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Mendolotudo Una mujer amable compra un producto y le pide a los empleados que se lo lleven a su casa. Cuando la empleada entra a la casa de la mujer, todo se va a tornar siniestro... La casa de los espejos.

La casa de los espejos

Mendo Mendolotudo

Ahora ya no sé donde estoy, o si todo esto es realidad o mentira. Ya hace un tiempo que perdí noción del lugar.

Quizá podría empezar por decir cómo todo empezó. Cierro los ojos y recuerdo todo con tanto detalle que a veces siento que fue en otra vida que yo atendía en un local de ropa, tenía una casa con un marido y una vida estable. Y ya no puedo diferenciar si es de día o de noche.

Recuerdo muy bien cuando aquella mujer entró al local preguntando por una campera de cuero. No había nada en su aspecto que me hiciese pensar nada raro. Se probó una, dos, tres camperas y ninguna le quedaba bien.

Le dije “vuelva en unos tres días si puede, que me llega un pedido nuevo y seguro que vienen otros modelos”. Ella, amable, me dijo que lo haría.

Cuando llegué a mi casa me puse a hacer la comida. Cerré los ojos y vino Mateo, mi marido, por detrás y me dio un beso en el cuello, como solía hacerlo. ¡Cuán deliciosos eran sus besos! Eso es lo que más recuerdo.

Una semana después ella volvió. Se la veía más joven, pero amable como cuando vino la primera vez. Pagó el abultado precio de la campera en efectivo y nos preguntó si se la podíamos llevar a su casa, porque en ese momento no iba para su casa y no tenía cómo llevarla. Como nos había tratado de forma amable y su casa quedaba de paso a la mía, le dije que, cuando terminara mi turno a la noche, se la podía acercar. Me dijo que no tenía problema y que me esperaba.

Cuando cerramos el negocio me despedí normalmente de mis compañeras, me llevé el paquete grande con la campera y me fui en mi auto.

Paré en la casa de la mujer y toqué el timbre. La casa tenía persianas grandes, dos pisos y tenía un aire muy lúgubre y abandonado, con la pintura blanca descascarada. Sentí un “pasá, ya salgo” y, extrañamente la puerta de entrada se abrió sola, dejando tras de sí un ruido de madera bastante desvencijada. Apenas entré, la puerta se cerró de un solo golpe y me encontré de frente con un espejo enorme de marco de madera envejecida y labrada.

“¿Le puedo dejar la campera por acá?” le grité a la nada, porque la mujer no aparecía.

Nadie respondió. Me acerqué al borde del espejo, dejé el paquete con la campera al lado del marco e intenté abrir la puerta para irme. Pero la puerta no abrió. Solo en ella había colgado un espejo pequeño que  se reflejaba con el grande. Me miré en él y me vi la cara cubierta de sangre. El pánico de pronto me invadió y con las manos me toqué la cara. No había sangre. Era una ilusión.

Con más desesperación grité “¡¡Déjeme salir de acá!!” Y nuevamente nadie me respondió, y sólo sentí una risa a lo lejos. No entendía nada, me di vuelta y miré al espejo grande y vi detrás de mí a la mujer, solo que ahora tenía un cuchillo en la mano, que deslizó suavemente por mi garganta y yo sentí. Me toqué la garganta y la piel sangraba como recién cortada, pero sin haber penetrado demasiado, me di vuelta del horror y detrás de mí no había nadie. ¿Quién me había cortado? ¡No estaba en mi imaginación porque el dolor y la sangre eran reales!

Intenté abrir las ventanas para salir. Tampoco cedieron. Subí al primer piso y, en vez de cuadros, había más y más espejos. Algunos colgados de la pared, otros más largos apoyados en el piso, y nadie, nadie más. Todas las puertas estaban cerradas, y en cada espejo un horror diferente aparecía. En el último, el más pequeño de la casa, apareció, como una ilusión, la cocina de mi casa. Me vi ahí cocinando de espaldas y Mateo besándome el cuello. Solo que no sentí la caricia. Se dio vuelta y en el espejo el cuerpo era el mío, ¡pero la cara! ¡La cara era la mía pero no era yo! ¡Era esta maldita mujer! Y me miró y se dio cuenta que yo la miraba y se sonrió. Mateo no se daba cuenta que no era yo.

Grité. Me miré y mi cuerpo ya no era el mío. Tenía el cuerpo y la cara de aquella maldita mujer. Y ahí lo supe. Nunca más volvería.

Y salí corriendo. Intenté salir de aquella casa de los espejos pero nunca más pude. Y ahora estoy en un cuerpo que no es el mío, atrapada en un laberinto. Esperando que alguien un día venga. Alguien abra la puerta, para que pueda, al fin, escapar.

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