La cena

REDACCIÓN MDZ ONLINE

Lucio llegó a su departamento pasadas las seis de la tarde. Traía todo lo que iba a necesitar para preparar la cena que ofrecería a Carina.

Podría haberla invitado al restó, pero le pareció mucho más adecuado que el encuentro fuera en su casa.

Ella era periodista. Se conocieron a raíz de lo que la prensa bautizó como “los asesinatos del cocinero”.

El reportaje que Carina escribió contaba una historia que comenzó a hervir como agua en una olla seis meses antes que la nota viera la luz.

Tres mujeres de entre veinticinco y cuarenta años habían fallecido. Las causas aparentes eran edemas pulmonares en unas y fallas cardiacas o en el hígado en otras. Todas eran solteras con muy buena posición económica y todas habían sido alumnas de Pierre Le Blanc, un personaje cuyo contacto con el Sena se reducía a haberlo visto en un póster que colgaba en una de las paredes del comedor de la pensión en la que vivía junto a su hermano, dos años menor.

Pedro Blanco —ese era su nombre verdadero— había llegado a los treinta y cinco. Nada hacía vislumbrar que la vida fuera a sonreírle si no se decidía a dar un golpe drástico de timón. No concebía pasar horas y horas detrás del mostrador de un mercadito aguantando todo tipo de comentarios de señoras que sólo tenían espíritu para pensar qué cocinarían para el almuerzo o la cena, como lo hacía, —sin al parecer molestarle—, con el perpetuo cigarrillo detrás de la oreja, Miguel.

Pedro se había cansado ya de las estafas cuyos beneficios le alcanzaban a duras penas para mal vivir por unos pocos días. Quería darse los gustos sin tener que medir cada centavo, pero por sobre todo anhelaba poner el mundo a los pies de su enamorada. Eso sólo podría lograrlo con mucha, pero mucha plata. Cosa que no conseguiría gracias a un trabajo honesto.

La misma facilidad que tenía para pretender ser otro, la tenía para la cocina.

Lo que según él, sería su pase a jugar de una buena vez en primera le llegó por pura casualidad de la mano de un muchacho flaquito, un conocido de su novia, que confió en la obtención de suculentos ingresos y consiguió publicar, en una revista dedicada a la mujer, un reportaje que hablaba de un experto cocinero recién llegado de la capital francesa; con fotos en plena tarea y todo lo demás. No pasó demasiado tiempo para que sonara y no dejara de sonar el teléfono. Rechazó las ofertas para trabajar en restaurantes, no era lo que buscaba. Organizó con eficacia dos o tres fiestas privadas. Entabló algunas relaciones y respondió con gusto a los pedidos de dar clases de cocina. Eso era lo que buscaba.

Tras una breve reunión, que le servía para calcular después de una rápida mirada las ganancias futuras, optó por tres candidatas. Además de poseer dinero no estaban nada mal. Eso era algo que Pierre decidió tomar muy en cuenta.

Las discípulas mezclaban, batían, freían, hervían toda clase de ingredientes. En poco tiempo eran las admiradoras más devotas de Pierre. Querían recomendarlo a todo el mundo. Por desgracia su tiempo estaba completo, al menos por el momento.

El afrancesado encanto del maestro dio los frutos. Primero unos besos tenues, algunos paseos, salidas al cine, a cenar y a bailar que el docente costeaba con sus actividades extras. No hacía falta mucho más para que Pierre fuera lanzado con la velocidad de una flecha a las camas de aquellas mujeres deslumbradas.

Completada la faena les ofrecía traer algo para tomar. En las copas de sus compañeras además de la bebida elegida dejaba caer una semilla de ricino: un veneno mortal muy difícil de ser detectado.

El resto del trámite se desarrollaba con sencillez. Aparecían los síntomas: un ardor de fuego en el estomago, mareo y hasta vómitos. El asustado amante llamaba a una ambulancia, para cuando hablaba con el médico ya había recuperado su acento natal. Declaraba ser un amigo al que habían invitado a cenar.

Con su mejor cara de desconsuelo seguía a la ambulancia hasta el hospital en el auto de la víctima. Una vez que había ingerido la bebida le restaban setenta y dos horas de vida. El cocinero se alejaba en el primer descuido.

El robo en si no demoraba. Ponía fuera de servicio la alarma cuya clave en casi todos los casos era la fecha de nacimiento. Recolectaba las joyas junto con el dinero y hasta siempre.

Tal prolija fortuna lo acompañó con las dos primeras elegidas. El tercer lado del triangulo constituyó un problema que lo haría enfrentarse a las balas de un tirador experto que supo dar en el blanco.

La rubia corría dos vueltas diarias al lago del parque, seguidas de una hora de natación en el club. Razones por las cuales se permitía comer de todo y jamás se privaba de lo que le gustaba, le había dicho antes de besarlo sin un ápice de la dulzura que mostraran las anteriores. Lo llevó casi a los empujones hasta la habitación. La ropa fue cayendo sin el orden habitual que Pedro le procuraba. Los pantalones volaron como un barrilete a merced del viento, fue entonces cuando lo que guardaba en los bolsillos quedó al descubierto. La mujer que aún creía estar participando de un juego siguió el trayecto de la jeringa hasta que aterrizó en la alfombra. Ésta era el último recurso de Pierre. Contenía cincuenta microgramos de la toxina, una dosis mortal si era inoculada de forma inyectable. El asesino había realizado el cálculo en base al peso estimado de las mujeres de acuerdo con los datos que obtuvo en Internet al averiguar sobre venenos naturales.

La rubia lo trató de pícaro. Le preguntó con una sonrisa, que intentaba ser maliciosa, si la idea era drogarla. Sorprendido no alcanzó a urdir una respuesta. Tuvo a la nadadora desnuda encima apretándolo con sus piernas fuertes como tenazas en un segundo. Los planes ahora eran otros, le anunció la mujer que sin dudas estaba disfrutando como nunca en su vida. La aguja quedó despojada del capuchón que la protegía. El miedo decidió a Pierre a dejar de lado cualquier disfraz. La abofeteó con la mano izquierda, la que le quedaba libre. El impacto sirvió para dejar a la rubia tendida en la alfombra.

—¿Qué carajo hacés? —gritó dándose vuelta para mirarlo con los ojos de una pantera al acecho. La sangre de la nariz se le resbalaba por el cuello. Se refugió en el baño.

—Cuando salga no te quiero ver infeliz hijo de una gran puta.

Pierre escuchó cómo el sonido del agua corriendo se confundía con los sollozos y con insultos que harían ruborizar a un camionero.

Se movió rápido, no había nada más para hacer que lo que haría. Por sus visitas pasadas sabía que las puertas interiores no tenían llaves. Recogió la jeringa, entró al baño y sin pausa asestó un segundo golpe, ahora con el puño cerrado. La rubia perdió el equilibrio terminando dentro del jacuzzi. Aquel instante de zozobra fue suficiente para aplicar la poción detrás de la rodilla derecha. Tenía una hora antes de que hiciera efecto. Se lavó las manos con abundante jabón, también la cara y humedeció su espeso cabello para poder peinarlo. Una vez que se hubo vestido recolectó el botín, agregando a los acostumbrados trofeos el reproductor de DVD. Todo fue a parar a uno de los tantos bolsos deportivos que encontró. Repasó cada cosa que pudo haber tocado con sumo cuidado. Después se guardó la gamuza en el bolsillo del pantalón.

Acomodó el inerte cuerpo de manera que pareciese que el moretón fue producto de un desmayo. Apagó las luces sin contar la del baño. Se apoderó del bolso y se fue.

La suerte lo acompañaba. Nadie lo vio salir. No contó con que la investigación estaría a cargo del comisario Lucio Mazara.

El policía, era un raro ejemplar entre la telaraña de gatillos fáciles y bandas mixtas de supuestos buenos y malos. Con cuarenta y tres años, viudo y sin hijos, dedicaba las horas a la profesión. Tenía menos amigos que dedos en la mano y su roce social se circunscribía a las veladas de los viernes en la noche para jugar algunos partidos de truco. De vez en cuando asomaba por el Siciljazz, el restauran propiedad de su hermano que se especializaba en combinar la gastronomía de la isla con la música cuyas raíces provienen del corazón de África.

Carina apareció en la clínica Santa Ángela lejos de las horas de visita. Lucio leía un libro. Tiempo después supo que había sido un regalo de Sonny, su hermano menor. Tenía un semblante distinto al que se imaginó para alguien que había sido sometido a una complicada cirugía, luego de recibir dos balas. Una de las cuales iría a todos lados con él por lo que le quedaba de vida. Lo encontró en camiseta, tapado apenas por una sábana celeste. Como en todo hospital la calefacción era exagerada. El envase con suero que pendía de un gancho metálico que caía desde el techo era el único indicio que hacía saber a los desprevenidos que ese ser no estaba allí de vacaciones.

El comisario Mazara escuchaba algo a través de unos pequeños audífonos. Al verla se los quitó.

Carina se disculpó por interrumpirlo. Acto seguido se presentó. Lucio sonrió dejando los auriculares sobre la mesa de luz. El libro en el que podía verse una foto en primer plano de un hombre de raza negra que miraba de soslayo cubriéndose la boca con los dedos índice y medio de una mano quedó sobre sus piernas.

Con más intenciones de parecer simpática que de conocer la respuesta se interesó por la lectura. No tenía idea de quién era y en su vida había escuchado a Miles Davis tocar la trompeta, comentó luego de oírla.

Lucio, con un aire serio de profesor universitario, le anunció que estaba perdiéndose algo de verdad muy bueno.

La periodista se acomodó en una silla y fue directo al punto como el boxeador que se concentra en castigar el ojo casi ciego por la hinchazón de su contrincante. Eso le encantó al convaleciente.

No se puede decir que el encuentro fue una entrevista. La muchacha se limitó a prestar atención y cada tanto tomaba alguna nota. Al saber que la pista fundamental que llevó a Lucio a dar con el asesino había sido un cabello perdido en uno de los dientes del peine, no pudo menos que sonreír al imaginar los posibles títulos que el reportaje llevaría. Los dos jugaron con frases tales como: por un pelo no se escapó o… nos vino al pelo y cosas por el estilo.

Después el relató llegó al punto en que el policía fue detrás del cocinero que permanecía seguro en el anonimato. La resistencia, los tiros, la muerte de Blanco y el fin de su carrera en la fuerza.

El punto final lo puso la enfermera al entrar. Era hora de los antibióticos además, el paciente tenía que descansar.

Una semana más tarde Lucio fue dado de alta. La noche siguiente, Sonny organizó una reunión en el Siciljazz. El invitado de honor no caminó solo por el medio del salón. A su lado, hermosa luciendo un pantalón liviano de lino color durazno con una blusa negra de seda que terminaba en un cuello mao y un par de zapatos oscuros de taco bajo, iba Carina.

Mientras se ataba detrás de la espalda el delantal rojo que le cubría desde el pecho hasta poco más debajo de las rodillas repasaba la multitud de cosas que había vivido desde que abandonó el hospital. Dejó la policía sin ningún pesar. Aceptó trabajar en el Siciljazz, después de todo en que otro lugar podría estar mejor. Su hermano tocaba la trompeta con el swing de Clifford Brown y había logrado formar un aceitado quinteto. Si alguien le hubiese dicho, meses hacia atrás, que en la mitad del camino estaría dedicado por completo al arte de complacer paladares, se habría limitado a comentar como por decir algo: quién te dice por ahí sí, que sé yo. Estaba claro que no se puede escapar a lo que el destino nos ha reservado. Los Mazara eran un clan de cocineros, todos lo habían sido. La comida ocupaba un lugar importante en sus vidas.

Desde uno de los sitios sagrados del restó, el otro era el escenario con su piano de media cola y aquella batería que según decían fue un obsequio de Al Foster para el trompetista cuyano, Lucio intentaba hacer honor a la tradición. Los sicilianos cocinan amparados en la subjetividad. Cada preparación tiene o debe tener el toque personal de las manos que la elaboran. No se usan medidas exactas. Si sale bien, sale bien.

El otrora comisario no tenía intenciones de quebrar los ritos milenarios del lugar en donde surgió la cosa nostra. Sólo ambicionaba conseguir los mismos olores y sabores que la nona María y años después su madre, dejaban escapar de la cocina de la casa en la calle Tucumán donde vivieran siempre. Fue por tales motivos que comenzó a preocuparse lo mismo que un alquimista en las proporciones empleadas. Los fracasos fueron muchos aunque nadie se quejó. De a poco las fórmulas aparecieron y a fin de eternizarlas las plasmó sobre las hojas de un cuaderno clasificándolas por número.

Cada día recordaba como una de las poesías que había aprendido de memoria para ese acto en el que recitó frente a toda la escuela lo que los médicos habían opinado sobre su caso. Todo un milagro. Un centímetro más a la derecha y chau. Al mismo tiempo que ponía todo a punto para la cena hacía un balance y se sentía afortunado. Tenía un trabajo que lo reconfortaba, le había ganado una pelea dura a la muerte y había conocido a Carina. Puso un cd en la bandeja del equipo y levantó el volumen hasta la mitad, el “Autumn Leaves” de Miles llenó el lugar.

Encendió el horno. Lo precisaba muy caliente. No era lo más oportuno para un día que había superado sin temor los treinta y tres grados, pero siempre se podía apelar al auxilio del aire acondicionado.

Dispuso los ingredientes para la masa. Era por donde había que empezar para preparar una buena “sfinciuni”, como él decía, la verdadera pizza.

Las manos iban y venían dentro del bol confundiendo con poca delicadeza harina, levadura, aceite de oliva, un diente de ajo triturado y el sello siciliano unas gotas de jugo de limón. El timbre del teléfono lo sacó de ritmo. Era Santino, nunca lo pensaba como Sonny. Llamaba para desearle suerte y decirle que no se preocupara, que la cocina estaría muy bien sin él.

Completó la unión de los ingredientes y estiró la masa en una fuente cuadrada, la cual cubrió con un repasador. Eligió la opción, repetir en el centro musical, subió unos puntos más el sonido y se dispuso a ducharse.

Como si se hubiese tratado de algo ensayado escuchó el timbre del portero eléctrico en el preciso momento que cerraba el agua. Se rodeó la cintura con una toalla y con toda la velocidad que ahora poseía fue a atender.

La voz esperada le anunció su llegada. Todavía faltaba bastante para la hora que habían acordado. Le alegró que así fuera.

—Te abro —contestó.

Aún con el tubo en la mano oyó un:

—Pará…, soltá…, qué carajo te pasa. Seguido de un grito de Carina al que acompañó el estallido de unos vidrios.

Sin prestar atención a su desnudez casi total, atrapó el bastón y se lanzó hacía el ascensor. El aparato demoró hasta desesperarlo para llegar desde la planta baja, en donde lo abandonarán, hasta el octavo piso. El camino de regreso no fue menos largo.

Ya en la entrada tropezó con la pareja de recién casados del primero “A” que contemplaban los restos de lo que fuera una botella de vino tinto. Manuel, el encargado lavaba el piso quejándose, como lo hacía todo. Ninguno escuchó, vio o pudo decirle nada. La persona que estaba esperando había desaparecido.

Antes de ponerse cualquier ropa, llamó a la policía. En eso estaba cuando sonó su celular.

Una voz de hombre preguntó si hablaba con él.

—Sí querés ver a tu mina entera de vuelta, vení antes de media hora a la vieja estación de trenes.

El tiempo de las preguntas no existió.

Se vistió con prendas oscuras. Sacó la reglamentaría que estaba sobre el ropero en la habitación, la cargó y se la calzó en el cinturón.

Acababa de apretar otra vez el botón para traer al ascensor cuando recordó el horno.

—¡Pero será posible, la puta madre que los parió!—por poco rugió en medio del desolado pasillo.

Giró la llave del gas. Había llegado a pasos de la puerta cuando regresó. Deslizó hacia afuera el primer cajón, el de los cubiertos, y metiendo la mano por debajo encontró lo que buscaba, un cuchillo militar Botero Black. Nunca supo bien por qué lo había comprado. Tal vez esta noche obtuviera una respuesta a su pregunta.

Sobre la mesada de granito quedaron los tomates frescos, las cebollas, los filetes de anchoas y un recipiente hermético que cobijaba dos grandes trozos de queso parmigiano y pecorino. El helado de chocolate con almendras y dulce de leche llegaría más tarde desde la esquina. A eso de las doce, doce y media.

Durante el viaje, quince minutos más o menos, todavía sentía la sensación el cosquilleo de la masa entre los dedos. Pronto tendría que cambiarla por el frío de una Colt 45.

Desde que el último vagón se alejara para no volver, la estación de trenes se había transformado en un refugio para vagabundos. Unos eran hombres y mujeres, los otros perros y gatos.

Lucio agradeció la noche clara y la luna enorme. Caminó por el medio del andén, quería que lo vieran de todas partes. Bastón, pierna, bastón, la otra pierna. Gritó un: ¡Eh! anunciante de su llegada.

Las luces de un auto lo cegaron. Una sombra descendió.

—No sé te ocurra dar un paso más. —la orden la había escupido la misma boca que antes hablara por teléfono.

—Acá me tienen. ¿Qué mierda quieren de mí?

Lucio mantenía la pistola pegada a la derecha del cuerpo. Estaba listo para lo que fuera que ocurriera. El pensar que algo le podría pasar a Carina había traído de regreso al hombre que creyó haber dejado en el pasado.

—Te traemos un mensaje del Gordo Soriano.

—¡Del Gordo! —gritó—. Y por qué no me habló él, sin armar tanto quilombo.

—Está con algunos problemitas. Sabía que si no era por las malas no ibas a aceptar escucharlo.

—Hablemos todo lo que quieran, pero dejen que ella se vaya. No tiene nada que ver con esto. La cosa es entre Soriano y yo.

—No le gustó nada que lo vendieras, sabés. Es un tipo muy sensible cuando se trata de temas de guita.

—Yo hice mi laburo. El Gordo es una lacra que nos ensució a todos.

El caso Soriano había sido muy comentado. Estuvo en todo los medios por más de un mes. La resonancia que alcanzó fue tanta que hasta corrió el rumor sobre el rodaje de una película basada en las andanzas del policía corrupto que capitaneaba a una temible banda de piratas del asfalto. Lucio se infiltró en el grupo, estuvo con él cerca de un año. Declaró en el juicio  y escuchó cómo era sentenciado a veinte años. No hubo diario, revista, radio o programa de televisión que no quisiera entrevistar al siciliano, como lo apodaban. Uno de los tantos grabadores que le quitaban el aire en todos lados era sujetado por aquellos días por una inexperta Carina.

—El Gordo sabe que así es esta joda, pero ahora se vino viejo y enfermo. Dice que tenés una guita que es de él y quiere que se la devuelvas.

Quedarse con el botín de Soriano había sido la espada que pendió sobre su cabeza por mucho tiempo. Fue la salida que encontró para ayudar a Santino. Era su sangre. Un buen tipo cuyo terrible crimen había sido querer ser un músico de jazz. La suerte no siempre sabe de música, pero sin duda conoce sobre billetes. El Siciljazz así lo demostraba.

—Sacála del auto y dejáme que la vea. —dijo con el tono que antes utilizara con sus subalternos.

La puerta de atrás del vehículo se abrió para dejar salir un tipo flaquito que dio la vuelta pasando delante del haz de claridad. Sacó a la periodista tirándola del brazo. La colocaron dentro de la isla que creaban los faros. Tenía las manos atadas en la espalda.

—¿Estás bien?—preguntó el hombre que para esta hora tendría que estar proponiéndole matrimonio. Tal era el motivo de la cena.

—Sí, pero tengo miedo —respondió la mujer.

Todo va a salir bien —la tranquilizó.

El que tenía aspecto de liderar dijo que ya la había visto. Que querían el dinero ahora mismo.

—No lo tengo, pero decíle al Gordo que me dé un par de días. Lo voy a conseguir.

—Me parece que no entendés lo que significa apuro…

El sonido del disparo le impidió terminar la frase. Cayó de rodillas herido en el hombro derecho. El flaquito corrió a refugiarse debajo del auto.

Lucio permanecía con el brazo extendido mientras con dificultad, el suelo no era lo mejor para su bastón, se acercaba a Carina.

La mujer se apartó del hombre que se quejaba de rodillas para correr al resguardo de su futuro esposo.

—¡Carina dejáte de joder y matálo de una puta vez!—gritó enojado, sin dejar de apretarse la zona afectada.

Lucio pareció quedar clavado como tiempo atrás lo estuvieran los durmientes. La sorpresa venció sin problemas a dos décadas de oficio. Cómo podía ser posible. No ella por el amor de Dios. Carina empuñaba un 22 corto y disparó.

La bala se le incrustó en el estomago y lo tendió de cara a la tierra.

—Te manda saludos Pedro Blanco —dijo la periodista al tiempo que hacía fuerza para ponerlo boca arriba.

—Y pensar que yo te lo hubiera dado todo.

Tales fueron las últimas palabras que pudo escuchar Carina antes que la hoja de doce centímetros del Botero Black le atravesara con limpieza la garganta.

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