Los encantadores payasos de mi pueblo y su circo

Los encantadores payasos de mi pueblo y su circo

Vincent Las Vegas nos deja una genial historia de pueblo, ¿quién no espera con ansias el circo cuando es lo único divertido que tiene para hacer?

Vincen Las Vegas

Hace algún tiempo (cuando sacarse fotos con el espejo mugriento no estaba de moda y no habían mucho que hacer más que culiarse cabras y suripantas en mi pueblo) toda la juventud esperaba ansiosa dos cosas: los circos y los parques de diversiones. Si algún porteño lee esto y se está imaginando el Cirque du Soleil o El Parque de la Costa, le corto rápidamente el chorro. Estamos hablando de instalaciones nefastas, barcos vikingos que rechinaban cual rodilla de enganche leproso y papel picado que rejuntaban cuando terminaba el espectáculo… ¿se van ubicando, no? Bueno en mi pueblo a eso le llamaban “La Felicida´”.

Un buen año, llego  el circo de… no bueno, no los voy a quemar, pero pongámosle “Los Hermanos Macana”. Partamos de la base que era un circo de mierda: dos caballitos que más que ponis estaban desnutridos los pobres,  un tigre devorador de perros callejeros y, como ya adivinaron, los Hermanos Macana.

El asunto del tigre fue jodido, era como para que se les desarme el porro a varios rainbow warriors de Greenpeace que se enteren. Resulta que alimentar un tigre es una cosa jodida, esos bichos comen como lima nueva, ningún circo podía mantener estos gatos con 50kg de cat chow por día, asique básicamente te pagaban 5 pesos por cada perro que le llevaban. No vamos a abundar en detalles con esto, porque van a venir los Rosarinos a decirnos que ellos son “comegatos” pero nosotros somos “comecocos”, asique mejor la dejamos ahí.

El espectáculo fue una cagada, a los hermanos Macana no les salía una… los ponis apenas levantaban algún aplauso, pero cuando les tocaba a los hermanos no podían hacer malabares con tres mandarinas entre los dos, andaban por la cuerda floja y se caían a los dos pasos, encima a los gritos, lo cual levantaba las risotadas de los pueblerinos, que ya los habían cagado con la entrada y no iban a resignarla así nomas.

En fin, el plato fuerte era el tigre. Todos los boludos fuimos a ver el tigre, queríamos ver qué onda, si se comía algún perro en vivo, no sé, algo. El tigre no salió en toda la puta noche. Cundo vimos que se venía la segunda salida del poni, todos nos fuimos a la mierda.

Bueno esa fue la primer noche, si vivís en Mendoza, sabes que el lleva y trae es impresionante. A la segunda función fueron treinta de pedo. A la semana, el circo no tenía público. Lo verdaderamente áspero venia ahí.

La economía de un circo (me imagino) es más o menos así: llegan con la guita justa a tal lado, juntan algo, se van todos de putas y con lo que queda rajan para otro lado. Bueno, estos muchachos no tenían ni para el tigre ya, estaban en la lona. Desarmaron el circo entre ellos para no garpar ni un peso más, pero aun así no tenían guita para irse… Posta que lo que vi después me hizo hombre (¿?).

Todos los veranos íbamos a la finca de un amigo, cosechábamos, ganábamos unos mangos y después teníamos para joder el finde. Resulta que llegue el lunes a la finca a cosechar y ahí los vi… los Hermanos Macana, tacho al hombro, todos mosteados, sin pinturitas en la cara, pero con la jardinerita naranja y los zapatos de goma, tratando de aprender como mierda cosechaban los menducos estos y juntando un mango para rajar de aquel pueblo en el que debieron parar.

La situación más o menos se les acomodo: cosecharon, juntaron unos mangos y hasta comieron un asado que hizo el dueño de la finca, cataron varios vinos y hasta se animaron a perder unos mangos al truco.

A todo esto, ya era abril. Se despidieron de todos y fueron ese mismo domingo a alquilar el camión que llevaba uva para que los deje lo más lejos posible de ahí. Nunca los volví a ver, pero como nadie se iba acordar de ellos, por eso vengo y me acuerdo yo.

NDA: nunca le pagaron al pobre camionero. Llegaron y le dijeron que ellos no tenían un mango. Se tuvo que conformar con un poni que sirvió de cortadora de pastos eco-friendly.

Si había algo que entretenía a las masas en mi pueblo, además de tigres chocofagos, eran los parques de diversiones. Generalmente, este menjunje de arandelas oxidadas y autitos chocadores todos abollados venían para la época de mayo o junio, cuando en los otros lugares ya se habían podrido de los parques de diversiones.

Se instalaron en el descampado roñoso que dejaron los Hermanos Macana. Vamos a tratar de no  quemar tampoco a este simpático parque que todavía anda dando vueltas por los pueblos, asique lo vamos a llamar “Sabot”. El Parque Sabot tenía atracciones que mas que atracciones eran repulsiones: un gusanito loco que de loco no tenía nada, una montaña rusa más corta que patada de chancho, unos tiros a unos patos con un aire comprimido que tenia la mira desviada, el negro Eto´o vendiendo garrapiñada y finalmente el famoso barquito vikingo. La particularidad de este barco era que, a diferencia de otros parques, este no tenia frenos, sino que lo frenaba un tipo al costado de la maquina. Ponele que se llamaba “El Flaco Aguirre”, bah así le decían, nunca supe el nombre. El Flaco siempre llegaba a la noche al último, por eso el barquito vikingo era el último que empezaba a funcar en ese antro.

Acá conviene hacer un paréntesis  y describirlo al Flaco Aguirre: rubio, pelo largo mas allá de los hombros, camisa floreada que en cualquiera de nosotros se veía híper bala, pero a él le quedaba como si recién venia de Hawaii, unos pantaloncitos blancos que al final de la noche quedaban negros y unas zapatillas de esas con onda de fiesta. El loco se cargaba con una facha impresionante, todas las minas hacían cola para subirse al barquito vikingo. Nuestra bandita, al verlo a este no dejar títeres con cabeza, planeábamos una venganza. Nunca pudimos hacerla, el Flaco encima era muy buena onda: nos daba vueltas gratis, le decía al Negro Eto´o que nos regale garrapiñada y nos hacia el gancho con alguna minita, siempre que primero le haya dado bola a él, ese era el único peaje  que aceptaba como recompensa.

Era gracioso verlo al flaco, cuando se hacia la hora de bajar a la gente, colgado del barquito, yendo y viniendo arrastrando sus zapatillas blancas en la tierra hasta frenarlo… todos nos quedábamos pasmados, y las minas haciendo un charco en el piso que al final de la noche era un barrial todo a la vuelta del juego. Así son las minas de Mendoza en los pueblos, se calientan de cualquier cosa.

Al final el Flaco Aguirre se quedo entre nosotros, se fue el parque y el siguió acá nomas, culiando como hijo de cafiolo.

El que si se fue y dejo el tendedero fue el Negro Eto´o. Era casi como otra atracción su sola persona, todos íbamos al grito de: “¡Foto con el negro, foto con el negro!” y los llenábamos de flashes al congolés. Lo que no nos enteramos en ese momento era que el negro llenaba la panza de huesitos mientas a él lo llenábamos de flashes: allá por marzo del otro año, empezaron las primeras huellas de los pasos del Negro por mis pagos: 4 pichones de Pele aparecieron de la nada en el pueblo.

Inútil fue echarle la culpa a los trabajadores golondrina que venían norte, todos sabían que eran tímidos, introvertidos y rescatados… además la genética cuando quiere es flor de hija de puta, ¿vieron que los morenos norteños tienen una tez marroncita tipo dulce de leche?, es un rasgo bien distintivo. Pero no, estos retoños tenían ese halo violáceo azulino, esa oscuridad que de tan oscura es azul. No cabía la menor duda, eran hijos de Eto´o… pero para ese entonces ya el negro estaba de carnaval por el norte o vaya a saber por dónde. No volvió al otro año, probablemente olfateó el linchamiento que le estaba esperando, o quizás simplemente se harto de los flashes.

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