso??? —murmuró Lorena asombrada—. ¡Parece que el agua se está saliendo del río!

A su paso, la tierra cobraba forma, se veía la superficie cubierta de una especie de manto galáctico. El canto de las brujas se oía cada vez más fuerte y pudieron entender que se trataba de una adoración. Oían el clamor de un nombre: Orgon. Cada vez más claro y alto: ¡Orgon!

Lorena le tomó la mano a Marcos y él se la apretó con los labios fruncidos. ¡El agua del río estaba corriendo al revés, escapando cuesta arriba! Cuando la figura luminosa entró en el círculo del aquelarre, el viejo se puso de pie y apagó la lámpara. Las ráfagas de viento alrededor se volvieron más intensas y el llamado a Orgon ensordecía la noche. Todo se detuvo. Un haz de fuego descendió y consumió la luz tornasolada y toda la hueste de seres tras ella. El cielo se encendió en un relámpago y la tierra volvió a la oscuridad total.

Marcos no alcanzó a darse cuenta en el encandilamiento y el estruendo, que Lorena se había soltado de la mano y avanzaba hacia el círculo de sombras. Pensó que era el efecto incandescente del fogonazo. Iba etérea, apenas rozando el piso. El círculo ritual se abrió y el viejo al verla largó una carcajada.

—Ooooorgooooooonnnnn —gritó.

Los tambores resonaron con más fuerza y Lorena ingresó en el círculo de brujas que, tras su entrada, se había vuelto a cerrar. De la oscuridad del cielo, descendió esta vez un rayo cristalino que la iluminó sólo a ella, poseída vaya a saber por qué éxtasis. Cayó de rodillas y raspó la superficie de la tierra con un dibujo que Marcos no alcanzó a distinguir. Las brujas y el viejo se dieron vuelta, mirando hacia donde estaba él, que empezó también a transitar elevado sobre el piso, los pocos metros que lo separaban del grupo de seres apenas iluminado, excepto Lorena. Sintió que volaba. Sintió el miedo. Sintió que no podía moverse a voluntad. No podía detenerse, ni hablar, ni correr. Tuvo apenas conciencia de que seguía vivo. Al llegar frente a Lorena, sintió un golpe de electricidad atravesándole el cuerpo y cayó también de rodillas. Esta vez, fue él quien raspó la tierra en un dibujo que no pudo entender. Entró en una convulsión y vio que Lorena le imponía una de sus manos para ponerlo de pie. Apenas pudo sentirse erguido, ella le tomó la mano y empezó a correr, esta vez sí con los pies sobre la tierra. Marcos, con las pocas fuerzas de las que tenía conciencia, la siguió hasta dónde ella le indicó detenerse.

—¡Tirate al piso que ya viene! —le dijo ella.

—¿Quién? —preguntó él, haciéndole caso de todos modos.

—Escuchá… —le ordenó en un susurro Lorena, apoyando la oreja contra la tierra que emanaba un vaho nauseabundo.

Marcos imitó la postura y escuchó que de la tierra se oía el mismo canto que había escuchado hacer a las brujas: “Orgon. Orgon. Orgon”. Una cadencia que aceleraba, un dínamo, una usina, algo que iba a estallar allí abajo.

La tierra se abrió. El tercer rayo, esta vez de color ámbar, bajó del cielo en un estruendo y sintieron el movimiento de las piedras.

—Tiembla… —dijo Lorena en un ruego.

En medio de la oscuridad, Marcos vio su rostro sereno, emanando una prístina estela de pálida fluorescencia.

—Tiembla… —volvió a decir ella, sonriendo.

Desde la zanja abierta comenzó  a salir el séquito de seres tornasol que el rayo había absorbido a través del círculo de sombras. Iban nuevamente hacia el río, con las brujas detrás, que entraron también en el cauce.

—Son las orgonitas —dijo Lorena—. No conocen la quietud. Por eso…, tiembla…

Marcos vio como el agua recuperó el curso natural y la tierra se cerró. Lorena seguía en éxtasis. Todo quedó a oscuras y en silencio.

Lentamente, los grillos comenzaron otra vez a cantar y las luciérnagas titilaban. Cuando levantaron la cabeza del suelo, se encontraron con los pies descalzos del viejo, que tenía en sus empeines tatuados los dibujos que ellos habían hecho sobre la tierra.

—Fue un temblor. Vayan y no vuelvan. Cada vez que los extraños vienen por acá, pasan estas cosas.

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Luego de varias semanas, veían el noticiero mientras almorzaban en la casa familiar que compartían con los abuelos. “¡Coman!”, les ordenó la abuela, sacándolos del silencio en el que, atónitos, observaban la devastación que había provocado el terremoto. En la televisión decían que había caído un meteorito y que la mismísima NASA había venido a investigar. Se habían quebrado las agujas de los sismógrafos por el movimiento de la tierra. Dijeron que fue grado seis. “Pura mentira, nomás”, dijo el abuelo cortando la papa del puchero con el tenedor.

Hacia la tarde estaban los dos sentados a la orilla del canal de la Ruta 60, jugando con los pies descalzos en el agua.

—Quizás sí fue un meteorito —dijo Lorena.

—¿Y qué tendrían que ver las brujas con los meteoritos? —preguntó Marcos, tirando piedras al agua.

—No sé, pero las orgonitas les responden. ¿Cómo sabés que eran brujas? —inquirió ella.

—Me lo imaginé, siempre el abuelo dice que hay que llamarlas cuando viene la helada. Les clava un cuchillo en la cruz de sal y ellas se llevan todo.

—Debe ser cierto, nunca perdimos la cosecha. ¿Te acordás del eclipse del año pasado? Todos hicieron cosas raras en la finca —dijo ella.

—El abuelo dijo que iba a temblar.

—Escuchame, Marcos, el abuelo dice demasiadas cosas, se parece al viejo.

—También dijo que el viejo no está loco.

—¡¿Le contaste?!

—¡Tas loca! Me da con el rebenque si se entera que fuimos allá la noche del temblor…

—¿Qué les habrá dicho el viejo a los de la NASA?

—No sé… Me da más miedo que les haya dicho que fuimos a espiar y vimos todo. ¡Imaginate si nos vienen a buscar!

—¡Escuchá, Marcos! —exclamó Lorena mirando el cielo—. Escuchá…

Ella sacó los pies de la acequia y se recostó de nuevo con la oreja sobre la tierra. Marcos, presa del pánico, observó alrededor tratando de escuchar. El agua del canal se había detenido y las hormigas estaban alborotadas. No volaba una mosca y las abejas estaban quietas sobre las florcitas azules de la orilla. El cielo del atardecer era rosado sobre la montaña y el calor de marzo lo hizo sudar.

—¡Ahí viene otra vez…! —dijo Lorena con su rostro tranquilo, como la había contemplado aquella noche de enero, en la oscuridad del campo. Ahora la veía claramente sonreír, otra vez en éxtasis.

Marcos sacó los pies del agua, temiendo que aparecieran de nuevo lo que ella llamaba “orgonitas”. A él le daban terror. Los árboles comenzaron a moverse, como cuando hay viento zonda. Se asustó porque parecía que iban a caerse sobre ellos, pero no sentía el aire sino una sofocación extrema. Puso él también la oreja en el suelo y escuchó el llamado debajo de la tierra: “Orgon. Orgon. Orgon”. Y luego un ruido desconocido. Lorena señaló hacia el oeste y Marcos vio el rayo caer tras la sombra azul de la montaña. La luna no había aparecido todavía y el lucero ya estaba encima de ellos. Miró hacia el interior del callejón de la finca y el abuelo les estaba haciendo señas.

—Vamos adentro —dijo Marcos. Y salieron corriendo hacia donde estaba el abuelo.

Cuando llegaron recibieron el reto.

—¿¡No se dan cuenta que está temblando!? Esa manía que tienen de desaparecerse… ¡Se quedan acá!, que se puede mover de nuevo el piso y no los quiero andar buscando otra vez… ¡Culillos…! —dijo el abuelo, sentándose en la hamaca abajo del parral, y luego le ordenó a la abuela—: Poné la radio, vieja.

Esta vez la cosa había sido en Chile. Grado ocho, decían en la radio. Ellos no sabían lo que significaba eso, pero si en enero había sido grado seis, entendieron que allá había sido más fuerte. Valparaíso, al lado del mar. Los chicos se preguntaron si del mar también habrían salido orgonitas y si habría brujas anunciando. Marcos había visto claramente el hilo de luz cayendo del cielo en plena tarde y, esta vez, después de lo que había escuchado en el noticiero, sí creyó que había sido un meteorito.

Tantas preguntas se hicieron después de aquellos temblores, que no dudaron, ya mayores, en conocer más sobre la tierra. Se reían cuando estudiaban la teoría de las placas tectónicas. Solían recordar al abuelo. “Pura mentira, nomás”, decían.

Cuando en 2003 los llamaron desde Viena para estudiar las rocas halladas, estos dos primos maipucinos fueron apodados “los orgonautas”, por sus compañeros de laboratorio.

Finalmente, después de desconciertos y acuerdos en el grupo de científicos, establecieron no decir cómo llegaron las rocas al laboratorio. “Habían sido halladas”, era el discurso oficial. Pero Lorena y Marcos sabían que no era cierto. Durante años persiguieron el paradero de lo que vieron caer a la tierra en 1985, hasta que fueron convocados por la Agencia de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de la ONU, para estudiar aquellas rocas.

Es verdad que científicos de la NASA estuvieron en Mendoza, y se llevaron lo que llegó del cielo. Hicieron lo mismo en Chile. Y lo hacen en cada lugar en donde las agujas de los sismógrafos marcan un movimiento telúrico mayor a siete grados. No son las placas tectónicas lo que mueve la tierra, son las naves de Orgon.

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Tras los exhaustivos estudios, el informe anunciaba que las rocas correspondían a una clase de meteorito metálico, no hallado ni descrito científicamente hasta la fecha. El bajo contenido de níquel y la presencia de triolita, además de las líneas de impacto, hacían de aquellas rocas “meteoritos no clasificados”. Y de acuerdo a los análisis, basándose en la materia prima encontrada, determinaba enfáticamente que su origen era extraterrestre. Lo más contundente del informe señalaba que al ser sometidas al análisis del espectrómetro de rayos X, las inusuales respuestas a los haces de neutrones coinciden con un comportamiento de materiales tecnológicos que implican una participación inteligente en su construcción. Más aún, el comportamiento de partículas espiraladas encontradas en su composición, presume que ambas rocas tienen un mismo origen, una misma edad y que estas partículas responden a ondas magnéticas. El informe concluía con seguridad que estas rocas estaban siendo rastreadas por una inteligencia desconocida para los terrícolas y que hasta tanto se tuvieran mayores certezas en los estudios de investigación espacial, la nueva sustancia encontrada será llamada “orgonita” y, dado que no se le puede clasificar como una roca debido a su comportamiento atípico en relación a otros minerales terrestres, se la define como material de naturaleza puramente energética. “Estas rocas están vivas”, concluyó el presidente del comité de científicos, ante el asombro de los periodistas que cubrían el anuncio.

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Lorena y Marcos habían puesto su firma en aquel informe, luego de lo cual fueron reclutados por el gobierno global para trabajar directamente en el laboratorio que la Agencia de la ONU instaló en el más estricto secreto. Bajo la tierra, al lado de la supuesta falla geológica y en el exacto lugar donde hallaron la roca, se lleva adelante el “Programa Orgon”, que pretende encontrar más orgonitas o contactar a quienes, en el espacio exterior, las están buscando o enviando.

Las brujas de la Cruz de Piedra no son brujas. El viejo es más viejo de lo que todos creen. No era un aquelarre, eran los centinelas de Orgon. Lo que Lorena y Marcos habían visto en la medianoche de aquel veintiséis de enero salir del Río Mendoza, y luego caer desde el cielo provocando el terremoto, era algo que no hallarían en el suelo de Barrancas y que sólo ellos sabían que tenían en su cuerpo. Al igual que el viejo, ellos también tenían sus empeines tatuados con la huella de Orgon conteniendo el mensaje codificado tras la abducción. Donde estuvieran esas rocas estarían ellos, imantados por la misma energía, comandados por la misma inteligencia.

No podrían decirlo todavía, debían esperar que en el reloj de la plaza de Maipú se lea 220022022022, y sus agujas señalen a las diez de la noche del veintidós de febrero de dos mil veintidós, el siguiente lugar de impacto.

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