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Algo raro pasó en el Pedemonte (Parte 1)

Carlos Pérez Grullo nos deja la primer parte de una de las historias más gore jamás escritas para el mendo. No apta para cardíacos.
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El Mendolotudo

Algo raro pasó en el Pedemonte (Parte 1)

Algo raro pasó en el Pedemonte (Parte 1)

 Esta historia ha sido declarada olvidable. Las dos o tres personas que actualmente sabemos de ella tenemos un pacto de silencio que yo he decidido traicionar. Y la razón es un horror indecible que me invade cada vez que veo conocidos o amigos partir para la zona aledaña al Cerro Arco.

Un amigo policía me contó, hace unos treinta años que desaparecía gente allí. Que a pedido del dueño del campo se guardaba silencio. Yo, en mi inmadura y rebelde juventud me escandalicé. Y dejé de contactarme con aquel grupo de amigos. Pero al cabo de varias semanas, me vinieron a buscar en un Falcon verde.

- No te asustes - me dijeron - pero algo ha pasado. Y queremos que lo veas con tus propios ojos.

Condujeron hasta el puesto de la quebrada, todavía no convertido en el parador turístico que es hoy. Estacionaron y caminamos por la Quebrada del Durazno cerca de tres horas hasta pasar lo que llaman el Mal Paso, justo hasta donde el río seco se angosta hasta los tres metros y cuatro o cinco piedras gigantes constituyen una pared. Allí dos policías custodiaban una imagen dantesca: restos humanos esparcidos por todos lados. Alrededor de un maltrecho cuerpo femenino una mancha de sangre de dos metros de diámetro indicaba un otrora charco que había escurrido por la arena.

- Era una pareja. Al varón lo desmembraron y su cabeza está aplastada allá. Y a la chica le vaciaron las tripas por lo que quedó de la vagina luego de empalarla. Tampoco le dejaron el cráneo sano, y le sacaron el cerebro.

- ¿Quiénes ..? -alcancé a preguntar horrorizado.

- No lo sabemos, porque no se distinguen huellas claras. A parte de las que parecen pertenecer a estas personas, hay una infinidad de hoyos de dos o tres centímetros de diámetro por todo el lecho arenoso. Más allá y en la roca se ven arañazos como si un animal con garras habría intentado trepar.

Durante un año guardé silencio, aunque no pude sacarme de la cabeza aquella carnicería. En las dos o tres juntadas con mis amigos, tampoco se tocaba el tema. Me habían aclarado que el silencio era salud. Pasado ese tiempo, me pasaron a buscar.

- Queremos que nos acompañes y nos ayudes. Para esta fecha, más o menos desde hace varios años encontramos siempre a alguien asesinado.

Casi sin dudarlo subí al auto, y permanecí en el silencio del grupo mientras subíamos en un rojo atardecer hacia la zona del Arco. Al bajarnos de los autos me animé a preguntar:

- "¿..y quienes lo saben?"

- Nueve o diez personas, nada más. Nosotros seis, las autoridades de la comisaría y dos de investigaciones que se encargan de analizar las muestras.

- ¿Y siempre encuentran lo mismo?

- Variaciones, depende del grupo de caminantes asesinados. Pero a los hombres desmembrados y las mujeres vaciadas.

- ¿Y ahora que vamos a hacer?

- Nos dijeron que hay una pareja acampando en la zona de Isidris, por cuestiones de la piedra esa que dicen que es un portal. Vamos a hacerla volver. Hemos convencido al dueño del campo que lo cerque y no deje pasar más nadie. Convencer a los de la comisaría que avisen al ejército va a ser más difícil. No queremos que nos pase lo de Nacho.

- ¿Nacho?.

- Un compañero de fuerza que se cortó solo y fue al distrito militar. Nunca más lo volvimos a ver. Lo han hecho pasar por desaparecido...

El recorrido mientras el día se oscurecía en grises lo hicimos en silencio, para poder captar cualquier movimiento extraño. En el cielo, una luna llena nos regalaba una nitidez única. El silencio oprimía los oídos. Faltando unos quinientos metros, uno de los policías hace seña que nos detengamos, saca unos prismáticos y luego de ver nos susurra sonriendo:

- Están cogiendo. A un costado de una carpa - Todos nos miramos y nos reímos.

- Movámonos sin hacer ruido y no los interrumpamos - dijo sonriendo otro.

Nos posicionamos a escasos cien metros, detrás de unos arbustos, cuando alguien soltó:

- ¡Qué carajos es eso!

Parado, mirando a la pareja, había un ser de apariencia humana, pero de casi dos metros cincuenta de altura, piel blanca mate con una musculatura marcada pero de dibujo extraño. Las manos de seis dedos que terminaban en puntas. Pies en forma de garras, anchos y macizos, con dedos que se clavaban en el piso. A ambos lados, separados unos tres metros de él, animales que parecían someramente a perros. Tenían entre cinco y seis extremidades, largos pelos y un indefinible rostro solo identificable por una gigantesca apertura llena de dientes.

El humanoide se agachó y tomó con una mano del tronco al varón. La pareja comenzó a gritar. Uno de los animales se acercó e impidió que la mujer se alejara. Luego de olfatear la cara del varón, sopló sobre ella. Este comenzó a soltar alaridos. Tomó uno de los brazos y lo arrancó. Luego el otro. Lo mismo hizo con las piernas. Y arrojó el tronco con la cabeza a un costado que seguía gritando y contorsionándose. Los pseudo perros se empezaron a comer los brazos y piernas.

Tomó a la mujer igual que a su compañero. La acercó a la cara y la olfateó.

Yo miré a mis costados y los policías habían desaparecido, a unos dos metros yacía una pistola reglamentaria. La tomé y comencé a correr hacia aquella masacre. Mientras corría, aquel ser pronunció algo y abriendo la boca largó aire sobre el rostro de la mujer. Y la soltó.

Giró hacia mí, mientras yo le vaciaba el arma. No le hicieron nada las balas. Me tomó del tronco. Acercó mi cara a la suya. Los ojos ovalados, plenos y grises, la nariz apenas sobresalía con dos orificios paralelos a ambos lados del tabique. La boca se abría casi de oreja a oreja, en una sonrisa maléfica llena de dientes puntiagudos. Me olfateo, sonrió y pronunció algo parecido a un graznido leve.

Luego sopló sobre mi rostro y me sentó como a un muñeco de trapo de frente a la escena. La mujer se le había acercado y lo abrazaba en forma lasciva. El hombre apenas se movía y gesticulaba. Yo estaba paralizado e insensible a partir del cuello.

Un miembro extra la crecía entre las piernas a modo de pene. Pero el tamaño era excesivo, incluso para él. Le llegaba hasta el torax y el diámetro era de seis centímetros.

Tomo a la mujer, la sentó sobre el miembro extra y la empaló. Ella, en vez de gritar lo abrazó. La empezó a subir y a bajar, mientras ya le manaba sangre de la entrepierna y de la boca. Y así fue durante casi un minuto, cuando el humanoide hizo la cabeza anormalmente hacia atrás, abrió su boca y lanzó un graznido potente y grave que reverberó en los cerros. El vientre se le movía en forma ondulante y el torso de la chica se empezó a vaciar. Volvió la cabeza hacia adelante, y le mordió la cabeza, sintiéndose un crack al partirse el cráneo. Abrió su boca para abarcar la cabeza de ya sin vida mujer y sorbió el interior del cráneo.

Se sacó los restos de la chica del apéndice y la arrojo a un costado, y al pasar aplastó el cráneo del varón con los pies.

Mientras se alejaba me dirigió una mirada fría. Me fui desvaneciendo al contemplar aterrado como dos de las criaturas me olfateaban íntegro. Lo último que recuerdo antes de que la noche invadiera mi mente es el olor a putrefacción. No sentía pavor, ni siquiera miedo. Solo expectación y luego al perder la conciencia, resignación.

(continuará)